Los crucifijos de la discordia

La política nacional incide en la municipal más de lo que creemos. El último ejemplo es el de los crucifijos. El Partido Popular de Jaén ha sacado la artillería contra la alcaldesa de la capital, Carmen Peñalver. ¿Cuál es ahora el problema?. Que el PSOE votó en el Congreso una proposición de Esquerra Republicana de Catalunya para retirar los crucifijos de los colegios públicos.

Es sólo un primer paso pero a Miguel Angel García Anguita, secretario general de los populares de Jaén y portavoz de ese partido en el Ayuntamiento jiennese, le ha servido para poner de vuelta y media a la alcaldesa, en quien centra sus iras por la votación en el Congreso. Acusa al PSOE de votar “con el apoyo de los independentistas catalanes de ERC”. Y a la alcaldesa de “fariseismo político” por votar en 2006 contra los crucifijos, retirarlo de su despacho municipal y correr a ponerse delante de las procesiones. No dice, no sabe o no quiere recordar el portavoz que las hemerotecas están llenas de ejemplos en los que ERC y el PP han votado juntos tanto en el Parlamento nacional como en el autonómico catalán y en los ayuntamientos de esa comunidad. Entonces, ¿por qué se sataniza un compañero de viaje en otros asuntos? ¿No es eso fariseísmo político? Y por otro lado, parece evidente que si la alcaldesa no fuera a las procesiones, como dice el PP, sería mucho más atacada por quienes ahora la critican por ir. Siempre he tenido la duda de si los alcaldes tenían que representar al municipio por encima de sus convicciones personales, pues se gobierna para todo un municipio no sólo para quienes te han votado, o si tienen que prevalecer las opiniones personales sobre la condición representativa. Nunca lo he tenido claro. Dicen que en el equilibrio está la virtud. Debe ser así aunque ese equilibrio puede acarrear críticas de ambos lados: de quienes creen que uno se pasa o quién dice que se queda corto. Personalmente, me inclino porque cada cuál decida en conciencia. Y si yo fuera la alcaldesa, que obviamente no lo soy sobre todo por el bien de los jiennenses, no iría a una sóla procesión ni a una sola misa. Me chirría profundamente ver a concejales de izquierdas, de agnosticismo o ateísmo declarado, en las procesiones o traslados de imágenes como las de “El Abuelo”. Me chirría que se paralice una ciudad cuando viene o se va la Virgen de la Cabeza o cuando se traslada “El Abuelo” y que nadie diga nada y, sin embargo, en cuanto se critica o se dice algo mínimamente disconforme con la doctrina oficial de la Iglesia, la avalancha contra los que hacen esas proclamas se vuelva tremebunda. Si la justicia dice que un ciudadano de a pie tiene razón cuando se queja del ruido de las campanas de la Catedral, pues no se le hace caso o se monta una campaña en contra de la decisión judicial. Que los tribunales europeos dicen que los crucifijos suponen una vulneración de la libertad religiosa pues hacemos lo mismo. Y es que a la Iglesia una ley que le agrada mucho es la del embudo, lo ancho para mí y lo estrecho para los demás. Ha sido así durante siglos y en cuanto eso tiene visos de cambiar de manera mínima se rebelan con todas sus fuerzas. A ellos que les importa la libertad de pensamiento y no imponer ninguna doctrina.

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