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La iglesia okupa

En España hay cientos de miles de familias desahuciadas, más de dos millones y medio de vagabundos forzosos por mandato judicial, porque no pudieron pagar la letra del banco, porque tenían que elegir entre comer o amortizar hipoteca y decidieron pasar hambre a la intemperie. Lo del hambre suena un poco tercermundista, un poco a posguerra civil, pero vivimos en un país donde, como dijo el poeta Alvaro Muñoz Robledano, la posguerra no se acaba nunca. Por eso llegaba aquí Philip Alston, relator de la ONU sobre extrema pobreza, y certificaba hace dos años que España se encuentra en una situación de emergencia habitacional a pesar de ser uno de los países con más viviendas construidas por habitante. En la patria del ladrillo y el cemento armado, el paraíso feliz de los constructores y las inmobiliarias, resulta que hay un montón de pisos y edificios vacíos, un montón de metros cuadrados dedicados al misterio de las casas encantadas.

Menos mal que en un ejercicio de memoria histórica la iglesia ha decidido acordarse, después de varios decenios de amnesia voluntaria, de que tiene en su poder cerca de un millar de inmuebles que no son suyos y ayer el presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Juan José Omella, firmó un acuerdo con el presidente del gobierno para devolverlos. Se calcula que, entre 1998 y 2015, debe de haber cerca de 34.000 inmuebles más inmatriculados (qué término más apropiado para un atropello a todo trapo) a nombre de esta curiosa industria filantrópica que en teoría hace voto de castidad y pobreza y en la práctica consiste en una máquina de follar niños y de fabricar millonarios con sotana. Lo dijo Gila en uno de esos monólogos suyos que sólo podía contar desde el exilio, cuando en una gira por Europa un turista entraba al Vaticano y decía soltando un silbido: “Joder, qué negocio. Y empezaron con un pesebre”.

A lo de los pisos sustraídos por la jeta le sumas lo de los presuntos miles y miles de niños robados con el beneplácito de la iglesia católica durante más de medio siglo y los cientos de casos de pederastia encubiertos por las autoridades eclesiásticas españolas y, la verdad, nos habría salido más rentable mantener, en lugar de a la Conferencia Episcospal, a la Mafia rusa, a la Yakuza japonesa y a la Camorra napolitana. Te lees lo que decía Jesucristo sobre la pobreza y sobre maltratar a los niños y luego miras a lo que se dedica esta gente y te salen los evangelios satánicos por fascículos con pegatinas del Anticristo de regalo.

Sí, sé que la cosa no está para chistes, pero ya me dirán ustedes qué se puede hacer con la Conferencia Episcopal aparte de contar chistes. Ya me explicarán si eso de descubrir de repente que, oye, no te lo vas a creer pero tengo como mil propiedades cuya titularidad no me consta, no recuerda a la historia aquella de Faemino y Cansado, que se despertaba un día y se encontraba veinte millones de euros en un zapato. Hostia, vale que Jesucristo predicara que para seguirlo, uno tenía que dejar atrás su casa y sus propiedades, pero no vas a dejar también las otras treinta y cinco mil que inmatriculaste jugando al monopoly. Que una cosa es ser cristiano y otra gilipollas.

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