Las escuelas sin Dios

Hace un siglo, los partidos católicos organizaron un gran mitin en el frontón Euskalduna para protestar contra la decisión de impulsar la enseñanza laica

Ni un paso atrás. Así de clara fue la consigna. La decisión del Gobierno, primero con Moret al frente y luego con Canalejas, de volver a legalizar las escuelas laicas inflamó de ira el espíritu de todos los partidos confesionales. Era necesario, por lo tanto, decir bien claro y bien alto un no rotundo a las escuelas ateas por considerarlas como instituciones deshumanizadoras y portadoras de valores embrutecedores para el hombre. No había posibilidad alguna de educar para el orden y el respeto si se extraía toda referencia a la religión. Por eso la reacción no se hizo esperar. Los partidos católicos -conservador, carlista, integrista y nacionalista- proyectaron la realización de un gran mitin en Bilbao, el 27 de febrero de 1910, con el que demostrar su más rotunda oposición a la decisión del gobierno.
El frontón Euskalduna debería convertirse en un lugar en el que las voces de todos los que defendían la religión como el vehículo humanizador por excelencia se convirtieran en un clamor ensordecedor para obligar al Gobierno a que diera marcha atrás en su decisión. Senadores, diputados, concejales, jefes de partido, representantes de círculos políticos y de congregaciones religiosas varias prometieron su asistencia a un acto del que se esperaba provocase una auténtica revolución en las conciencias. Para realzar la ocasión acudieron a Bilbao los líderes conservadores Valentín Gamazo, Noriega y Juveni. Sin embargo, a pesar de la contundencia con la que se convocó el acto y la aparente unidad que reinaba entre los organizadores, la misma mañana del día 27 se dieron a conocer ciertas diferencias en el seno de la coalición católica. ¿Qué había pasado?
Proyección nacional
Representantes del partido conservador se descolgaron con unas manifestaciones en las que afirmaban que ellos eran los únicos, por su condición de partido nacional, que podían defender los intereses de los católicos bilbaínos. A los carlistas eso no les hizo ninguna gracia, sobre todo porque esos que decían defender los intereses de bilbaínos y vascos eran los mismos que en su día habían arremetido contra los fueros. Por su parte, los nacionalistas anunciaron que no asistirían al acto. Evidentemente, había elementos de sobra que desaconsejaban la presencia de los bizkaitarras en un mitin con clara proyección nacional y en el que era probable que se exteriorizaran las diferencias, muchas de ellas insalvables, con el resto de asistentes. Por eso, era mejor que no participasen en el acto. Sorprendentemente, los que dijeron que sí tenían pensado enviar algún tipo de representación fueron las juventudes socialistas y republicanas. ¿Qué intereses podían tener esos partidos en un acto totalmente contrario a su pensamiento? Al parecer, según se supo, la intención no era otra que la de conocer los argumentos del contrario, aunque a la hora de la verdad las razones no fueron tan intelectuales como se anunció.
El domingo 27 todo estaba preparado. Como era de esperar, el gobernador civil tomó las oportunas medidas para prevenir incidentes. El Euskalduna podía convertirse en una bomba de relojería, por lo que había que estar preparado. Así que «el señor López García dispuso fueran establecidas desde muy temprano (…), una sección de caballería compuesta de 23 jinetes (…), y otra de 32 infantes (…), más una compañía de miñones». Eso en la calle, porque en el interior del frontón se distribuyó el cuerpo de vigilancia y trece guardias municipales.
La afluencia al acto fue numerosa. Desde primera hora se apreció en Bilbao un frenético trasiego de personas que habían llegado a la villa por todos los medios, trenes, tranvías y carruajes particulares. Fue destacable la nutrida presencia de curas, frailes y representaciones de colectividades piadosas procedentes de distintos rincones de España. El Euskalduna estaba a rebosar. Todos confiaban en que aquel acto iba a remover las conciencias de los gobernantes. Sin duda alguna, el mitin católico se convertiría en el termómetro perfecto para medir las fuerzas listas para luchar por las ideas. Las escuelas sin Dios no tenían sitio en España. Eso tenía que quedar claro.
Con independencia del ardor que pusieron los oradores en sus discursos, fue de subrayar el hecho de que todos ellos reivindicaron la religión como una realidad consustancial con la educación. No era posible formar hombres y mujeres si no se transmitían valores cristianos, ya que estaba demostrado que, sin Dios, lo único que se conseguía era formar anarquistas y libertarios. La prueba más clara de esto había estado en los sucesos de la semana trágica barcelonesa acaecidos el verano de 1909. Así que la conclusión estaba clara: o se estaba con Dios o contra Dios.
Sin embargo, no todos los asistentes estaban de acuerdo con lo que allí se dijo. En varias ocasiones, grupos de infiltrados lanzaron gritos e insultos con el único afán de deslucir el acto y provocar alguna reacción violenta. No lo consiguieron dentro porque la actuación de los miembros de seguridad fue rápida. Sin embargo, una vez en el exterior improvisaron una violenta manifestación de protesta. Se dirigieron con rapidez hacia Hurtado de Amézaga, donde unos se dispersaron hacia Zabalburu y otros, hacia la plaza Circular. Lanzaron piedras contra los balcones y fueron pocos los que se libraron de sus insultos. La rápida intervención de los guardias de seguridad hizo que los alborotadores se dispersaran no sin antes provocar algún que otro susto entre los viandantes, desmayos incluidos.
Nadie negaba el derecho a la discrepancia, pero la violencia no conducía a nada. Había sido un acto vergonzoso que para los católicos era, sin duda, la prueba evidente para que se prohibieran de una vez por todas las tan polémicas escuelas sin Dios.
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