La Iglesia Católica contra España

“Si vas, pues, a presentar una ofrenda en el altar y allí te
acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu
ofrenda, ve primero a reconciliarte con él y luego vuelve
a presentarla”.

San Marcos, 5.

 

Dicho con el mayor respeto hacia aquellas personas que son católicas, convencido de que la doctrina esencial de Cristo es una de las aportaciones hermosas para la convivencia entre los hombres -aunque sus altos dignatarios la hayan desposeído de su primigenio carácter-, reconociendo la inmensa labor de quienes en su nombre trabajan en los lugares más desolados del planeta, creo que es preciso afirmar, como en su día dijo Azaña provocando la furia interesada de los cavernícolas, que para el progreso, la libertad y la paz de nuestro país sería bueno que la Iglesia Católica regresara al ámbito que le pertenece, abandonando todos aquellos que le son ajenos por “mundanos”.

Somos bastantes las personas que tenemos como uno de nuestros libros de cabecera “El Cántico espiritual” de San Juan de la Cruz –tal vez el mayor poeta de todos los tiempos-, que admiramos a Fray Luis de León, Bartolomé de las Casas, Suárez, Soto o Mariana, a los jesuitas que en las reducciones de Paraguay intentaron dar a los indios una dignidad que les iba a ser arrebatada por la fuerza, a los que hoy siguen haciendo lo mismo en los barrios más humildes del tercer y cuarto mundo. Sin embargo, también somos muchos quienes hoy vemos a la Iglesia Católica española como una rémora para el normal desenvolvimiento del país. Es esta Iglesia la que mantiene, con la aportación que le da un Estado aconfesional, emisoras como la Cadena de Ondas Populares de España (COPE), brazo radiofónico de la Conferencia Episcopal española que hasta hace poco expresaba su pensamiento político a través de la boca de un tipo conocido por Losantos, uno de los máximos representantes de la extrema derecha, fuente inagotable de insultos, ramplonería y, lo que es peor, de un rencor “anticristiano” que parece retrotraernos a tiempos ya felizmente pasados. Y el problema no es ese –que exista una radio con locutores de extrema derecha, que puede existir siempre que se sufrague a sí misma y no delinca-, el problema es que esa incitación continua al odio se hace en nombre de Dios, en nombre del Dios de la Conferencia Episcopal Española, sostenida, en buena parte, por el Erario. ¿Alguien puede explicarme que tienen que ver las soflamas que emanan, como un torrente, de las bocas de esos señores, con las prédicas de Jesucristo?

La Iglesia Católica española, que es la que conozco desde que nací, fue en la guerra y la posguerra española uno de los principales soportes de la rebelión africanista y la posterior  dictadura, en la transición una organización medianamente abierta a la reconciliación, hoy en día, una institución reaccionaria y excesivamente preocupada por inmiscuirse en corrales que, por su doctrina, le están vedados: Gobierno de la nación, educación de nuestros hijos, vertebración del país, avances científicos, banca, radiodifusión… En su proceso de mundanización, la Iglesia ha tomado partido, y lo ha hecho por la España antigua, castiza y anticristiana. Se ha despojado de sus hombres más eminentes, hombres como Tamayo, Miret Magdalena, Llanos, Sobrino o Casaldáliga y ha regresado a Pla y Deniel, Segura, Guerra Campos, Escrivá de Balaguer y Argüello. El peligro reside en que sigue, pese a lo que digan algunos, pesando mucho en un amplio sector de la población, en que continúa teniendo la llave del Sepulcro del Cid -esa que Costa decía había que arrojar al mar para siempre jamás-, que sus brazos se han extendido enormemente en la educación en todos los territorios del Estado español, que no está dispuesta a perder ni uno solo de los privilegios que ostenta, que le interesa más la vida material, como a cualquier banquero, que el amor que sale de las palabras hermosísimas de Juan de la Cruz.

España, la España castiza, nació de la unión personal de dos reyes allá por el siglo XV, y fue el catolicismo el cemento utilizado para la unión: La inquisición era por aquellos años la única institución común en todos los reinos. Bajo el impulso del catolicismo España ocupó América, se hizo imperio, creó algunas doctrinas hermosas como la del tiranicidio, pero cercenó otras muchas: Las procedentes de Oriente que habían traído la cultura clásica perdida a Europa y formaban parte de nuestro ser. Pasó aquello y pasaron otras muchas cosas, pero hoy, cuando el siglo XXI ha mostrado todas sus caras, sabemos que ningún Estado puede progresar unido a una religión, que el laicismo de los Estados es el mayor garante de la libertad de las personas y las sociedades, que la fe, por mucho que se hayan empeñado y se empeñen los partidarios del “antiguo régimen”, es algo personal, interior e intransferible que no se puede imponer por la fuerza de la razón ni por la razón de la fuerza. Pertenece exclusivamente a la esfera de lo íntimo, donde la guardaba, por ejemplo, el gran Gabriel Miró. La España del mañana, del hoy mismo, basada en el mutuo reconocimiento de nuestras diferencias y coincidencias, si quiere estar en el lugar que le corresponde deberá caminar separada de cualquier confesión, incluida la católica, independientemente de que los españoles profesen la religión que apetezcan y reciban en sus templos las doctrinas que más les convenzan. La Iglesia Católica española tendrá también empezar a caminar sin las muletas del Estado, por sí sola, sostenida por quienes de verdad creen en ella sin imposiciones, libremente, dejando de inmiscuirse donde no le corresponde y de azuzar odios desde sus púlpitos mediáticos sostenidos por todos en todas las comunidades autónomas sin salvedad alguna. En eso, y mientras no seamos un Estado laico, España sigue siendo, como dijera el de la dialéctica de los puños y las pistolas, "una unidad de destino en lo universal" en la que las vírgenes, los santos, los curas y los obispos, las procesiones y las visitas del Papa tienen más peso que  el saber, la ciencia y la educación democrática. Soltemos lastre de una vez por todas.  

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