Los obispos declaran una nueva «Guerra del crucifijo»

El caso de Soile Lautsi contra la República de Italia
El pasado 4 de noviembre de 2009 me encontraba en Italia, concretamente en Bolonia, cuando conocí de primera mano que la Corte de Derechos humanos de Estrasburgo había dictado una sentencia histórica que fue acogida con “estupor" y "amargura” por el Vaticano, por la cual, la presencia de crucifijos en las aulas era considerada como “una violación del derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones, y una vulneración de la libertad religiosa de los alumnos”. El tribunal había fundamentado su sentencia en que los crucifijos podían llegar a ser molestos para los alumnos ateos o pertenecientes a otras religiones distintas a la católica.

Para entender al origen de este fallo deberíamos remontarnos a siete años atrás cuando una ciudadana italiana de origen finlandés, Soile Lautsi, presentó una demanda ante la Corte europea ante la negativa a retirar los crucifijos de las aulas por parte de un instituto de la provincia de Padua donde que estudiaban sus hijos.

Tras dictarse sentencia a favor de la señora Lautsi, el Vaticano se pronunció inmediata y enérgicamente en contra por considerar que la alta instancia europea se había inmiscuido en una materia “profundamente ligada a la identidad histórica, cultural y espiritual del pueblo italiano” sin tener en cuenta que el catolicismo es “una parte del patrimonio histórico de la nación”.

El Estado italiano, que fue condenado a pagar 5.000 euros a Soile Lautsi por “daños morales”, recurrió la sentencia con el apoyo de 22 conferencias episcopales internacionales, entre ellas la española, y el próximo miércoles día 30 de junio, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se pronunciará definitivamente al respecto.

Los obispos españoles se pronuncian
Según consta en una nota hecha pública por la Conferencia Episcopal Española, los obispos españoles manifiestan que con "la cruz no se pretende excluir a nadie", así como también que, ante la decisión de retirar los crucifijos de los centros públicos, "el pueblo quedaría indefenso ante otras ofertas culturales" y las naciones europeas "se convertirían en sociedades contradictorias".

Una vez más, el portavoz episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, se ha manifestado pródigo en una serie de declaraciones con entidad de perlas de hemeroteca de las que pasaré a transcribir un breve muestrario:

"Suprimir el crucifijo es poner en peligro la separación Iglesia-Estado y la libertad religiosa".

“Europa pudo abrirse a la libertad religiosa gracias, precisamente, al cristianismo"

"Todos los logros de la civilización surgen en torno al crucifijo"

"Si en nuestra propia tradición no vamos a poder visibilizar los símbolos de nuestra cultura, ¿no estaremos negando nuestro futuro?"

"Si se impone la desertización de los símbolos religiosos de la vida pública, ese vacío tendrá que ser llenado con otras ofertas culturales, no siempre benéficas".

"La distinción entre la política y la religión sólo se ha dado en los ámbitos de tradición cristiana" "¿Vamos a impedir eso?".

“La libertad religiosa es un logro de las culturas inspiradas en el cristianismo"

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, el señor Camino se apuntó a un bombardeo al afirmar en la rueda de prensa, y sin venir a cuento, que:

“La ley del aborto cuestiona el edificio de un Estado de Derecho, pues no se le puede quitar la vida a un ser inocente”.

Y ya como guinda de una tarta elaborada en base a la cerrazón mental de estos garantes de la moral, de la fe y de no sé cuantas cosas más, el obispo Camino aprovechó para recordar que:

“La conducta homosexual es desordenada [aunque] no es legítimo discriminar a gays y lesbianas”

Comentarios de un observador perplejo
Muchas de las aseveraciones del señor Camino son tan elocuentes en su contenido, y algunas tan absurdas en su contextualización y en el sentido implícito que pretenden transmitir, que sería preferible confiar en el juicio crítico del lector a fin de que sea él quien realice un análisis que, seguramente, será más provechoso y acertado que el mío propio.

Por mi parte, haré solo dos breves matizaciones.

1-En primer lugar quisiera trasladarle al obispo portavoz una serie de dudas que me han surgido a partir de su afirmación de que “la libertad religiosa es un logro de las culturas inspiradas en el cristianismo”:

¿Acaso se está refiriendo, señor obispo Camino, al papel que desempeñaron la cruz y los cristianos durante las Cruzadas?

¿Se refiere en concreto al "respeto" a la libertad religiosa de los indígenas precolombinos que los evangelizadores pusieron de manifiesto durante el siglo XVI?

¿Quizás también a la "defensa" del libre pensamiento de los disidentes anti-católicos que fueron depurados durante la Inquisición?

¿Es esta la libertad religiosa que propicia el cristianismo y a la que usted se refiere?

2-Por otro lado, no puedo reprimir el compartir aquí y ahora unos recuerdos que la presencia de los crucifijos en las instituciones públicas me evocan como remembranza de unos infaustos tiempos en los que la visita a un despacho oficial iba siempre asociada a un señor bien afeitado, con bigotillo recortado y el pelo peinado hacia atrás totalmente embadurnado de brillantina, sentado en la poltrona de un despacho casi siempre amueblado con enseres clásicos, más o menos recargados según hubiera ascendido en el escalafón, la estancia casi siempre mal iluminada aunque no tanto como para que los retratos de Franco y José Antonio pasaran desapercibidos ni tampoco el sempiterno crucifijo que unas veces lucía colgado en la pared y otras se erguía majestuoso y desafiante sobre la mesa escritorio.

Cuando el señor Camino dice que “el crucifijo es un símbolo de nuestra cultura y tradición” y que prescindir de él sería “negar nuestro futuro”, no puedo menos que pedirle con todas mis fuerzas que ni él ni su iglesia me incluyan en ese apolillado futuro con olor a naftalina y añoranzas de un glorioso pasado de rutas imperiales por las que un tirano jefe de Estado era paseado bajo palio.

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