Obama y el laicismo

Podía haber sido un mal sueño, pero estaba muy despierto, expectante ante el televisor, como cientos de millones de seres humanos, contemplando la ceremonia del juramento de Barack Obama como presidente de los EE UU.

 Sabía que lo haría con una mano apoyada sobre la Biblia, pero no que un sacerdote cristiano ocuparía un espacio relevante para servirle de puente con un dios protector de su acción civil. Imaginé, en ese momento, qué hubieran pensado los ciudadanos de mi país si, delante de los leones del Congreso de los Diputados, el presidente de la Conferencia Episcopal o el representante de los pastores evangelistas o el mandamás de la religión musulmana hubiesen invocado a Dios o a Alá para que amparase al nuevo presidente del Gobierno de España. En ese mismo sentido, ¿cómo reaccionarían los franceses, ingleses, alemanes, etcétera, si cualquier credo religioso sirviera de pórtico a la toma de posesión de sus representantes ante todos los ciudadanos, los creyentes, los no creyentes y los mediopensionistas en cuestiones fe? Como casi todos, no soy inmune a los mensajes de esperanza, a los anhelos de cambio que viene inoculando Obama -el mundo los necesita, desde luego- desde que tuvo acceso a los medios de comunicación. Sin embargo, mantengo el ojo crítico, porque no observo en sus declaraciones y tampoco en su discurso de toma de posesión un programa político concreto. Acabar, por ejemplo, con el horror judicial y humano de Guantánamo y con el ejercicio de las torturas es, sencillamente, acatar la legislación, la nacional y la internacional. Cumplir con los compromisos ecológicos y ponerle freno a la barbarie financiera es, también, lo menos que se puede pedir. Echo en falta, no obstante, una defensa del Estado como garante de los desmanes del mercado. En ese sentido, lo único que cabe esperar es el trecho que irá de sus deseos -seguramente, reales- a la práctica. La primera decepción -espero que la última dentro de sus posibilidades- ha sido una muestra, a escala mundial, de su antilaicismo. La laicidad de la res pública es una de las conquistas más señeras de nuestra modernidad. Ser laico practicante significa respetar las creencias religiosas de cada uno siempre y cuando no interfieran en la vida de quienes creen otra cosa o en nada creen. Sin laicidad no puede existir una democracia pluralista, es decir, apoyada en la tolerancia. En Francia costó más de un siglo conseguir la Ley que ampara la separación entre la Iglesia -cualquier iglesia- y el Estado. La Ley de 1905 fue producto de la Revolución francesa de 1789, porque consagró al individuo -no a las comunidades, sectas o grupos- como la pieza esencial de la República. Algunos países como España no han llegado aún a esa modernidad, porque siguen sonando oscuros clarines clericales que tratan de confundir a la ciudadanía, asimilando el laicismo con el anticlericalismo o con una guerra contra las religiones. En EE UU el peso de la fe es determinante, como se demuestra cada vez que hay una elección democrática. Hay que recordar que el propio presidente Obama, durante la campaña de las primarias, se vio obligado a abandonar la iglesia a la que pertenecía, pues su pastor pronunciaba sermones incendiarios que podían quemarle muchos votos posibles. En Los sueños de mi padre (ed. Almed, 2008), una especie de autobiografía, Obama cuenta cómo su identidad siempre estuvo umbilicada con la religión y cómo, tras ser agnóstico, se convirtió tras escuchar un sermón. Desde el punto de vista individual me parece muy bien que una persona encuentre en la fe el camino de su felicidad, que sus sentimientos religiosos sean una de las claves de su vida. Sin embargo, cuando se representa a todos, la creencia personal debe quedarse en la intimidad y no estamparla en la cara del planeta televisivo.

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