El tsunami contra el Estado laico

Una a una las estrategias de la alta jerarquía eclesiástica católica durante los últimos 150 años, han estado dirigidas a minar los cimientos del Estado laico en México. No lleva prisa y tiene todo la paciencia del mundo para lograrlo. Porque si con Juárez y los liberales, mexicanos brillantes y visionarios, del siglo XVIII se implementó la separación del Estado y la Iglesia y se eliminaron los privilegios que tenía el catolicismo, con las cuatro últimas legislaturas se ha colocado la dinamita para explotar, de una vez por todas, los cimientos del Estado laico en México. Estamos viviendo el paso de un Estado laico al establecimiento de uno confesional (católico, por supuesto).

De acuerdo con investigaciones realizadas por un grupo de abogados, en las cuatro últimas legislaciones federales (es decir, en la época de gobiernos panistas), diputados y senadores del PRI, del PAN y hasta el PRD (sí, aunque usted no lo crea), han presentado al menos 13 iniciativas de reformas a diversas leyes (incluyendo la Constitución) relacionadas todas con la desaparición del Estado laico. Las iniciativas pretendieron o pretenden (porque algunas están vigentes) otorgar privilegios a la iglesia católica, establecer la educación religiosa en escuelas públicas, otorgar concesiones de radio y televisión a la Iglesia católica, permitir a los ministros de culto participar, al mismo tiempo que son tales, de puestos de elección popular, entre otras prerrogativas.

La lucha por la defensa del Estado laico ha sido constante por algunos intelectuales, académicos, investigadores y líderes de opinión. He podido establecer una comunicación "epistolar", como lo llamó la investigadora de la UNAM, Lucía Rafael, para cerrar filas y mantener en nuestro espacio de reflexión y transmisión de las ideas, justamente la importancia y necesidad de contar con un estado laico fuertemente consolidado, porque el principio de separación Iglesia-Estado en México viene condicionado y precedido del laicismo con fuente doctrinal del Estado. Autores tan reconocidos como Norberto Bobbio, aseguran que el estado liberal democrático sólo puede ser laico. Luego entonces, si el nuestro es un estado liberal (que aspira a ser) democrático, entonces el mismo únicamente puede ser laico. El laicismo, de acuerdo con la Real Academia Española, es la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa. Implica, también, establecer bien los límites en los cuales el Estado debe mantenerse para no trastocarlos y garantizar, así, los derechos de todos los ciudadanos.

El Estado laico garantiza que mis impuestos no serán utilizados para pagar el sueldo de los ministros de culto católicos. Garantiza que los sacerdotes no se presentarán a la sesión del Cámara de Diputados a oficiar misa ni que los funcionarios públicos, cualquiera que sea su nivel, utilizarán el recurso público para fines de proselitismo religioso de una fe en particular. Lamentablemente, los primeros en violar las normas establecidas y el estado de derecho, han sido los mismos que dictan y crean leyes, o los funcionarios públicos en todos los niveles de Gobierno. Uno a uno, desde el presidente de la República quien vergonzosamente dijo que todos los mexicanos somos guadalupanos, hasta el personal sindicalizado en el Gobierno municipal de menor rango, han ido cambiando legislaciones, modificando políticas públicas, inventando teorías (como el Turismo Religioso), regalando nuestro dinero a causas católicas. Lo mismo priístas que panistas que perredistas. No les ha importado que violen el derecho mismo y menos el derecho de las minorías. En realidad, lo único que les importa es ganar votos, robar más dinero y quedar bien cuando le confiensen al sacerdote que destruyeron al Estado laico.

Pese a lo anterior, númerosos creyentes católicos y no católicos han manifestado su desacuerdo con la injerencia de la jerarquía eclesiástica y con el desempeño de los gobiernos. Por eso hoy, cuando el proceso electoral está encima, los ciudadanos sabemos que el voto es la mejor arma para presionar a los políticos y la organización social el antídoto perfecto para detener al tsunami contra el Estado laico. Somos más, muchos más, los que estamos en contra de tan bastardas pretensiones.

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