«Queríamos un cole público y laico, no uno concertado y religioso»

Recientemente hemos escolarizado a nuestra hija de cinco años en Barcelona. En la lista de centros preferentes que había que elegir incluimos los cuatro colegios públicos más cercanos a nuestro nuevo domicilio. Tras aguantar largas colas durante varios días, finalmente el día antes del comienzo de curso el Consorci d’Educació nos transmitió que estos centros estaban colapsados y nos concedió una plaza en un colegio religioso en el que separan por géneros, bendicen la mesa y ofrecen la comunión cada día.

El ideario de este centro textualmente consiste en ‘la virtud de la obediencia, la alegría y el esfuerzo’. Nada más lejos de los valores de libertad, responsabilidad, pensamiento crítico y respeto a la pluralidad que queremos transmitir a nuestra hija y que pensábamos que también formaban parte de nuestra sociedad. Tras aguantar de nuevo otra larga cola, finalmente nos han concedido una plaza en un centro público algo alejado pero en el que, al menos, se aseguran estos principios.

Todo este proceso nos ha indignado enormemente. ¿Cómo es posible que no solo no se aumenten plazas, sino que se sigan cerrando líneas en los colegios públicos? ¿Por qué en su lugar la Generalitat establece conciertos con centros que parecen vivir anclados en la educación de 1950? La respuesta parece clara: la Iglesia católica tiene asegurado su estatus privilegiado incluso en un país considerado aconfesional y la clase política que nos gobierna vela por perpetuar esta situación.

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