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No es la primera vez

Ayer fue 14 de abril. Siempre que me es posible acudo al acto que organiza la Asociación de Amigos de la Fosa Común de Oviedo/Uviéu para rendir tributo a las mujeres y a los hombres que lucharon por la libertad y por la República. Pienso que es importante preservar la memoria para que el relato no lo ganen quienes violentaron la legalidad mediante un golpe de estado y, posteriormente, sumieron a nuestro país a una guerra civil durante tres años y a una dictadura de 36 años. Pero tristemente y tras 91 años los descendientes de esos que sumieron a España y a toda Europa en un lugar sin derechos (con una única doctrina a seguir), parece que vuelven a recobrar fuerza. Hemos celebrado mucho el excelente resultado de António Costa en Portugal, pero debemos preocuparnos del decepcionante fracaso de Anne Hidalgo y la izquierda en general en Francia. Las consecuencias son muy serias, y no solamente porque el Partido Socialista francés esté desaparecido, sino porque volvemos a presenciar que la ultraderecha está a un paso de alcanzar el Elíseo. No es la primera vez que Marine Le Pen cosecha un éxito electoral, pero hasta la fecha no había estado tan cerca de gobernar. De cajón debería ganar Macron y más si la mayoría de los derrotados han pedido concentrar el voto en actual presidente francés, pero por lo que señalan muchas encuestas, hay serias posibilidades de gente que ha votado a la izquierda que se incline, increíblemente, por el Rassemblement National. Debería servir el aviso a la ciudadanía de que se atenga a que viene el lobo, pero a veces me pregunto si ese mensaje ya no alarma ni despierta ni tan siquiera a quienes tienen memoria, porque observando que en Castilla y León ha empezado a gobernar Vox al lado del PP, no presiento ninguna indignación o temor por parte de la población en general ante anuncios claros de volver a un pasado que creíamos superado pero que seguramente estábamos confundidos. Se repitió hasta la saciedad en la campaña electoral que Mañueco solamente podía gobernar con Vox ante el previsible descalabro de Ciudadanos, y todos esos avisos no impidieron que se cumpliera esa circunstancia. La duda está en si este pacto se extenderá a más lugares, porque Feijóo parece aún más difuso en marcar una línea roja que su antecesor.

Una Semana Santa más, y no es la primera vez, volvemos a presenciar la falta de separación real entre la Iglesia Católica y el Estado en sus diferentes administraciones (no en todas, afortunadamente, pero sí en bastantes). No se debe confundir ni caer en la provocación de quienes manipulan el significado que la laicidad, un principio del que deberíamos aprender de Francia, y que no plantea otra cosa más que la defensa de la libertad de conciencia y la neutralidad escrupulosa y absoluta de las administraciones públicas con respecto a lo que son cuestiones de índole estrictamente privada, como son las creencias o las no creencias. Los ignorantes que no saben lo que es piensan que la laicidad tiene que ver con el anticlericalismo y la antirreligiosidad. Si creemos, al menos quienes defendemos esta posición, que es posible alcanzar una sociedad mejor, es precisamente porque construimos el discurso de la laicidad desde el respeto más absoluto a quienes creen, a quienes no creen, a quienes piensan una cosa o a quienes piensan otra. No encuentro motivos para que alguien se sienta ofendido o atacado. La laicidad como concepto no significa combatir religión alguna, sino únicamente diferenciar entre lo que es un espacio público, el de las instituciones, y uno privado, el de las creencias individuales que, merecedoras de todo respeto y protección, no pueden regir sino única y exclusivamente la conducta de quienes las profesan.

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