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Más papistas que el Papa

Los anglicanos llamaron “papistas” a los católicos para marcar nítidamente las diferencias de las dos versiones cristianas. El cristiano anglicano, además de proclamarse seguidor de Cristo, era buen patriota y obediente de las leyes civiles de su país, mientras que el “papista”, no solo seguía la doctrina religiosa cristiana, sino la de las leyes civiles defendidas por el Sumo Pontífice, y hasta sus actuaciones de política internacional, útiles para los Estados Vaticanos, pero no siempre beneficiosos para los de la “cristiandad”, que su Jefe de Estado se empeñaba en  gobernar. Y es que, desde muy pronto, la definitoria y definitiva doctrina de Jesús, no solo de mantener separados los campos de actuación de Dios y del César, sino de renuncia a la del César, porque “mi reino no es de este mundo”, fue traicionada muy pronto por la jerarquía católica: en cuanto, gracias a Constantino –quizá más a su madre- el  cristianismo fue primado al paganismo tradicional.

Tras la leyenda del “Hic hoc signo vincit” (“con este signo vencerás”) las autoridades cristianas –obispos- recibieron competencias temporales, y la nueva y pujante religión vio con entusiasmo el campo del poder como un terreno apetecible: incluso el obispo de Roma se apresuró a ostentar el título de “Sumo Pontífice”, sin importarle que hasta entonces fuera un título pagano… pero enormemente importante, como su nombre indica. Pero se fue mucho más allá: a finales del siglo V, al socaire de las teorías agustinianas de las que “La Ciudad  de Dios” fue su máximo exponente, San Gelasio, como Papa, escribía al emperador del Imperio de Oriente, Anastasio I, la célebre doctrina de “las dos espadas”, en la que  se declaraba la supremacía del poder papal sobre el de los monarcas terrenales, doctrina que permaneció viva en el mundo cristiano, al decir de muchos expertos, hasta el s.XIII; aunque dudo mucho que se pueda poner un claro límite temporal a esta todopoderosa teocracia.

Siguió siendo el Papa el que coronaba como emperador al monarca más poderoso de la época, a veces muy a su pesar, como a Carlos I de España y V de Alemania -no era cuestión de exponerse a otro “saco de Roma”-y hasta estuvo presente y humillado, cuando Napoleón Bonaparte le arrancó la corona imperial de las manos, para coronarse a sí mismo y a su esposa: cosas del laicismo de la Revolución Francesa. Pero el papado, aún demasiado encariñado con el gobierno de asuntos que exceden de su lógica competencia, no renuncia a llevar su influencia a todo, haciendo una interpretación interesadamente expansiva de aquello de: “Tú eres Pedro… y te daré las llaves del Reino de los Cielos, y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatareis en la tierra será desatado en los cielos”…

Ahí está la tiara papal, emblema del pontificado, con sus tres coronas que recuerdan su autoridad sobre reyes, mundo e Iglesia; aunque ya haya habido un par de sumos pontífices que no se la han puesto. O si lo prefieren: quizá más lentamente de lo que algunos quisiéramos, el Papado está siendo mucho más discreto en sus interferencias políticas. Tanto, que hasta parece no atreverse a exigir a sus propios subordinados una uniformidad de comportamiento. Que anglicanos, luteranos, evangélicos o baptistas ofrezcan imágenes distintas de sus colectividades nacionales, parece normal; pero no lo es tanto que la Iglesia Católica de España y de Polonia sean tenidas, con razón, como las más integristas de Europa: si, además de otras notas, es Romana”… pues a obedecer al Papa de Roma. Pero no suele ser así.

Acaba de celebrar la Conferencia Episcopal Española una importante Asamblea, en la que su Presidente, el cardenal Rouco Varela, ha puesto sobre la mesa el gravísimo déficit de vocaciones que padece nuestro país: la mitad de las parroquias españolas carecen de un sacerdote, responsable de las mismas. Rouco quiere volver a esencias y actuaciones eclesiales antañonas, de más que dudosa moralidad, para atajar la deriva española hacia “un laicismo feroz”, sin duda –para él- responsable de la escasez de vocaciones. Se han presentado comunicaciones, cuando menos de pintoresco enunciado, como “Cuando el Estado obliga a pecar”, o “Católicos: inseparables de la libertad”(¿?), y todo ello adobado con “la píldora abortiva”, el “asesinato” del aborto, el “relativismo moral” o la “discriminación” del Gobierno de la enseñanza de la Religión, imperantes en esta otrora catolicísima nación. Pero ante este desolado panorama descrito por los obispos españoles, el Nuncio de SS, en su discurso, les pidió que fuesen “optimistas y positivos”, porque “mis primeras impresiones sobre España son positivas”. Supongo que, ante este benevolente juicio, los ariscos obispos españoles estarán rezando por la conversión del Papa.

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