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José Enebral Fernández

La Iglesia católica dice perseguir el bien común · por José Enebral Fernández

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Parece haber, claro, un cierto debate latente en torno a la forma de Estado, a si monarquía o república, sin embargo acaso la cuestión, el dilema, viene a ser en el fondo si apostamos por una democracia genuina y el correspondiente laicismo, o lo hacemos por una moderna versión del nacionalcatolicismo; algo, esto último, que parecía sugerir aquella plataforma NEOS en 2021, liderada por algunos destacados políticos y alineada con la exhortación de Benedicto XVI (en Sacramentum Caritatis, 2007) sobre valores indiscutibles que nuestro clero entendió como “innegociables”.

Cabe concluir que el catolicismo no se diseñó para la democracia, con lo que esta conlleva de pluralidad, derechos, libertades, respeto a la mayoría; se diría que se diseñó para prevalecer en la sociedad, para imponer sus modelos de convivencia, en connivencia con los poderes establecidos y aun constituyendo un poder adicional. El hecho es que la Iglesia parece exhibir un cierto vértigo ante la democracia, por no hablar del vértigo aquel sí, recordémoslo ante la república. No parece dudar, no, la Iglesia al orientar el voto de los católicos hacia las opciones más favorables, como tampoco duda al instrumentalizar a sus fieles en contra de nuevas leyes desfavorables y en defensa (“a toda costa”, incluso) de sus modelos.

Sabemos bien que nuestro anterior periodo democrático, la Segunda República, resultó caótico y uno no se siente analista capacitado. Debe ser compleja la cosa, aunque podría aludirse a una cierta obstaculización de los monárquicos y los católicos (con dudas sobre si cabría distinguirlos tanto). Concretamente y como se recordará, no tardó nada el cardenal primado, don Pedro Segura, en hacer pública una pastoral (1 de mayo de 1931) en defensa de la monarquía… Sí, en aparente defensa de la monarquía pero quizá, más propiamente, en defensa de los privilegios de la Iglesia, que veía amenazados por la corriente laicista.

La cosa es que Segura recordaba a los católicos “sus deberes”, con una típica dialéctica clerical que puede percibirse ambivalente, hiperbólica, autocomplaciente, paternal, envolvente, patriótica… Uno piensa hoy se ve compatible que se puede cultivar la fe, incluso la fe cristiana y aun la devoción mariana, y a la vez ser demócrata y republicano; pero el cardenal aquel, como Benedicto XVI en su referida exhortación (2007), parecía preferir fieles de alta fidelidad, capaces de movilizarse en defensa de los modelos católicos sobre la vida, la familia, etc. La democracia está bien, si los católicos son mayoría y votan según las instrucciones recibidas: esa parecía ser la idea.

Casualmente hemos topado ahora con una invitación de la Conferencia Episcopal a la reflexión sobre la presencia de los católicos en la vida pública; una presencia que se desea “intensificar”. Se trata de un documento de discreto título, “El Dios fiel mantiene su alianza”, y en él identificamos igualmente una retórica clerical grandilocuente, desplegada con muy bonitas palabras que a menudo nos cuesta interpretar. Se diría que el cardenal Segura fue más explícito, pero parece pretenderse que los católicos no se sometan tanto a la democracia como a la Doctrina Social de la Iglesia.

Así como la pastoral del cardenal Segura parecía defender la monarquía pero a la vez llamaba a los católicos a hacerse oír en la sociedad, este reciente texto defiende, sí, la Doctrina Social de la Iglesia y también llama de forma explícita a los fieles a organizarse para un compromiso público, visible. El documento, según afirma (textualmente) monseñor Argüello en Twitter, “no es solo un ¡Basta ya!, sino, sobre todo, un ¡VAMOS YA!”, en relación con la dignidad humana y el bien común.

Cabe preguntarse, entre otras cosas, qué se entiende por “bien común” y por “sociedad del bien común”, porque suena bien pero no identificamos su alcance. Leemos ideas al respecto: un movimiento social en favor del bien común tiene su fuente en la “comunión trinitaria”; la democracia ha perdido la referencia al bien común y abona su propia crisis; hay que pasar del estado del bienestar a la sociedad del bien común; las propuestas legislativas “deconstruyen” la familia y dificultan el bien común; la Iglesia católica está particularmente dotada para edificar una comunidad global que proponga el bien común…

Finalmente encontramos una aparente definición del bien común; parece tratarse (textualmente) del “conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección”. Como no nos resulta muy esclarecedora, seguimos buscando qué se dice del bien común. Leemos que el amor es la base del bien común; que se ha de realizar un discernimiento sobre el significado del bien común en la vida personal, familiar, eclesial y social; que se ha de perseguir el bien común por encima de ideologías e intereses de poder…

Puede que solo interese a sus fieles más fieles, pero cabe saludar el hecho de que a la Iglesia le interese el bien común y hable de una “sociedad del bien común”. Parece, sin embargo, que habremos de esperar a nuevos documentos para saber exactamente qué es lo que entiende por bien común; no, no parece estar relacionado con la democracia que tenemos, por mucho que The Economist nos considere una democracia plena. Mientras, monseñor Argüello anima a sus seguidores en Twitter, no sabemos bien a qué.

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