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La cuestión judía

¿Por qué tanto interés por los judíos?

La oposición entre cristianos y judíos presente en el campo religioso  Marx la ha  transformado  en la oposición entre el Estado político y la sociedad burguesa. ¿Se ha empobrecido o se ha enriquecido al transformarla?  Bajo la apariencia de excluir a todas las religiones de la política para afirmar el predominio de la razón critica, Bauer les pide a los judíos que abandonen el judaísmo para ser dignos de la ciudadanía. Marx va a demostrarles a los judíos  que Bauer no tiene derecho a exigirles que dejen de ser judíos  mientras vivan bajo el dominio de la esencia cristiana que, aunque invisible, persiste clandestina en el Estado laico. En este enfrentamiento de Marx con Bauer  es como si la persecución  casi bimilenaria de los cristianos contra  los judíos reverdeciera astutamente en un nivel diferente, donde la contradicción religiosa  se amplificara cuando Bauer trata de ocultarla.  Y entonces Marx desnuda  la trama escondida de ese enfrentamiento que persiste cuando éste se objetiva y se realiza en las relaciones políticas, racionales y laicas del Estado: allí donde la razón ilustrada predomina.

Mucho de los judíos que han leído la respuesta  de Marx no le reconocen esta puerta que les está abriendo. Si los judíos sólo entienden que Marx  se refiere a ellos como puros judíos, judíos-judíos, y que los desprecia. no pueden darse cuenta entonces que el judío y el judaísmo del cual Marx aquí se ocupa es siempre “el judío” o “el judaísmo”  cristianizado: lo que el cristianismo ha hecho de ellos y lo que cada judío ha interiorizado de cristiano en su ser judío.

Una de las mayores dificultades que encontramos es comprender un texto donde éste sutilmente adquiere por momentos un matiz irónico. Como si Marx –que “era un judío de pura sangre”, según escribió  Engels a un amigo- hiciera suya las críticas cristianas contra los judíos para pasar de inmediato a refutarlas, pero lo hace desde una matriz teórica diferente, que es necesario tener presente para comprender  su propio derrotero. La nueva coherencia que Marx esta planteando es un desafío que el  lector necesita ir descubriendo, pero sólo si se deja  guiar por la ironía de su movimiento  interno, riguroso y juguetón al mismo tiempo: desde el guiño de ojos que nos hace con sus anfibologías.

Por eso era necesario comprender el lugar que ocupan los judíos en la sociedad burguesa cristiana, que había tomado conciencia de sí misma con la razón del Iluminismo. ¿No está buscando Marx, acaso, en la contradicción entre judíos y cristianos,  el secreto escondido de la alienación del hombre ahora desde otra esencia humana previa a la religiosa? La “esencia genérica” desde la cual parte su análisis es el intento de buscar un nuevo ”principio”  filosófico con una ontología diferente a la cristiana. La contradicción entre judíos y cristianos no responde, como pensaba Hegel, y Bauer prolonga, a  la superación de una religión por otra en el desarrollo del espíritu histórico. Si la esencia cristiana no es superior a la esencia judía –que es lo que Marx quiere también demostrarnos- quizás se pueda  considerar que el cristianismo, mientras pretende ser la verdad del judaísmo al reemplazarlo, sólo es un desvío y una vía muerta ante la esencia genérica que Marx presupone en el fundamento  de todos los hombres, y al que cada religión, al metamorfosearla, le daría una forma propia. Son dos formas – la “esencia genérica” y la “esencia religiosa”- cada una de las cuales muestra qué es lo que cada religión –el judaísmo y el cristianismo-  ha construido al metamorfosear la esencia genérica, matriz humana de la historia,  en el campo de lo irreal y de lo ilusorio  que es propio de lo religioso.

El viraje inesperado de un trayecto personal

Marx ha vivido un tránsito opuesto al que Bauer les propone a los judíos. Éste les pide que primero renuncien a su judaísmo para acceder a una nueva verdad religiosa. Y que desde el cristianismo interiorizado como  verdad del judaísmo, en una segunda  negación a nivel de la conciencia, recién entonces se conviertan en laicos racionales y científicos ilustrados, como lo es el mismo Bauer. Pero Marx le contesta, como veremos, que con lo imaginario fantástico cristiano que esa razón de Estado presupone el judío no puede ni siquiera pensarse a sí mismo como judío (y mucho menos como judíos del cristianismo). La solución de Bauer es una trampa que el cristianismo les tiende a los judíos, ocultando la contradicción histórica que persiste entre ambas esencias religiosas. Marx  trata de comprender la contradicción religiosa de la esencia cristiana  cuando ésta, al prolongarse, se objetiva en el Estado.

Marx  sabe lo que dice, puesto que  ya había vivido en carne propia ese doble tránsito que Bauer le pide al judío para ser ciudadano: cuando niño, nacido en familia judía de antigua tradición rabínica, él mismo fue convertido al cristianismo por su padre a los seis años.  Entonces Marx ya hizo la experiencia de  la primera fase. Su conocimiento es distinto al de Bauer, porque habiendo residido en el cristianismo luego de haber nacido judío -experiencia que Bauer no ha sufrido- y defraudado por lo que había perdido en ese tránsito, debe haber vuelto hacia su propio pasado – es imposible no pensarlo- para comprender la transacción que Bauer les exige a los judíos. Marx  unos años antes ya había escrito, desolado, en un poema que expresaba la crisis de su adolescencia: “Así, un dios me arrancó mi todo”. Y repitía en otro: “Así, yo he perdido el cielo/lo se muy bien/mi alma antes fiel a Dios/ fue marcada por el infierno”. Y le había confesado  en una carta  a su padre: : "Cayó el telón. Mi Santo de los Santos se desgarró y fue necesario instalar nuevos dioses”. No fue muy buena su experiencia cristiana cuando había tenido que perder tanto.

Ahora tiene veintitrés años.  Y podemos pensar que vuelve a ese “todo” perdido del que había sido arrancado, y lo hace con un concepto racional en el cual recupera lo añorado, lo sensible de su cuerpo judío que se había transmutado en cristiano: con la noción filosófica de “esencia genérica”. Con este concepto vuelve a buscar un suelo diferente para su pensamiento. El “todo” perdido con la esencia cristiana es recuperado con la esencia genérica desde una materialidad distinta a la religiosa. La Naturaleza que el cristianismo desprecia se convierte, como cuerpo inorgánico, en el cuerpo común que comparten los cuerpos de todos los hombres: “El hombre es un ser genérico porque, tanto práctica como teóricamente, convierte en objeto suyo [ya no a Dios sino]  al género” (Manuscritos de 1844). Lo celeste recupera su origen terrestre: la teoría recupera su fundamento en la materialidad  de la naturaleza transformada en naturaleza humana.

Comprendidos desde cierto ángulo y siguiendo su huella  el lector podría decirse que los Manuscritos es una epifanía que brota de un nuevo pensamiento que recupera por fin la materialidad primera de su acceso a la vida, que surge a borbotones  desde las sentidas fantasías infantiles vividas en su cuerpo engendrado por madre judía. Marx lo dice cuando pocos años más tarde reniega de esa esencia y la califica de “ensueños infantiles”, como quien se despide para siempre de la infancia cuando quiere pasar a pensar de manera científica. Esto lo recuperamos nosotros al leer las palabras que nos ha dejado, y suponemos una experiencia primera desde la cual escribe. Porque Marx no nace como algunos piensan que nacen los obreros con su primer salario proletario: dejó rastros escritos de su trayectoria desde la adolescencia hasta las primeras obras. Bensaïd cita: “Este año 1843 es el de una crisis «  alrededor de la cual pivotea la trayectoria marxiana  ». «  Un conjunto de textos jalonan el tránsito del joven Marx del liberalismo renano y del humanismo antropológico hacia la lucha de clases  y a la revolución en permanencia  : el Manuscrito de Kreuznach  ». Pero la crisis teórica es también una crisis personal: su historia está entretejida en esos mismos textos que jalonan la experiencia histórica del adolescente  que accede a ser adulto.  

Creemos que también podría pensarse, sin negar su tránsito a la lucha de clases,  que en estos años 43/44, con la publicación de sus tres trabajos, Marx también combate el cristianismo paterno celeste que fue suyo desde el materialismo judío materno que le era propio, y que reverdece en momentos de crisis desde su marca  más profunda –porque fue la primera. Podríamos pensar que en “Sobre la cuestión judía” Marx expresa su propio drama de tránsito para ayudarles a comprender a los judíos –directamente a ellos, al final de la 1ª.  parte del texto, se dirige- cómo deben pensar para alcanzar una compresión no religiosa sino laica de su ser judíos, tal como él mismo lo hizo. No quiere que hagan lo que Bauer les pide ni lo que su padre hizo. Y les dice que sin volver a habilitar ese lugar primigenio no podrán nunca comprender el secreto del desprecio cristiano que el niño judío vive casi desde que nace. Que en vez de volverse cristianos, o pedir que el Estado los reconozca como ciudadanos pero para seguir siendo despreciados como hombres judíos, desanden el camino histórico que los llevó hacia la esencia religiosa judía para encontrar escondida, en su misma base, como si los esperara cuando se despierten del sueño, la esencia genérica humana laica que él les narra. La esencia humana materna, decimos nosotros desde una clave distinta, que todos los hombres necesariamente han vivido desde sus primeros días. Es lo que nos sugiere su texto donde despliega simultáneamente su posición política.

Bauer, en cambio, a quien le repugna la esencia religiosa judía y sigue subyugado por la esencia religiosa cristiana, puede inscribirse entre los precursores germanos de la Shoa: basta leer el odio y el desprecio que resuma el libro que Marx discute. Convierte a los judíos en un lugar humano degradado  : ninguna verdad puede surgir de su fe y  justifica la persecución que sufren; hasta los da como merecidamente vencidos por cobardes y pasivos frente a sus perseguidores. Si en el judaísmo  no hay verdad alguna, sino superada, mal podrían los judíos expresar nada justo en el ámbito donde la verdad cristiana alcanza el último nivel de la espiritualidad religiosa. Si la esencia judía hizo de ellos necesariamente esos seres miserables que habitan desde hace casi dos mil años el mundo cristiano, tal como Bauer lo afirma con una saña destructiva que Marx no subraya, mal podría plantearse un conflicto entre las dos concepciones de la materialidad humana que ambas mitologías han creado: el progreso del espíritu patriarcal histórico ya había convertido  a la religión judía en lo que Freud decía al compararla con la religión cristiana: en un fósil.

La esencia religiosa judía no había alcanzado a generar un «  Iluminismo  » laico propio ni creado una racionalidad diferente a la cristiana a partir de sus propios supuestos prácticos sensibles, esa que entre los cristianos culmina con la filosofía de Hegel. Esa tarea es la que –creemos- asume Marx como heredo-judío  laico, porque pone de relieve los supuestos cristianos que han hecho posible la creación de la realidad empírica y moral tanto del Estado democrático como la de los judíos europeos.  Los judíos, que perseveran como judíos en los límites que el cristianismo les ha impuesto a sangre y fuego como judíos-del-cristianismo, han pensado su esencia religiosa con la razón del iluminismo cristiano. Porque Marx, que quiere volver a poner a la  dialéctica con sus pies en la tierra, sabe que en una relación de dominación no existen judíos-judíos por un lado y  cristianos-cristianos por el otro: que el dominador construye al dominado como dominado con lo negativo de sí mismo que le asigna al otro: como judío del cristianismo. Desde allí Marx puede iniciar la crítica simultánea contra la sociedad de su época  : contra el cristianismo, contra el Estado, contra las condiciones económicas (que recién esboza) y contra la limitación de la religión judía, que están en el fundamento de la actual enajenación del hombre. El cuerpo a cuerpo entre judíos y cristianos se amplifica hasta convertirse en la lucha de clases de los cuerpos del  proletariado contra los cuerpos cristianos del Estado y del capitalismo. No como resabio de ningún mesianismo religioso: esa extensión es la consecuencia lógica e histórica de la esencia genérica desde la cual parte.

¿Por qué, si no,  esta necesidad de plantear el problema religioso cuando el hombre busca en el Estado su liberación política? Porque dependerá  de cómo ese misterio del conflicto entre judíos y cristianos se resuelva para que la liberación humana pueda ser pensada: porque su solución está situada más allá de lo religioso. Marx ha penetrado en el meollo religioso donde se elabora subjetivamente y objetivamente la alienación humana en la que los hombres están atrapados colectivamente. Hay que volver entonces de la alienación política a la religiosa para comprender la subsistencia de lo religioso en lo político. Hay que mostrar que la esencia  cristiana, que la crítica crítica da como superada, permanece y se objetiva en las relaciones sociales materiales del Estado democrático laico cuya forma terminal, nos demuestra,  son los EE.UU. Y cómo persiste, agreguemos, hasta nuestros días.

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