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José Luis Pereda en el Naval Cemetery Landscape, Brooklyn, Nueva York, el 4 de junio.José Luis Pereda en el Naval Cemetery Landscape, Brooklyn, Nueva York, el 4 de junio.

Las batallas del exmarine que sufrió abusos sexuales en un internado religioso en Zamora

El estadounidense José Luis Pereda relata que fue víctima de pederastia en un colegio zamorano de los claretianos. Combatió en Irak y Somalia y las secuelas de esas guerras enterraron durante décadas los recuerdos de la violencia que vivió de niño

José Luis Pereda fue marine de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos durante 13 años. Entre 1990 y 2003 participó en tres guerras: la del Golfo, la de Somalia y la de Irak. Insiste mucho en el switch del soldado: ese interruptor interno que los enlistados en el ejército encienden para convertirse en un “arma letal” y que luego, tras sus años de servicio, deben lograr apagar para reintegrarse de nuevo en la sociedad. Pereda se considera una persona seria y con un carácter que puede, incluso, llegar a ser violento. “Para mí, cualquier fricción o desacuerdo con alguien puede convertirse en una puta batalla”, dice. Siempre ha atribuido esa actitud al entrenamiento al que fue sometido y a las secuelas que le dejaron tantos años en el Cuerpo. Sufre, de hecho, un trastorno de estrés postraumático “crónico”, producto de la crudeza que vivió en el campo de batalla y que le llevó a necesitar terapia.

Ahora, después de dos décadas bajando a los infiernos de la guerra, este exmarine de 55 años piensa que esos brotes de ira vienen de mucho antes, de su infancia. En concreto, de cuando tenía nueve años y estuvo interno en el colegio Corazón de María de los claretianos en Zamora. Pereda narra que allí el padre Félix abusó sexual y físicamente de él durante los cursos académicos de 1976 y 1978.

Unos recuerdos que, cuenta, ha mantenido enterrados durante casi cinco décadas. Hasta que el pasado diciembre, después de enterarse de que EL PAÍS estaba llevando a cabo una investigación sobre la pederastia en la Iglesia española, decidió enviar una carta al diario. Meses después, en abril, pudo contarlo por primera vez en voz alta. En la primera conversación con este periódico, tuvo una autorrevelación: “He lidiado con mi trastorno de estrés postraumático de la guerra, pero los problemas de mi infancia no los he tratado. Y esa ira ha seguido viva, sin control. No se ha curado adecuadamente”. Y se definió: “Soy un veterano de guerra, víctima de un trastorno de estrés postraumático y sobreviviente de pederastia en la Iglesia”. Su historia está recogida en un segundo informe sobre pederastia en la Iglesia española que EL PAÍS entregó en junio a la Conferencia Episcopal Española (CEE) con 278 nuevos testimonios y 244 acusados —44 de ellos ya habían sido denunciados anteriormente por otras víctimas—.

Como muchas víctimas de abusos, Pereda sufrió en silencio su tormento: “Pensaba que si se lo contaba a alguien me dirían que yo me lo había buscado”. Dice que no quería pensar en ello porque creía que si lo recordaba, llegaría a la conclusión de que había sido su culpa. Sepultó aquellos episodios y admite que para él era como si los recuerdos de aquel niño de nueve años pertenecieran a otra persona. Pero ahora es consciente de que no, de que son suyos. Estaban conservados intactos, nítidos y vívidos, en un rincón de su memoria. “Es como si esos años se quedaran congelados en el tiempo”, reflexiona. Cuando habla de los abusos y de su vida en Zamora, cambia del inglés al castellano. Tarda solo unos minutos en encontrar las palabras en español, pero en cuanto coge el ritmo se lanza a contarlo todo.

Pereda nació en Nueva York en 1967, pero cuando tenía siete años su padre, de origen español, llevó a la familia a Zamora. Allí se matriculó en el colegio Corazón de María dirigido por los claretianos. Con su padre enfermo y separado, Pereda y sus dos hermanos acabaron en 1976 residiendo en el internado del centro, incluidas las vacaciones veraniegas, cuando la mayoría de los niños regresaban con sus familias.

Ese verano, recuerda Pereda, comenzaron los abusos sexuales. “Un día, mi hermano pequeño y yo nos levantamos temprano y fuimos a pasear por el colegio. Cuando volvíamos a los dormitorios nos cruzamos con el padre Félix”, narra. Lo saludaron, pero el religioso “explotó”: “Me empezó a pegar y me dijo que fuera a su despacho”, continúa. Su hermano, añade, logró zafarse, pero el padre Félix continuó golpeando a Pereda. Una vez en la oficina del acusado, describe, este le pidió que se bajara los pantalones y la ropa interior: “Yo no paraba de llorar, hice lo que me pedía bajo la amenaza de más bofetadas. Entonces, me agarró el pene y me sacudió al mismo tiempo que trataba de golpearme”, cuenta.

Las agresiones se repitieron “al menos media docena de veces”, hasta que Pereda salió del colegio en 1978. “En otra ocasión abusó de mí en una pequeña oficina que tenía en las escaleras del dormitorio, que usaba para hacer anuncios por megafonía”, relata. “Esa vez usó una de las palas que usábamos para jugar al frontón. No intentó penetrarme con ella, sería imposible, pero sí para tocarme las partes íntimas. La empujaba con fuerza contra mi entrepierna o mi ano, dependiendo de la dirección en la que quería que mirara”, narra. Si Pereda intentaba resistir a los abusos, el acusado “se enfurecía” y lo golpeaba “con tanta fuerza que muchas veces perdía el equilibrio”. “Me hacía ponerme ahí desnudo, expuesto, humillado. Empezaba a pegarme y luego a agarrarme. Yo era solo un chaval, y él era un bruto”, recuerda.

Secuencia de un vídeo escolar donde aparece el claretiano acusado mientras oficia una misa.
Secuencia de un vídeo escolar donde aparece el claretiano acusado mientras oficia una misa.

Pereda no recuerda el apellido del padre Félix, pero sí su cara. Lo reconoció en un vídeo escolar de los años setenta que encontró en internet. Según ha comprobado este diario, en un grupo de Facebook de antiguos alumnos del centro claretiano, otro exalumno también identificó en una publicación al acusado como el padre Félix, apodado Cruyff por su posible parecido al jugador y entregador de fútbol Johan Cruyff. El padre Félix era el prefecto de disciplina del colegio claretiano, según Pereda. Tras recibir una llamada de este periódico, un portavoz de la provincia de Santiago de los Misioneros Claretianos se ha puesto a disposición de la víctima y ha asegurado que la orden está investigando este caso, al igual que los otros 14 que EL PAÍS le ha remitido hasta la fecha. También ha confirmado que en Zamora, en los años setenta, había dos claretianos llamados Félix. No obstante, no ha especificado el apellido del religioso al que Pereda acusa, aunque ha garantizado que la congregación está recabando los datos necesarios para identificarlo.

La guerra: una salida al recuerdo de los abusos

Es la mañana de un viernes a finales de abril en Williamsburg, un barrio de Brooklyn situado en la falda del Río Este de Nueva York, desde donde mejor se admira la silueta de Manhattan. Corre un viento feroz. Una de esas últimas ráfagas antes de que la primavera neoyorquina dé paso por fin al verano. Esas que dificultan caminar, hablar, ver. Pereda, por su parte, parece inquebrantable: mide casi dos metros y se mantiene firme, serio. Es la primera vez que habla cara a cara con una persona sobre su historia de abusos. Durante un paseo por su barrio, cuenta que Nueva York es una ciudad muy agresiva, incluso violenta. Pero es su hogar. Ha visitado 55 países y vivido en 16, pero siempre acaba de vuelta aquí.

Después de salir del internado de los claretianos, Pereda continuó sus estudios en escuelas públicas. Estudió filología hispánica en la Universidad de Valladolid, y al acabar el grado volvió a Estados Unidos, en 1989. Sin saber muy bien qué hacer con su vida, siguió los pasos de su hermano mayor, que entonces estaba en la Armada estadounidense. En su caso, Pereda eligió los Marines. Nada más entrar, en 1990, fue seleccionado para la unidad especial de reconocimiento, considerada una fuerza de élite dentro de los Marines. Dicho de manera sencilla, la misión de un marine de reconocimiento es penetrar las líneas del enemigo y obtener información secreta. Para ello, pasó por muchos entrenamientos y especializaciones, incluyendo torturas como la falta prolongada de comida y la práctica conocida como el submarino mojado, que consiste en inmovilizar a una persona bocarriba sobre una tabla, cubrirle la cara con un paño y verterle agua en la boca y nariz para generar la sensación de ahogamiento. “Ahora que lo pienso, creo que estaba obsesionado con aprender estas técnicas de supervivencia debido al trauma que tenía de mi infancia”, confiesa.

José Luis Pereda en 2003, cuando abandonó su puesto en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.
José Luis Pereda en 2003, cuando abandonó su puesto en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos.

Pereda describe al ejército como “una ilusión”. Dentro de ese espejismo, explica, “te obligan a olvidar todo lo que el mundo de los civiles te ha enseñado y a reprimir esa parte de tu vida”. En su caso, se produjo una ruptura entre la persona que era antes de ingresar en las fuerzas armadas y la persona en la que se convirtió al alistarse. “El ejército me transformó completamente, me dio un nuevo propósito”, dice. A gran escala, su nuevo objetivo era servir a su país. A pequeña escala, sobrevivir, ya fuera al cruzar el río del Estado de Colorado en un entrenamiento militar o al tomar el control de una fábrica de cigarrillos durante la invasión de Irak en 2001. Y en situaciones como estas, no tenía tiempo para recordar el pasado. Se fue alejando cada vez más de él. “Para mí, los Marines fueron una distracción. Aprendí a compartimentar mi trauma, creo que eso me salvó”, reconoce.

“Además, viví peores traumas durante mi carrera militar”, añade. Pereda asegura que no puede detallar nada de lo que hizo o vio durante su tiempo en ejército hasta que se cumplan 20 años desde que haya abandonado su puesto, es decir, hasta septiembre de 2023. No obstante, admite que los horrores de las guerras en las que participó lo persiguen a día de hoy. Dejó los marines en 2003, y desde entonces, todas las noches se traslada de vuelta al campo de batalla: “En mis sueños siempre acabo de vuelta en mi uniforme, como si siguiera allí”.

“Mi trastorno de estrés postraumático es crónico, siempre está presente”, lamenta. Ha ido dos veces a terapia para lidiar con él. La primera vez fue justo después de dejar el ejército. Recuerda que solo fue a una sesión. Le recetaron antidepresivos y nunca volvió. Pasó un decenio hasta que lo intentó de nuevo. Esta vez caló y estuvo yendo durante un año, tanto a terapia en grupo para veteranos como a sesiones individuales. Teme constantemente cómo reaccionará ante una situación conflictiva o tensa. “Alguien como yo, que ha pasado por el tipo de entrenamiento militar por el que yo he pasado, puede ser un peligro. Lo que somos capaces de hacer no debería salir a la superficie. Es letal y podría acabar lastimando a alguien”, admite. En su día a día, intenta evadir lugares en los que se pueda cruzar con gente que lo provoque, como en el metro de Nueva York.

—¿Cree que al enfrentarte a las secuelas del ejército, ha eludido procesar y lidiar con el trauma de los abusos que sufrió durante su niñez?

—Lo que ocurre con un trastorno de estrés postraumático derivado de la guerra es que entierra cualquier otro tipo de trauma que tuvieses antes. Es ahora que he podido reflexionar sobre los abusos.

Pereda está convencido de que los “demonios” con los que ha cargado todos estos años le han costado cinco matrimonios. “En mis relaciones siempre fui arrogante, egoísta. Mis problemas vienen de este trauma que tengo, y no solo del ejército, no. Tengo que remontarme a mi infancia para entenderlo”.

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