Una asignatura necesaria

SI los padres granadinos que pretenden objetar la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos la hubieran cursado en su juventud, tal vez no estarían tan alterados y nerviosos.

Tendrían asumida, entre otras cosas útiles, una de las actitudes que dicha asignatura pretende desarrollar en la juventud española, la de “conocer y apreciar los valores y normas de convivencia y aprender a obrar de acuerdo con ellas”. Pero no es así. Estos padres desdeñan las recomendaciones de la Unión Europea sobre la educación para la ciudadanía (acuerdo del Comité de Ministros de octubre de 2002, en su 812ª reunión) y consideran que el Estado invade funciones y ámbitos que no le corresponden. Y no sólo eso: también intentan que sus particulares creencias religiosas o morales articulen nuestro ordenamiento jurídico. Pues, como ha señalado Fernando Savater, “todavía hay ciudadanos que consideran un abuso inadmisible el establecimiento explícito y razonado de una serie de valores cívicos comunes, que no dependen de la moral de cada cual, sino de la ética de convivencia en la igualdad”.Lo más terrible, sin embargo, no es eso. Lo más terrible es que las instituciones docentes españolas se vean otra vez sometidas a tensiones absurdas que nada tienen que ver con sus verdaderos problemas. Ahora ha sido la batalla contra la Educación para la Ciudadanía, como en otras ocasiones fue el espinoso trajín de los conciertos escolares con los patronos de la enseñanza privada o las erráticas campañas eclesiales contra la educación sexual en las escuelas.Parece que la enseñanza española es un campo de batalla para todos aquellos que, incapaces de limar sus diferencias en el Congreso de los Diputados, se han olvidado de que los colegios e institutos existen para que la infancia y la juventud aprenda y se instruya, conviva y sueñe, se conozca y conozca que el mundo no se acaba en su pueblo o en su autonomía.Un porcentaje inquietante de alumnos españoles no acaba la Enseñanza Secundaria Obligatoria; muchos estudiantes de Formación Profesional no encuentran ayudas suficientes para culminar sus estudios en otros países europeos; hay demasiados jóvenes de 15 años que no son capaces de entender lo que leen: su vocabulario se ha reducido a un conjunto de muletillas vacías; la cultura del esfuerzo y la paciencia ha sido barrida de nuestros centros escolares… ¿Qué se persigue entonces con este enconado ajetreo contra una asignatura que, aunque podría haber sido mejor concebida o desarrollada, nace oportuna, necesaria y legítima?

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