Presión fiscal, política y religión en la rebelión de los Países Bajos

La rebelión de los Países Bajos contra la Casa de Austria, y que comenzó en 1566, es uno de los hechos capitales de la Historia de la Monarquía Hispánica hasta mediados del siglo XVII porque tiene, entre otras dimensiones, mucho que ver con la decadencia final de la misma por la sangría financiera que supuso una guerra de 80 años, además de por sus implicaciones religiosas.

Las guerras del emperador Carlos y del rey Felipe II con Francia hasta mediados del siglo XVI, en plena lucha por la hegemonía en Italia y en Europa, generaron ingentes gastos. Los Países Bajos, pertenecientes a la Casa de Austria por herencia borgoñona, tuvieron que contribuir al esfuerzo. Se calcula que entre 1551 y 1558 aportaron unos diecisiete millones de ducados. Pero en los momentos de paz también contribuían con un millón y medio anual como media, cantidad destinada al mantenimiento de las tropas de los Tercios que, por otro lado, cada vez eran menos toleradas por la población.

Pero la presión fiscal no era el único motivo de descontento. La segunda causa era más política, y protagonizada por los grupos privilegiados. En 1559, Margarita de Parma, hija natural del emperador Carlos, accedió a la responsabilidad de gobernar los Países Bajos. No era una figura muy adecuada para hacerse cargo de un Estado tan complejo, sobre todo si la comparamos con María de Hungría, su antecesora, dotada de una gran inteligencia política. Felipe II se marchó ese mismo año de los Países Bajos y dejó unas instrucciones muy rígidas e inflexibles de cómo había que gobernar. En esta tarea se contaba con el concurso de tres consejeros: el conde de Berlaymont, dedicado a cuestiones militares, Aytta Van Zwichem, que era un eminente jurista frisio, y con Granvela, a la sazón cardenal-obispo de Malinas. Indudablemente habían demostrado su valía como gobernantes y habían tenido un gran protagonismo hasta entonces, pero comenzaron a perder peso, ya que casi se convirtieron en simples figurantes, aunque desde la perspectiva de los gobernados, especialmente de sus élites sociales, eran considerados los responsables de las nuevas decisiones impopulares. Un sector de la nobleza, a pesar de pertenecer al Consejo de Estado, comenzó a organizarse como oposición. Entre ellos, destacaban el conde de Egmont y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange. Por el momento consiguieron que Felipe II retirara las tropas y se deshicieron de Granvela en 1564.

La tercera causa del conflicto y, sin lugar a dudas, casi determinante, tiene que ver con la religión. Las quejas de la nobleza y la burguesía en cuestiones políticas y fiscales eran muy importantes, pero no debe olvidarse la defensa de la disidencia religiosa. La población había tenido que aceptar la creación de catorce nuevos obispados que generaban nuevos y cuantiosos gastos. Por otro lado, los hijos segundones de la nobleza perdieron su derecho a acceder a determinados puestos, las canonjías, por lo que perdieron una importante salida personal. Pero, sobre todo, el gobierno recrudeció la represión sobre el calvinismo y el anabaptismo. Las condenas se multiplicaron de tal manera que se decidió que Egmont viajara a la corte madrileña para pedir a Felipe II que relajara la presión. Pero el monarca fue inflexible y en octubre de 1565 remarcó que había que aplicar de forma estricta la legislación contra la herejía. Además, anunció que la Inquisición sería introducida en los Países Bajos. Estas decisiones provocaron un intenso descontento, aunque por el momento se intentó una vía política. Los calvinistas elaboraron un manifiesto, el conocido como Compromiso, que llegó a contar con el apoyo de un sector de los católicos, ya que era de contenido y formas muy moderado. En el mes de abril de 1566, a instancias de Guillermo de Orange, se envió una petición a Margarita de Parma, contra los edictos religiosos. Pero en el mes de julio se selló la alianza de los grandes señores con los calvinistas. Así pues, los distintos descontentos se imbricaron entre sí para desencadenar la insurrección. La nobleza y la burguesía estaban más interesadas en las cuestiones políticas y fiscales frente a la forma de gobernar de Felipe II, mucho más que en el conflicto religioso. En realidad, nunca se destacaron por su fanatismo ni tan siquiera por unas prácticas religiosas muy marcadas, especialmente la alta nobleza y la burguesía más encumbrada. En los Países Bajos se había enseñado a las élites bajo los principios de un intenso humanismo. No concebían las estrictas reglas vitales de los calvinistas, pero tampoco entendían la rigidez del rey Felipe II, por lo que, ante la necesidad de buscar aliados en su enfrentamiento con el monarca, unieron su descontento al de los calvinistas.

Eduardo Montagut. Historiador

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