Montero defiende la cruz en las escuelas aludiendo a la quema de conventos

El arzobispo insta a no «remover las aguas serenas de las aulas»

Remitiendo “a los desafueros iconoclastas de la II República” y denunciando “los vientos solanos de una descristianización de España, propiciada en parte por estrategias oficiales”, el arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, Antonio Montero, defiende la presencia de los cruces en "ámbitos de dominio público como escuelas, hospitales, cuarteles y juzgados; o en los picachos de montaña y en los cruces de caminos”.

En el artículo El crucifijo en las escuelas, publicado por ABC, Montero reconoce recurrir “a mi propia memoria histórica, en la más remota primera infancia” para remitirse al derribo de un cruz de piedra en su pueblo, símbolo destruido como parte de “la furiosa onda expansiva de quemas de Iglesias y conventos –más de un centenar en toda España-, en mayo del 31, al mes casi exacto de la proclamación de la segunda República”.

“Anticlericalismo jacobino”
Apunta estos hechos en el debe de un régimen republicano con “un rostro obscuro en el anticlericalismo visceral y jacobino” y encuentra otro ejemplo de ello en “la orden ministerial de retirada del Crucifijo y de otros signos religiosos de los centros escolares del Estado”.

Desafueros iconoclastas, también hoy
Tras ese preámbulo, Montero establece un paralelismo al señalar que ignora si “los padres de alumnos que repiten miméticamente hoy la misma petición a los poderes públicos conocen o no los desafueros iconoclastas de la segunda República”, y enmarca estas solicitudes en “una torpe guerra de símbolos en la que se hieren sentimientos y creencias, agrietando peligrosamente la fractura social de nuestro pueblo”.

El colmo
El arzobispo emérito se muestra indignado ante estos intentos de no incluir signos religiosos en espacios laicos: “Como si no tuviéramos ya bastante con los vientos solanos de una descristianización de España, propiciada en parte por estrategias oficiales (…). Acorde todo eso con un proyecto de educación ciudadana impuesto en todas las escuelas, aunque ausente de toda trascendencia y opuesto en puntos nucleares a la antropología cristiana”.

El espejo de Italia
“Cuesta infinito creer que esa insignia de reconciliación planetaria pueda suscitar rechazo en niños no cristianos, que no estén torcidamente amaestrados” argumenta Montero, que defiende que “la aconfesionalidad del Estado” no debería suponer la “desaparición de la Cruz en ámbitos de dominio público como escuelas, hospitales, cuarteles y juzgados; o en los picachos de montaña y en los cruces de caminos”. Invoca el ejemplo de Italia, “tan gemela culturalmente a nosotros” porque allí el Consejo de Estado defendió que “la laicidad debe aplicarse con arreglo a la tradición cultural y a las costumbres de cada pueblo”.

Gobernantes avisados
Montero compara la petición de retirar los crucifijos con “remover las aguas serenas de unas aulas” de alumnos mayoritariamente católicos y concluye advirtiendo que “juristas tiene el país y gobernantes avisados, sin tener que inventar un problema para cada solución”.

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