Trillo pide a la Virgen que interceda «por la unidad de todos los españoles»

El delegado territorial de la Junta de Castilla y León en Valladolid evoca sus inicios como nazareno en su Cartagena natal en la Ofrenda de los Dolores

La iglesia de la Vera Cruz olía a flores frescas, a lirios, rosas y claveles. Como cada Sábado de Pasión, y desde hace más de medio siglo, es escenario de la proclamación de la Virgen como Reina del Dolor. Y allí, ante un abarrotado templo, el delegado territorial de la Junta, Pablo Trillo, fue el encargado del Ofrecimiento de los Dolores de la ciudad a la Madre de Dios. Un honor y también un reto, que asumió con «humildad», y en el que hizo partícipes a todos los presentes de sus primeras vivencias en torno a la Semana Santa en su Cartagena natal, «que desde niño siempre viví intensa y apasionadamente». Impresionado ante la talla del gran maestro de la gubia, Gregorio Fernández, quien a su juicio ha conseguido plasmar como nadie ese sentimiento de piedad «capaz de conmovernos hasta el llanto», dijo no encontrar palabras para describir tan desgarradora belleza, «la de Nuestra Señora traspasada por el dolor, extendiendo sus brazos para recoger el cuerpo del divino fruto de sus entrañas ultrajado hasta la muerte». De profundas convicciones religiosas, aseguró que su norte y su guía en la vida no es otro que «amar a Dios y servir a España». De ahí, que hiciera referencia a la España evangelizadora de medio mundo, como dijo Marcelino Menéndez Pelayo, «hoy agredida en su esencia misma», para hacer su primera petición a la Virgen: «Interceder por la unidad de todos los españoles en un proyecto de Nación tan antiguo como sugestivo e ilusionante».

Trillo, ante la majestuosa talla de la Virgen, habló del dolor, del sentimiento humano que todos, en algún momento de la vida, hemos sentido. «De los siete dolores de María con los que Dios la prepara para la suprema de la Humanidad, seguramente el más desgarrador será cuando une su propio holocausto al de su Hijo en el Calvario».

Así se adentró en las tres horas en la que Jesús estuvo clavado en la cruz, que suponen «su testamento vital a través de las Siete Palabras», aunque dijo que dónde más se resalta su humanidad plena es cuando ya no puede más y exclama ¡Dios mío, por qué me has abandonado! «Es sin duda el momento más terrible de la Pasión de Jesucristo».

Esta exclamación «es el grito del inocente al que no le dejan nacer so pretexto de un pretendido derecho de su propia madre», «el de los niños que mueren por hambruna o se les esclaviza para trabajar», el de las niñas «obligadas a prostituirse», «el de los enfermos y los pobres y el del padecimiento de los seres queridos», «el de millones de cristianos perseguidos y maltratados por defender su fe en regímenes totalitarios», y el de millones de personas que «no encuentran trabajo en su país, a los que se les enumera como estadística, sin reparar en el drama humano, familiar y personal que cada parado representa».

Y también dijo que era su grito, «impotente tantas veces en una lucha estéril contra la corrupción, la falta de valores y la hipocresía de la vida pública, y de ver cómo algunas personas se acercan al noble oficio de la política más para servirse de los privilegios que puede deparar el poder, que para servir al bien común», dijo el delegado territorial ante el arzobispo, Ricardo Blázquez, autoridades locales y provinciales y numerosos fieles que siguieron el ritual de la ofrenda floral por parte de instituciones, entidades, cofradías vallisoletanas, colectivos sociales, organizaciones no gubernamentales, hospitales, residencias de ancianos, así como de fuerzas de seguridad como la Guardia Civil o la Policía Local y la Nacional.

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Autoridades civiles, militares, policiales en la ofrenda 2015

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