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Más ‘mártires’ de la Guerra civil

A estas alturas resulta ridículo que la Iglesia proclame la inocencia de sus mártires, beatificándolos, y olvide a posta la beligerancia antidemocrática que ella, sus obispos y sacerdotes mostraron durante la República.

Los mártires están por encima de las trágicas circunstancias que los han llevado a la muerte. Con su beatificación se trata ante todo de glorificar a Dios por la fe que vence al mundo y que transciende las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres” (“Conferencia Episcopal Española”, El País, 28.4.2007).

¡¡Más madera!!

Nuevamente, los periódicos se han hecho eco de la decisión papal -se supone que inspirada por el santo Pichón-, de reconocer urbi et orbi el “martirio por odio de la fe” del sacerdote Vicente Nicasio Renuncio Toribio y otros 11 compañeros, cinco de ellos también curas, y seis laicos, pertenecientes a la Congregación del Santísimo Redentor en Madrid y que fueron asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939). Motivo por el cual serán beatificados.

No es la primera vez que esto sucede. En noviembre de 2020, el papa reconoció el “martirio” por “odio de la Fe” del sacerdote Juan Medina y otros 126 entre laicos y religiosos de la provincia de Córdoba, asesinados durante la Guerra Civil española (1936-1939.

Al contrario de lo que sucedía con los beatos y santos clásicos, a los que se les exigía aportar un “milagro científico” para ser elevados a los altares del reconocimiento de la santidad, a esta doble hornada beatífica solo ha bastado con que “fueran asesinados por odio de la fe”, una expresión talismán convertida en razón más que suficiente a los ojos de la Iglesia católica, apostólica y romana, para convertirlos en testigos de la fe y, por tanto, mártires.

Si en algo es experta la Iglesia es en inventarse santos

Lamentablemente, seguimos en los mismos derroteros del revanchismo eclesiástico, toda vez que la manera particular de la Iglesia para vengarse contra la Ley de Memoria Histórica (LDMH) fue, precisamente, la de recordar y santificar a quienes, según ella, murieron por defender su fe. Y ahí seguimos. Y la cosa va para largo, porque si en algo es experta la Iglesia es en inventarse santos.

La Iglesia respondió a la LDMH con una Instrucción Pastoral (2006). Para los obispos, dicha ley era “una utilización de la memoria histórica guiada por una mentalidad selectiva” y que “abre, de nuevo, viejas heridas de la guerra civil y aviva sentimientos encontrados que parecían estar superados”.

En consecuencia, la primera reacción que tuvo la Iglesia, conocido el texto de LDMH, además de pronunciar el correspondiente anatema, fue anunciar a bombo y platillo una beatificación masiva de sus “mártires”. Al hacerlo de ese modo, la Iglesia mostró de modo inequívoco que seguía instalada en el dique inmovilista en que se colocaron los báculos golpistas por excelencia de la Cruzada: Pla y Deniel, Gomá, Segura, Olaechea, Muniz de Pablos, Eijo Garay, Domenech, Lauzurica, etcétera.

A los promotores de la LDMH, la Conferencia Episcopal Española (CEE) vino a decirles: “Si vosotros tenéis miles de víctimas, nosotros tenemos muchas más”.

Triste es constatarlo, pero jugar con las víctimas a la Iglesia se le ha dado muy bien desde san Esteban, su protomártir. Las ha ordeñado para justificar su doctrina que considera sobrenatural in excelsis Deo. Su pureza está en relación directa con los millares de mártires que murieron por defenderla aunque fuera en tiempos de Nerón, época en que los cristianos eran, curiosamente, los herejes perseguidos. No tardarían en convertirse en lo que siempre habían condenado: verdugos. Un papel que nunca abandonarían. Que la validez de una doctrina no se justifica por los muertos que se echa a sus espaldas, lo demostraría los millones de muertos que serían asesinados por culpa, precisamente, de la religión católica. Si alguna institución ha producido mártires por la fe en otro dios, esa sin duda ha sido la Iglesia católica vaticana.

En cuanto a los mártires que ha vuelto a beatificar, la Iglesia lo hace, además, olvidando que ella formó parte esencial de una golpista conspiración, juntándose con unos facciosos que se habían rebelado contra un orden constitucional democrático legítimamente constituido, por mucho que duela reconocer a las derechas actuales.

Naturalmente, con este nuevo gesto antiguo del papa actual, la Iglesia no alberga afanes revanchistas. Eso es imposible. Los obispos no son de este mundo. Sus intereses son solo celestiales y buscan el bien espiritual de su feligresía. Y, cuando intervienen en política, sólo lo hacen con la glándula pineal. Los obispos no pueden albergar sentimientos de venganza en sus piadosos corazones. Se lo prohíbe el evangelio que predican. Además, su pensamiento lo tienen ocupado constantemente por Dios Si lo estuviese por el Diablo, entonces, sí que nos habríamos de enterar. Pero no. Lo suyo es alentar la “paz y la convivencia”, el perdón” y la “reconciliación” entre los españoles. Los nuevos beatificados son, por tanto, un regalo enviado por la Providencia con el propósito de que nos perdonemos los unos a los otros como Dios nos ha perdonado, amén.

Por el contrario, quienes pretenden recuperar la memoria de los muertos por la República solo lo hacen para revolver, incitar, provocar y estimular el revanchismo. Al fin y al cabo, morir asesinado por Dios y morir asesinado por la República, no tiene color. Lo primero fue un crimen; lo segundo una necesidad evangélica: “Dios lo quiso”.

Víctimas, no; mártires de la fe

papa vaticano

El Papa en el Vaticano.

Nada debe extrañar este nuevo gesto viejo de la Iglesia, aunque para algunos sea bastante incomprensible, pues les resultará increíble que el papa actual Francisco haya caído, por segunda vez en tan poco tiempo, en semejante trampa, lo que revelaría no su ingenuidad, sino de quien así lo interpretasen. El papa actual en este campo no se diferencia un átomo nuclear de la actitud de sus anteriores predecesores.

Recordemos. Si la Iglesia decidió, después de conocer la iniciativa de la LDMH, de llevar adelante la beatificación de casi 500 mártires, dos obispos, 24 sacerdotes, 462 religiosos, un diácono, un subdiácono, un seminarista y siete laicos, ¿qué problema de conciencia teológica puede tener en hacerlo con 121 y con 12, respectivamente? Ninguno. Es un gesto agradable a los ojos del Señor. ¿Quién podrá contrariar la voluntad divina cuya interpretación es solo accesible a los sumos sacerdotes de la tribu?

Para mayor cachondeo celestial, la fecha elegida de aquella macro beatificación fue el 28 de octubre de 2007, día en que los socialistas celebraban el 25 aniversario de su victoria de 1982. ¿Coincidencia providencialista? Ni dudarlo. Ese mismo día fue el elegido por los obispos para llenar Roma con sus huestes y demostrar que seguían siendo hegemónicos en la España del supuesto “fundamentalismo laicista” o “laicismo intransigente” o, sencillamente, Estado aconfesional.

Los obispos jamás hablaron de “mártires de la Guerra Civil”. Tampoco lo ha hecho el papa argentino. Los calificaron “de mártires de la persecución religiosa de los años treinta” y, ahora, “mártires por odio de fe”.

En 2007, de los 498 sujetos, que se beatificaron en Roma, dos murieron en 1934, siete en 1937, y 489durante 1936. Fueron víctimas de la guerra, como lo fueron todos los que murieron en el frente y en la retaguardia, siendo fusilados o asesinados.

Si la Iglesia aseguraba que los sacerdotes fueron asesinados por defender la fe en Jesucristo, eso mismo cabría decir de los republicanos: los masacraron por ser fieles a la República, independientemente de su fe en Dios, que muchos profesaban. ¿Dónde estaba la diferencia? ¿En que unos eran mártires por la transcendencia; y otros, por la inmanencia? Pura palabrería. En ambos casos, fueron víctimas. Todas ellas muertes inmerecidas, injustas e inútiles. La guerra es una mierda y sólo produce mierda. Y aprovecharse de los muertos para justificar la bondad de una ideología o de una teología es una inmoralidad. ¿Acaso no lo sabe el papa Francisco?

La Iglesia ha evitado siempre pronunciarse sobre la ideología de lo que denomina “sus mártires”, como si, además de ser víctimas de su propiedad, fueran víctimas puras, inocentes, ingenuas, ajenas al golpe de Estado. Como si los curas y los frailes, las monjas y los sacristanes de 1936 no supieran en qué mundo vivían. Como si no hubiese estado durante el período republicano predicando desde púlpitos y confesionarios contra la Constitución republicana, sembrando en circulares, sermones e instrucciones el permanente odio contra una república que ni siquiera consideraban española, a pesar de ser votada mayoritariamente por la ciudadanía española.

¿Cómo se puede ignorar que los sacerdotes y obispos, fueran asesinados o no, si por algo se caracterizaron no fue precisamente por la defensa de su fe y de su religión, sino por su mala baba contra la II República? La mayoría de esos sacerdotes beatificados invocaron la religión para alentar y justificar el golpe de Estado. Lean, si no, las hemerotecas del lugar, los boletines oficiales eclesiásticos de las diócesis y se caerán del guindo de la ingenuidad. Muchos de ellos eran activos militantes, cuando no rectores, de Acción Católica, una institución beligerante contra la II República como pocas.

Una constatación que debería llevar al papa actual a considerar que la fe de estos obispos y sacerdotes les importaba un pimiento a sus asesinos y que nunca los mataron por culpa de ese supuesto odio teológico, sino por estar en la barricada antirrepublicana de enfrente. Incluso, algunos de ellos actuaron en el frente con un fusil en la mano y, ya no digamos, en la retaguardia, desde la parroquia, denunciando a republicanos y socialistas para que los matones del lugar los llevasen al paredón o a una tapia aneja al cementerio.

¿Y qué pasa con los curas vascos asesinados?

¿Y qué decir de los 16 curas vascos fusilados por los fascistas golpistas? ¿Acaso eran sacerdotes sin fe en Jesucristo? Como dice con ironía Julián Casanova en su libro La Iglesia de Franco (Crítica, 2001), estos curas vascos “no eran sacerdotes, sino rojos y canallas marxistas por los que no valía incordiar al Generalísimo”. Pero, cuando el cardenal Gomá tuvo conocimiento de estas muertes y se lo hizo conocer a Franco, este le contestó: “Tenga Su Eminencia la seguridad de que esto queda cortado inmediatamente”.

Inmediatamente. Es decir, después de haber depurado a todos los indeseables. Más todavía. En una conversación protagonizada por  monseñor Olaechea y monseñor Lauzirica se llegaron a intercambiar estas palabras que parecen más de dos militares africanistas que de dos obispos:

“ – Mons. Olaechea: O sea, en resumen: Que hay que seguir matando y matando. ¿No es eso?

– Mons. Lauzirica: ¿Y qué otra cosa podemos hacer? ¡La culpa no es nuestra! ¿Y qué hacen ellos? ¿O es que ellos no matan?” (Luis Martínez de Aberásturi, “Euskadi 1936, ¿guerra religiosa?”

Añade J. Casanova que “a los dieciséis curas (vascos) asesinados se les tomó declaración en juicio sumarísimo antes de la ejecución. Los fusilaron vestidos de seglar, de noche, para evitar publicidad, avisados poco antes para evitarles sufrimientos morales”. Todo un detalle. Dos jesuitas estuvieron con ellos en un improvisado confesionario, en el interior de un automóvil. Entre ellos, figurarían Martín de Lekuona, Gervasio de Arbizu, José de Ariztimuño (Aitzol), Alejandro de Mendiluke, José Adarraga, José Joaquín Arín, José Iturri Castillo, Aniceto de Eguren, José de Markiegi, Leonardo de Guridi, José Sagarna, José Peñagarikano, Celestino de Onaindía, y los padres Lupo, Otano y Román.

En el Boletín de la Diócesis de Vitoria, año 1978, aparecería una lista con los nombres de sacerdotes vascos asesinados.

BOLETINES

Los añadidos circunstanciales que aporta Manuel Montero tampoco son desdeñables: “el número de sacerdotes fusilados, las fechas y los lugares de las ejecuciones y la coyuntura política y militar en que se produjeron confirman que estas actuaciones del bando franquista no constituyeron incidentes aislados. Fueron iniciativas con un determinado sentido, reprimir a quienes defendían la legitimidad republicana, sin que para esta práctica del terror fuese impedimento que el encausado fuese religioso.”

Convendría recordar que también fueron asesinados los sacerdotes José Pascual Duaso, párroco de Loscorrales (Huesca), el 22 de diciembre de1936, en su propia casa. Jeroni Alomar, acusado falsamente de espionaje, sería fusilado el 12 de mayo de 1937, en Palma. Matías Usero, cura secularizado, fue asesinado en el castillo de San Felipe, en Ferrol, el 20 de agosto de 1936. Andrés Ares, párroco de Val do Xestoso, lo sería el 3 de octubre de 1936. El hombre se negó a aportar fondos de la comisión de fiestas de su pueblo a la Falange. Fue detenido y acusado de dar ese dinero a la República.

CARMONA sevilla

Obviamente, nunca tendrían la consideración de beatos. En julio de 2009, los obispos vascos oficiaron una misa en su recuerdo, “pidiendo perdón por el injustificable silencio de los medios oficiales de nuestra Iglesia tras la ejecución de catorce sacerdotes en el País Vasco por parte de las tropas franquistas entre 1936 y 9137”.

En su opinión, “no ha sido solo una omisión indebida, sino también una falta a la verdad, contra la justicia y la caridad” (Abc, 22.7.2009).

Beatificaciones postergadas

“Cada vez que un religioso asesinado durante la guerra es beatificado, la Iglesia ejerce una memoria, como no podía ser menos, selectiva y recuerda su papel de víctima, la hecatombe que sufrió durante los primeros meses de la guerra, cuando miles de católicos fueron asesinados por el mero hecho de serlo” (Santos Juliá).

Quien fuera portavoz de la CEE, el obispo Martínez Camino, aseguraría que este proceso de beatificación, el de los 489, no pretendía remover el pasado y reabrir viejas heridas, “todo lo contrario, la intención de la Iglesia es promover el espíritu del perdón. La memoria de los mártires no es para buscar culpas a nadie. Y no es porque no las haya.” (El País, 28.4.2007).

Promover el espíritu del perdón. ¿Y quién debía pedirlo? No consta. De ahí, que la Iglesia de lo que se ha preocupado realmente es de perpetuar la memoria de los otros mártires – pero sí, olvidando a los otros españoles, no para beatificarlos desde luego, pero, al menos, nunca para humillarlos, postergando sus nombres a la tumba del olvido. El comportamiento de la Iglesia con respecto a los muertos y asesinados republicanos ha sido durante todo el franquismo y décadas posteriores de un absoluto desprecio hacia ellos y hacia sus familiares.

Y, en otro orden de cosas, hay que señalar que resulta bien curioso que, durante los cuarenta años que vivió el dictador, la Iglesia no moviera un credo para beatificar a sus mártires.

¿La causa? El papa Pío XI se negó en redondo a que se beatificara de forma indiscriminada y en masa, con cuya negativa sugería que no todo era trigo limpio en aquellos “deícolas” o “cristícolas”, que diría el fascinante cura ateo Meslier.

El empeño de la jerarquía cayó en saco roto por varias razones. Primero, la derrota del nazismo en 1945 obligó al Vaticano a retrasar la ceremonia, no fuera que su gesto se interpretase como la “beatificación” de una dictadura como la de Franco. Y, además, Pío XI no se fio nunca de la catadura moral de Franco.

En marzo de 1938, los obispos españoles quisieron publicar un volumen con la pastoral en la que bendecían sin pudor el golpe militar como cruzada cristiana. Lo urgió de nuevo Franco para frenar la campaña internacional contra su dictadura. Los prelados dijeron que sí, pero querían un prólogo de Pío XI. Lo escribió su secretario de Estado, Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. Era un elogio a la iniciativa de los obispos “por los nobles sentimientos en que está inspirada, así como su alto sentido de la justicia al condenar absolutamente el mal, de cualquier parte que venga”. Franco ordenó suprimir “de cualquier parte que venga”. Los obispos españoles aceptaron la censura, pero no Roma que reaccionó publicando el texto completo en L´Obsservatore Romano. Hecho que el dictador protestaría al Vaticano vía embajador.

Y, segundo, una vez muerto Pío XII, el obstáculo fue la “revolcón teológico” que supuso el Concilio Vaticano II (1962-1965). Ni Juan XXIII y Pablo VI mostraron un átomo de inclinación en favor de que se beatificara ni al sursum corda. Pablo VI paralizaría los procesos canónicos que, desde el final de la guerra, estaban llegando al Vaticano. Por eso, cuando el portavoz de la CEE, Martínez Camino, aseguraba que estos procesos de beatificación llevaban en la marmita desde hace más de cuarenta años, decía la verdad, pero no toda la verdad. Lo que no recordó su astucia es que los papas citados no mostraron ninguna intención de hacer beatos y santos a los asesinados durante la Guerra Civil.

El cambio vino con Juan Pablo II, cuya inclinación por hacer santos fue más que una obsesión enfermiza y empezó la beatificación entendida como una plataforma ideal para hacer presente a la iglesia en el mundo. En marzo de 1982, comunicó a los obispos españoles que impulsaría dichas beatificaciones. Y así fue. El 29 de marzo de 1987, beatificó a tres monjas carmelitanas de Guadalajara, asesinadas el 24 de julio de 1936. Y, una vez abierta la veda, las beatificaciones prosiguieron hasta hoy.

“Nuestros mártires”

Siguiendo con el discurso del portavoz de la CEE, obispo Martínez Camino,  este aseguraba que “todos los asesinatos son condenables, pero no todos los asesinados son mártires”. Solo lo son aquellos que fueron asesinados en la guerra muriendo en defensa de la fe cristiana. Es lo mismo que dice ahora el papa Francisco, añadiendo que los asesinaron por odio de la fe que profesaban estos asesinados.

Juan_Antonio_Martínez_Camino

Obispo Martínez Camino

Morir por defender la fe religiosa que uno tiene es más sublime que hacerlo por convicciones políticas. Así que, sin quererlo ni beberlo, con tal discurso lo que se establecía era una nueva dicotomía a la hora de clasificar a las víctimas. Unas de primera categoría, y otras, ya no de segunda, sino de ínfima categoría. De hecho, la Iglesia no se acordó durante todo el franquismo de los republicanos asesinados, sobre todo aquellos que lo fueron en lugares donde no hubo frente de guerra: ni siquiera de los sacerdotes vascos mencionados, a pesar de que, incluso, el obispo Múgica Urrestarazu revindicara sus nombres.

La perspectiva analítica de Martínez Camino y de la CEE, que lo avaló, es repugnante desde un punto de vista ético. El fondo de su pensamiento es restrictivo. Considera que el catecismo está por encima de la Constitución y el poder religioso por encima del poder civil. A partir de ahí, el saldo de las comparaciones entre los muertos por un bando y por el otro es comprensible. Poco extrañará, por tanto, que este integrista portavoz de la CEE dijera que las posiciones de la Iglesia, al intentar beatificar a estos 498 mártires, “son todo, menos políticas”.

Lo justificaba Martínez Camino diciendo que “las causas estaban preparadas desde hace más de 40 años”, pero ya se dijo por qué razón suficiente no se llevaron adelante tales beatificaciones.  

Martínez Camino olvidaba, como hace el papa actual, que la Iglesia con sus obispos, frailes y sacristanes de toda laya, no solo hicieron gala de una fe que empezaba y terminaba en Dios, sino que la extendieron a la esfera política y social, utilizándola como arma arrojadiza contra un gobierno legítimo y democrático, justificando, no solo una guerra, sino miles de crímenes, y sumergiendo al país durante más de cuarenta años en las tinieblas de un nacionalcatolicismo tan bárbaro y cruel como el golpe de Estado que le dio origen.

La Iglesia, por mucho que quiera adornarlo, lo que hace y vuelve a hacer actualmente con su actual papa, es negar que sus mártires fueron unos beligerantes fanáticos e integristas contra la II República

La Iglesia, por mucho que quiera adornarlo, lo que hace y vuelve a hacer actualmente con su actual papa, es negar que sus mártires fueron unos beligerantes fanáticos e integristas contra la II República. La Iglesia nunca aceptará que fueron asesinados por su militancia activa contra el gobierno republicano y en medio del fragor de una guerra. Que hubo excepciones para poner a prueba la regla, sin duda alguna. Pero nadie sostendrá que estos mártires -ojalá nunca hubiesen alcanzado tal categoría eclesiástica-, si por algo se caracterizaron no fue precisamente por sus rezos y oraciones a favor de la paz y en contra de la guerra.

De hecho, durante más de cuarenta años, en los conventos y colegios de religiosos se siguieron rezando oraciones “por nuestro Generalísimo y su familia”.

¿Olvidar lo sucedido?

El arzobispo de Pamplona, Francisco Pérez rechazó en su día la LDMH porque “no conviene recordar”. Y ni corto ni perezoso recomendaría “a las víctimas del franquismo que olviden lo sucedido”. Lo han leído bien: “a las víctimas del franquismo”, pero nunca pidió a las “víctimas de los republicanos malos” que hicieran lo propio. Menos aún, pediría a la Iglesia que hiciera borrón y cuenta nueva sobre los crímenes cometidos contra los religiosos, sacerdotes y laicos por odio.

Añadía que “la Historia, guste o no, es lo que sucedió y no va a cambiar por hacer una ley. Además, se distorsiona la Historia. El pasado no se puede cambiar: los romanos hicieron cosas que para muchos eran buenas y, para otros, malas. Surgirán los problemas. ¿Qué hacemos con los pantanos, con el Valle de los Caídos, con Paracuellos? Lo mejor es que no se lleve a cabo dicha ley. Volver la mirada atrás es inútil y no conviene. (Diario de Noticias, 18.10.2007).

Si es inútil y no conviene, ¿por qué, ahora, el papa Francisco se obstina en beatificar en 2021 a 12 nuevos mártires con la misma fundamentación que se utilizó para beatificar a los 489 citados anteriormente? ¿Acaso, no le convendría a la Iglesia olvidar lo que se hizo con sus mártires? ¿Por qué aconseja a los demás lo que ella es incapaz de cumplir? ¿Por qué este obispo castrense no escribe al papa haciéndole ver que este revival de beatificaciones, o único que hace es recordar unos hechos que ya no tienen vuelta de hoja en la Historia y, por tanto, es algo que no conviene a nadie, menos aún a la Iglesia, que tanto tiene que perder en el envite?

La Iglesia puede recuperar los nombres de sus mártires, elevarlos a la mayor consideración eclesiástica, cual es la de tener la vitola de beato o santo entre los fieles, pero, en cambio, los descendientes de los vencidos, no sólo no pueden cultivar esa memoria, sino que, caso de recordar los nombres de sus familiares asesinados serán calificados como revanchistas y rencorosos.

La Iglesia distingue entre víctimas, fruto de actuaciones políticas, y mártires, consecuencia de una persecución religiosa

La Iglesia distingue entre víctimas, fruto de actuaciones políticas, y mártires, consecuencia de una persecución religiosa. Distinción escolástica y falsa. Sobre todo, cuando la propia Iglesia bautizó de Cruzada una Guerra y en la que religión y política fueron de la mano.

La iglesia pretende despolitizar este martirologio subrayando la absoluta inocencia del mártir y la superioridad espiritual de su causa. Sigue sin querer entender que las víctimas, todas las víctimas, que hubo en la II República, en la Guerra y en la inmediata posguerra, son, en primera instancia, un problema ético -no religioso-, y que debería llevar a la Iglesia a considerar la mala influencia que la religión tiene en política cuando se doblega a los dictámenes de una fe nada evangélica; menos aún, cuando se utiliza para justificar golpes de Estado contra gobiernos democráticamente constituidos.

A estas alturas resulta ridículo que la Iglesia proclame la inocencia de sus mártires, beatificándolos, y olvide a posta la beligerancia antidemocrática que ella, sus obispos y sacerdotes mostraron durante la República y sin cuyo concurso jamás se hubiese alcanzado tal grado de barbarie y crueldad en pueblos y ciudades.

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