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Recrear el laicismo

La obsesión oficial por calarse a la fuerza el prestigioso ropaje alfarista para legitimar su accionar podría ocasionar el fenómeno inverso: rechazo a la manipulación de la historia y cansancio hacia la figura de Alfaro.

Nada más injusto con el notable personaje, que por lo demás no pertenece a nadie en particular, sino a todos los ecuatorianos. La historia debe ser retomada críticamente. Los muertos deben descansar. El mejor homenaje a su memoria no es irracionalmente arrancharnos sus despojos y su fama. Es tomar su ejemplo para mirar hacia delante. Aprender de sus errores. Continuar creativamente con lo mejor sus ideas y sueños.

En el caso que nos ocupa al menos dos temas de Don Eloy deberían ser retomados y desarrollados con mayor decisión: la educación y el laicismo. Alfaro apostó por la educación pública y creó un proyecto educativo civilizatorio-nacionalista en el que colocó como eje neurálgico a los maestros y maestras. En estos tiempos, la educación pública ha recobrado notable fuerza y vigencia, pero el proyecto educativo en ciernes y contradictorio (convivencia de derecho y mercado) tiene al tema docente sin notables definiciones. Estamos frente a una disputa de sentidos de la educación en el marco favorable de un consenso general sobre su importancia.

Respecto al laicismo, ¿es un tema contemporáneo? Absolutamente, siempre y cuando se supere la vieja y maniquea idea que lo laico alude a la lucha anticlerical y anticatólica.

El laicismo antes y ahora no pelea contra ningún tipo de religión y religiosidad. Persigue la construcción una institucionalidad (el Estado) tolerante que tenga por principio la autonomía de cualquier creencia que es fuero y derecho del individuo; que garantice la libre expresión y diálogo de las ideas, culturas, gustos, estéticas, tradiciones y pensamiento de la gente, que combata toda forma de exclusión, racismo y chauvinismo. De tal suerte que el laicismo concibe al Estado como un foro, ágora, lugar de encuentro o espacio cívico político definido por la ética. No es un poder subyugado a los intereses particulares o corporativos. Es un poder público al servicio de la gente, de una sociedad civil activa, consciente de sus derechos y responsabilidades, constituida por ciudadanos que tienen como bandera la corresponsabilidad y la participación informada. Así el laicismo es contrario a la concentración del poder estatal. Apuesta por un sociedad civil fuerte e individuos deliberantes.

La laicidad tiene como objetivos la libertad, igualdad y fraternidad teniendo como base la tolerancia, el respeto y valoración del “otro”, de las diversidades, por lo que fortalece temas como la interculturalidad, el diálogo, la democracia, la justicia y la convivencia en paz. Si tanto se evoca a Alfaro, pues recreemos y practiquemos algo de lo laico.

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