Los mudéjares

Los mudéjares eran los musulmanes que se quedaban viviendo en tierras que habían sido conquistadas por los cristianos en la península Ibérica, en la Edad Media. Se les permitía residir en sus lugares, conservar sus propiedades, así como sus costumbres y su fe, pudiendo desarrollar los preceptos islámicos no sólo en su vida privada sino, también en las mezquitas. Los mudéjares campesinos debían, eso sí, pagar los diezmos a la Iglesia y las rentas señoriales. Como súbditos del rey tenían que tributar a la Hacienda real. En general, gozaron de libertad de circulación o movimientos, aunque hubo excepciones, en función de la forma por la que se rindieron, convirtiéndose, en algún caso en esclavos como ocurrió Baleares, o por su condición servil señorial. En Cataluña se les exigía un impuesto si querían emigrar. Otras limitaciones eran la prohibición de contraer matrimonios mixtos o tener que llevar señales externas que les identificasen. Los mudéjares urbanos vivían en barrios separados, como ocurría con los judíos, en calles que constituían las conocidas aljamas o morerías. La situación jurídica de los mudéjares se recogía en minuciosas cartas-pueblas.

Los mudéjares estaban muy diseminados en las dos grandes Coronas cristianas. Los moriscos aragoneses pudieron llegar a ser el 11% de la población total, en el siglo XV. En dicho reino hubo importantes morerías en sus principales ciudades. En Valencia fueron, a su vez, muy numerosos.

Los mudéjares castellanos solían vivir en tierras de realengo, frente a los casos aragonés y valenciano, ya que en estos reinos habitaban más en tierras de señorío, donde a pesar de tener que vivir bajo las condiciones del régimen señorial, siempre fueron muy protegidos por la nobleza por su valor como trabajadores especializados.

Las ocupaciones preferentes de los mudéjares fueron la agricultura, el comercio –los trajineros-, la manufactura de la seda, el trabajo de la madera y la construcción en ladrillo. El arte mudéjar, tanto en su versión románica, como en la gótica ha dejado espléndidos ejemplos, especialmente en Aragón.

El respeto hacia los mudéjares no fue fruto de una visión tolerante de las autoridades cristianas hacia los musulmanes, sino que obedecía a razones mucho más prácticas. En primer lugar, su número era muy grande en algunas zonas y no hubiera sido muy operativo obligarles a elegir entre marchar o convertirse y, en segundo lugar, eran magníficos agricultores y artesanos, como hemos expresado anteriormente. En todo caso, la convivencia fue distinta en cada lugar y época: donde eran pocos, como en Castilla, no hubo graves conflictos, siendo más numerosos, en cambio, en la Corona de Aragón. La convivencia se fue deteriorando considerablemente en el siglo XV, ya que aumentó la presión para que se bautizaran, para asimilarlos a la mayoría cristiana y anular su cultura, generándose no pocas revueltas y la huida hacia el reino nazarí de Granada.

Las capitulaciones que estipularon las rendiciones de ciudades y plazas en la guerra de Granada fueron, en general, muy tolerantes con la población musulmana, con la excepción del caso malagueño. El arzobispo Hernando de Talavera siguió una política de conversiones basada en el respeto a la cultura de los mudéjares y en la persuasión pacífica. Pero Cisneros decidió que la tolerancia no había llevado a una masiva conversión y adoptó una política de fuerza: conversión o expulsión. Hubo revueltas, duramente reprimidas. Los mudéjares desaparecieron de la historia peninsular: muchos se marcharon y muchos más se convirtieron, pasando a ser moriscos. Nacía, de ese modo, una nueva minoría en la Edad Moderna.

Eduardo Montagut Contreras. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea.

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