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Tamara Falcó y otros ponentes en el Congreso Mundial de las Familias.

Los ultras eligen México como campo de batalla antiderechos

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El Congreso Mundial de las Familias, cuna de los discursos de la extrema derecha, celebra una nueva edición en el país latinoamericano. La idea de “familia natural” y la tesis del “invierno demográfico” tienen su origen en esta organización

El Congreso Mundial de las Familias (CMF), que tiene detrás a la Organización Internacional para la Familia (OIF), una de las agrupaciones ultraconservadoras más poderosas del mundo, acaba de celebrar una nueva edición en México. “Acompañando a las familias en un mundo desafiante” es el lema de este año. A estas alturas ya sabemos que cuando se habla de “promover o defender la familia” –sobre todo cuando va acompañada del adjetivo “natural”– nos enfrentamos a ideologías conservadoras o fundamentalistas religiosas. Detrás de toda esta palabrería aparentemente tan positiva, encontraremos un impulso a leyes que criminalizan a las personas LGBTIQ o sus derechos y que se oponen a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres –en particular al aborto–. También a “guerreros culturales” dispuestos a dar la batalla hasta su último aliento contra el “marxismo cultural” y, en diversos grados, a favor del retorno de las mujeres a su papel de cuidadoras y reproductoras de la fuerza de trabajo o de la nación. ¿Qué otra función podría tener la prohibición del aborto sino la de forzarnos al trabajo reproductivo no deseado?

De España han participado educadores, y bastantes psicólogos y psiquiatras –Rojas Marcos–, y hasta Tamara Falcó, marquesa de Griñón, que se presenta como empresaria e influencer católica y amante de su familia. También los habituales Ignacio Arsuaga, presidente de la organización fundamentalista Hazte Oír y su versión internacional Citizen Go, uno de los organizadores del evento. Hay charlas para todas las edades, como la destinada a los jóvenes “¿Es amor o calentura?” o el taller para niños “Hacerme hombre, hacerme héroe”, simultáneo al “Taller BeYOUtiful”, esta vez solo para niñas. Toda una declaración de intenciones. La aparente intrascendencia del programa de este año, sin políticos destacados y con marcos absurdos como el que compara la crisis climática con la de la familia, no tiene que hacernos perder de vista que este tipo de eventos ha servido para diseñar los principales ejes discursivos conservadores en cuestión de género desde finales de los años noventa, y que se plantean como una herramienta de intervención política.

Este tipo de eventos ha servido para diseñar los principales ejes discursivos conservadores en cuestión de género desde finales de los años noventa

Estos encuentros, donde los líderes e ideólogos ultras intercambian argumentarios, pero también recursos, suelen organizarse en un país que promete convertirse en un campo de batalla antiderechos, ofreciendo una plataforma internacional en apoyo de los actores locales. En España se celebró en 2012, el año en que la victoria del PP abría la posibilidad de que se anulase la reforma de Zapatero que amplió el derecho al aborto. Se preveía que nuestro país se convirtiera en un punto caliente de las guerras de género. Grandes fortunas y altos ejecutivos españoles financiaron ese año a Hazte Oír, principal organizador del evento en esa ocasión. Esther Koplowitz (FCC), Isidoro Álvarez (El Corte Inglés) o Juan Miguel Villar-Mir (OHL), lo apoyaron, según consta en documentos filtrados por Wikileaks. Un año después nacía Vox, amparada por esta organización y sus dos millones de presupuesto (2012).

En 2019, el congreso tuvo lugar en Verona, en apoyo del gobierno de Matteo Salvini y su partido, la Liga. Los tres eventos anteriores se realizaron en Georgia, Hungría y Moldavia, para impulsar la estrategia geopolítica rusa “profamilia” frente a la influencia Europea en esos países, según el investigador Peter Montgomery.

Es probable que en esta ocasión hayan elegido México debido a la decisión de la Corte Suprema el año pasado de despenalizar el aborto. Las mexicanas ya no irán a la cárcel por abortar, pero la batalla sigue abierta porque ahora los Estados deberían legislar en consecuencia –de los 32 solo cuatro tienes leyes de plazos–. El derecho al aborto sigue abriéndose paso en América Latina y los ultras han estado muy activos estos últimos años intentando frenar este avance.

Algo de historia

El WCF tiene su origen en The Howard Center for Family, hoy OIF. Como muchas organizaciones de derecha radical estadounidenses, este centro surgió a partir de un grupo conservador de expertos dedicado a “analizar el daño causado a las instituciones sociales de Estados Unidos por la agitación cultural de la década de 1960”. Forma parte del marco de la obsesión contra el “marxismo cultural” que todavía opera en esta constelación de actores. El WCF fue impulsado en 1997, en Estados Unidos, por uno de estos activistas fundamentalistas muy implicados en la lucha contra el aborto: Allan Carlson, un historiador ultraconservador que trabajó en la Administración Reagan.

Carlson llevaba desde los años ochenta –cuando el neoliberalismo y los conservadores estadounidenses se dieron la mano– defendiendo que la familia tenía que ser el fundamento de cualquier sistema político y económico. La economía debía estar basada en la familia y en la extensión de la propiedad, dos caras de la misma moneda, ya que para que tenga sentido acumular propiedad, tiene que existir un mecanismo como la herencia. Por supuesto, libre de impuestos que “debilitan la vida familiar”. De hecho, para estos conservadores neoliberales, la herencia y la privatización del cuidado en los hogares eran los sustitutos del Estado de bienestar. No deberíamos perder este hilo del origen de las guerras de género y su vínculo con un determinado modelo económico por más que se haya diversificado la retórica económica de los ultras. Hoy asistamos a un espectro de discursos que van desde un cierto “chovinismo del bienestar” –Estado social pero solo para los nacionales, una “socialdemocracia racista”–, pasando por una retórica antiglobalización de propuestas difusas, hasta llegar a una defensa a ultranza del neoliberalismo como la de Bolsonaro o Vox. No está claro que estos actores compartan un mismo programa económico, más allá de la propuesta de una serie de políticas familiaristas o que no “socaven” a la familia. Estas últimas serían las que socializan el cuidado o que individualizan las ayudas sociales, es decir, las políticas que más benefician a las mujeres atadas de manera persistente a su papel como cuidadoras a pesar de todos los avances.

Ha llegado el frío a las tasas de natalidad

En paralelo a la “defensa de la familia natural”, en el origen del CMF encontramos otro marco que hoy resulta esencial para el ecosistema conservador: el de la “crisis demográfica”. (Hoy extendido más allá del conservadurismo). Carlson había escrito un libro donde explicaba que en Estados Unidos había sido provocada por la revolución feminista y sexual de la posguerra. La “crisis de la familia estadounidense” había conducido a esta catastrófica disminución de la población por culpa del aborto y la liberalización de las costumbres. Ese mismo 1997, dos académicos rusos de la Universidad pública de Moscú, Anatoly Antonov y Victor Medkov, invitaron a Carlson después de haber leído con entusiasmo sus trabajos. Estos académicos estaban preocupados por los cambios demográficos que estaban teniendo lugar en la Rusia postsoviética, aquello que llamaron, probablemente por primera vez, “invierno demográfico”. Las dificultades económicas que atravesaba Rusia tras la descomposición de la URSS, con su entrada sin paliativos en el capitalismo salvaje, provocaron un desplome radical de la tasa de natalidad y un aumento significativo de la mortalidad –por diversos factores, uno de ellos el aumento del alcoholismo–. De hecho, este discurso tenía más sentido allí que en EE.UU. o Europa, donde el descenso fue más paulatino.

En todo el mundo, la “familia natural” es una solución que se ofrece para cualquier tipo de problema

Desde estos orígenes podemos ver cómo estas teorías nacieron fuertemente vinculadas con el etnonacionalismo y el nativismo, ya que Antonov y Medkov estaban muy preocupados por el aumento del peso de los musulmanes dentro de la población del país. Para ellos, ser ruso significaba ser blanco y ortodoxo. En Rusia o en EE.UU., Carlson y sus anfitriones rusos estaban convencidos de que la raíz del problema residía en la degradación de la familia natural, y el CMF se creó precisamente para evitarlo. Este grupo superó rápidamente la lógica geopolítica de la guerra fría gracias al poder de esta alianza tejida a partir de valores conservadores. Otra enseñanza de la historia: las cuestiones de género pueden coser alianzas de manera harto efectiva.

La primera conferencia del CMF tuvo lugar en 1997 en Praga y fue un éxito de asistencia. Su manifiesto proclamaba: “Existe una crisis mundial que implica evidentes implosiones demográficas que, si no se controlan, conducirán en última instancia a la extinción de naciones enteras y sus culturas”. (Nada muy alejado de la conferencia de este año del cardenal alemán Gerdhard Müller que ha alertado de que las amenazas a la familia pueden llevar al “suicidio colectivo” de la humanidad.) En la Declaración de Praga también se apuntaba a “las Naciones Unidas, sus ONG y agentes” como adversarios clave y promotores de estas políticas –incluido el aborto–, otro marco que luego se extendería por todo el planeta. De hecho, en ella encontramos la mayoría de los elementos que serán definitorios en la internalización de las guerras de género: la lucha contra el aborto, la contracepción, la educación sexual, el matrimonio igualitario. Además de algunos de los principales argumentos que se desplegarán en ellas en las décadas siguientes. “No hay profesión con mayor estatus que la maternidad”, aseveraba. Con estos principios, el WCF se posicionó como una organización paraguas para grupos e individuos de todo el mundo comprometidos con la defensa de la familia.

Desde 1997 se han celebrado catorce ediciones más de este congreso. Hoy el CMF tiene una red regional de aliados que adaptan sus mensajes para que resuenen en los contextos locales. “En Rusia, el WCF y sus asociados utilizan prejuicios raciales profundamente arraigados para movilizar las ansiedades que produce el invierno demográfico. En África, explota las preocupaciones neocoloniales, argumentando que los occidentales racistas están tratando de abortar a los bebés negros de África”, como explica la investigadora Cole Pake. En todo el mundo, la “familia natural” es una solución que se ofrece para cualquier tipo de problema, concluye.

Más allá de su papel como motor de la producción discursiva, que continúa hoy –por ejemplo se ha adoptado y difundido ampliamente el marco de la “ideología de género” gestado en el Vaticano–, el CMF dice que su labor ha conseguido impulsar políticas antiderechos en Rusia, Europa del Este y otros lugares, gracias a sus tareas de lobby. Este extremo no es fácil de corroborar, aunque según la Human Rights Campaign Foundation, su papel más nocivo lo está jugando en África, donde la homosexualidad está criminalizada en la mayoría de los países. Es allí donde el CMF dice haber conseguido sus mayores victorias con la aprobación de leyes como la ugandesa –que impone castigos penales severos a las personas gays– o la que prohibe el matrimonio entre personas del mismo sexo en Nigeria. Hay que tener en cuenta que estas redes internacionales tienen poder y recursos, pero no son omnipotentes, florecen allí donde encuentran un ecosistema más favorable.

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