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La cruz de los cerros

El laicismo, por la esencia de su significado, obedece a un proceso de relaciones humanas que sólo puede manifestarse en un ambiente de tolerancia, en una sociedad  que se rija por la existencia  de una democracia política efectiva. Es un proceso que evoluciona desde los significados de la tradición -cultural, filosófica, religiosa- hacia las aspiraciones de emancipación  de las personas, los grupos humanos y la sociedad. El laicismo es así una forma de conciliar las diferencias que produce esta evolución.

Esta construcción de identidad, cuando se origina en  aspectos que se emancipan de los significados de la tradición, como son los de la libertad humana y la libertad de conciencia de las personas, en la concepción laica de la vida de los ciudadanos debería ser comprendida y aceptada como el derecho natural que a cada quien  asiste de dar significado propio a su existencia, con respeto absoluto a ese derecho. Dicho de otro modo, ante los cambios que pueden originarse en las convicciones de las personas al emanciparse de significados de la tradición, es la tolerancia la que inhibe la posibilidad de conflictos como cualidad sustantiva del laicismo. Del mismo modo debería ocurrir en los grupos sociales y en la sociedad, cuando se alcanzan niveles de emancipación  de los significados de la tradición religiosa.

Esta convivencia social laica y, por eso mismo, democrática, como aspiración de ciertos sectores de la humanidad, ha sido muy difícil de alcanzar y, como sabemos, resulta imperfecta aún en aquellas sociedades que califican como más  desarrolladas en este aspecto. La observación, por ejemplo,  en Occidente,  de la anhelada separación de la Iglesia del Estado,  cualquiera sea esta religión, permite constatar las permanentes dificultades que cada  Estado tiene para que la laicidad sea un modo de vivir  en los países que  conforman esta parte del mundo. De uno o de otro lado surgen las convicciones que  propugnan para que  el Estado coloque cercos o vallados a la emancipación de las personas y de la sociedad.

En el caso de nuestro país  no es necesario ir muy lejos para  darnos cuenta de esta misma  realidad. Lo sucedido en Chile, a partir de los años setenta, el retroceso de la laicidad del Estado resulta más que evidente. Y si fuese necesario insistir en ello, la propia constitución política de 1980, por la forma autoritaria de su generación y por la supresión de contenidos laicos- la separación de la Iglesia y el Estado, por ejemplo- que venían de la constitución anterior, de 1925,  nos ahorra la necesidad de mayores comentarios.

Agregamos  que la cuestión escolar, que es el asunto primordial  en el que se dirime la efectividad de la separación de la Iglesia del Estado, es la que mejor explica si existe o no esta tan largamente debatida separación. La iglesia chilena ha pretendido, como ha pretendido siempre, que el sistema educativo se organice fuera de la intervención del Estado, mucho de lo cual consigue por lo establecido en la Constitución de 1980. De ahí para adelante, la colonización del ámbito público no cesa y el mundo de la tradición refuerza sus significados dogmáticos conteniendo  los esfuerzos emancipadores que origina  el   pensamiento laico.

Este aporte  busca extender una mirada   respecto de una práctica religiosa católica  que es muy notoria en Chile y que constituye, entre otras, una demostración  de la forma como la separación de la Iglesia y el Estado se diluye en las decisiones de las instituciones que deberían cautelarla. El tema puede que no sea del tipo que generalmente desarrollamos cuando se abordan materias relacionadas con el laicismo. Es más, esto de considerar  como tema lo que generalmente se denomina “la cruz del cerro” existente en numerosas ciudades de Chile, pareciera  no ser algo suficientemente importante para el laicismo que nos preocupa. Es probable que así sea, más aún, considerando la opción de que sirva para mostrar un escenario común  en el que la religión busca imponer su influencia simbólica, no sólo sobre los que son sus seguidores, que sobre eso, – tratándose de personas que actúan en conciencia plena de sus actos y decisiones le asiste sobrada autoridad – sino que lo hace utilizando espacios públicos con el propósito de extender un manto de influencia religiosa católica  sobre las ciudades y la totalidad de sus habitantes, como si el símbolo fuese de la convicción de todos los que en ella viven y, por lo mismo, universal, o, al menos   ecuménico, por lo que podríamos suponer en este caso un mínimo de quiebre en su significación dogmática.

Con respecto al tema elegido, no es difícil afirmar que en nuestro país, como en otros, se dan manifestaciones culturales de la tradición religiosa que se expresan o realizan como si fueran naturalmente propias o aceptadas en forma igualitaria por  todas las personas, y en el caso del tema abordado, por los ciudadanos, por el  pueblo, cuando, en verdad, se corresponden sólo con sectores que se identifican con ellos. La cruz que se instala en muchas de las  ciudades de Chile, con ligeras variantes en su denominación, son contrarios a los postulados del Estado Laico, a los que se debería aspirar, a la tolerancia que reclama considerar y respetar las diferencias, el libre albedrío e inviolabilidad de  la conciencia de los otros.

En este aporte tocamos una de estas manifestaciones, genéricamente definida como “la cruz del cerro”, que podemos detectar en la vida de muchas de nuestras ciudades, con una importante salvedad, que la cruz, como símbolo, tiene probada antigüedad que se remonta a 10 mil años antes de la presente era, con significado religioso muy distinto a los originarios del cristianismo, de la crucifixión,  como pena degradante, que encuentra su origen en el  imperio romano.

El símbolo de la cruz ha sido largamente usado por el catolicismo y uno de estos ha sido el de  su instalación  en los cerros inmediatos  a muchísimas ciudades del mundo. Chile no ha escapado a esta práctica y sin efectuar una búsqueda rigurosa, es posible averiguar que, desde el norte hasta el extremo sur de su territorio, “la cruz del cerro” se encuentra en muchas de sus ciudades. El propósito que guía esta práctica se asemeja mucho al gesto de los descubridores y conquistadores que clavaban  estandartes para tomar posesión de las nuevas tierras. La cruz clavada en el cerro pudiera tener algo de esa significación, de dominio espiritual, más allá de la piadosa protección de la ciudad que le endosa la Iglesia Católica.

La primera  “cruz del cerro” de Chile fue  la que se instaló   en el Cerro San Cristóbal, un  tiempo después de la fundación de la ciudad de Santiago; allí permaneció    hasta fines del siglo XIX. Al no tener aquí interés en hacer historia sobre el tema, sino mostrar la tendencia católica de instalar cruces en los cerros inmediatos a las ciudades chilenas, entre otras muchas, cabe  mencionar  las siguientes: Cerro de la Cruz y Cruz del Cerro Esmeralda,  Iquique; Cerro de la Cruz, Antofagasta;  Cerro de la Cruz, Copiapó; Cerro de la Cruz, Huasco; Cerro de la Cruz, Calama; Cruz del Tercer Milenio, La Herradura, Coquimbo; Cerro de la Cruz, Hijuelas; Cerro Cruz de Piedra, San Felipe; Cerro La Cruz, Calera; Cerro La Cruz, Quillota; Cerro La Cruz, San Bernardo; Cerro la Cruz, Parral; Cruz del Cerro, Chillán; Cerro de la Cruz, Concepción; Cerro La Cruz, Talcahuano; La Cruz Monumental del Cerro, Puerto Varas; Cerro La Cruz, Punta Arenas, son ejemplos que sirven para mostrar la presencia pública del símbolo  de la cruz en muchas ciudades de Chile, todas ellas instaladas con propósitos de dominio  de la Iglesia Católica: Rememoración de la pasión de Cristo y propósito de resaltar el cristianismo y el poder de la iglesia.

Dos citas periodísticas, que se insertan a continuación, evidencian que los municipios no han estado ni están ausentes de la creación, instalación y el mantenimiento de las cruces de los cerros y del espacio monumental  que a veces se crea en su entorno. La primera es del diario La Estrella de Arica, de fecha 13 de marzo de 2015, en donde se lee: “Revisaron el estado de abandono del Mirador del Cerro La Cruz de Arica”. “Una visita inspectiva para constatar el real estado de conservación en que se encuentra el Mirador de la Virgen del Cerro La Cruz, realizó el alcalde Salvador Urrutia, junto a los concejales Miguel Angel Leiva y Daniel Chipana…”. “Hasta el monumento de la Virgen del Cerro La Cruz llegó personal de la Secretaría Comunal de Planificación… quienes presentarán un proyecto para la puesta en valor del monumento”.  La segunda cita, tomada del medio electrónico Vivimos la ciudad.cl, de Curicó,  es muy explícita cuando se refiere a la cruz con imagen de Cristo en el Cerro Carlos Condell de esa ciudad. Allí se lee lo siguiente:“(La Cruz)…fue donada a la comuna por el vecino y empresario local Hernán Soto Pizarro. La imagen es de material de alta durabilidad, resistente a todo tipo de temperaturas, pasó a formar parte del principal pulmón verde de la ciudad, gracias al gesto de Hernán Soto Pizarro, quien concurrió a una  de las sesiones del concejo municipal para dar a conocer su intención de hacer un regalo a la comunidad curicana como una forma de agradecer a Dios su consagración como empresario local y por lo que para él y su familia significa la ciudad de Curicó. […] La cita concluye informando que “Su cuidado y mantención (de la cruz) está a cargo de la municipalidad de Curicó “.

De esto último desprendemos que la tradición cultural de colocar cruces, con la significación particular que la cruz tiene para la Iglesia Católica: “Para los católicos la cruz es una confesión de fe” “La cruz es un símbolo de propiedad en Cristo” “Para los católicos la cruz representa la obediencia y el pertenecer a Dios en su ley” “La cruz es una marca de discipulado para los católicos. Muestra obediencia a las Escrituras”, refuerza, junto con otros significados tradicionales de este  símbolo religioso, la convicción absoluta de quienes lo imponen, de que se trata de un valor universal y que con esta cualidad debe ser recibido y, del mismo modo, debe ser aceptado por todos. Es una, entre otras   verdades religiosas, la que se mueve entremedio y  es eso  lo que se expresa en la cita periodística anterior.

Un empresario de Curicó,  satisfecho con la consagración que ha tenido en sus negocios, no encuentra otra forma de agradecer todo lo bien que le ha ido en la ciudad sino regalando a la comunidad curicana una cruz con la figura   tradicional de Cristo en ella, no para ser puesta en las instalaciones de algún templo católico. No. El concejo municipal asume el propósito del obsequio, lo hace suyo y lo  ubica en el Cerro Carlos Condell, mirando a la ciudad, sin ningún tipo de reservas, del mismo modo como  ocurrió cuando fue clavada la colonial cruz del cerro San Cristóbal – que se mantiene en el sitio durante más de trescientos sesenta años-  o cuando se construye, en el mismo lugar, el santuario que hoy conocemos. Se actúa sin consideración de los no creyentes, porque asiste el convencimiento común de que lo que se trata está en la tradición religiosa católica y, desde luego, universal; y, porque lo individual, lo de la conciencia, las diferencias que nacen de la emancipación, todo esto de la libertad, lo que es propio de los “otros”, y en el caso particular mencionado, de los otros que no son católicos y que viven en Curicó, existen fuera de los derechos constitutivos del laicismo.

Porque, si de verdad existiera separación de la Iglesia del Estado,  los  concejos municipales de Arica y de  Curicó, debieron de actuar de alguna forma distinta, porque los municipios en Chile constituyen un servicio público y forman parte del Estado. Y en el caso particular de lo ocurrido en Curicó, si se hubiesen manejado criterios laicos deseables- no olvidemos que lo que se menciona   ocurre en el 2016- lo apropiado hubiese sido conducir la gratitud religiosa del donante hacia una expresión distinta, universal, de modo que todos los curicanos, y no sólo los católicos, se viesen interpretados en la obra que exteriorizaba la gratitud del vecino de la ciudad. O haber sugerido, en subsidio, que la expresión  de esta gratitud, de muy especial significado religioso se alcanzara en el lugar más apropiado para ello: el templo o espacio católico  que las autoridades  de la iglesia  decidieran considerar  para el efecto.

Por último, es importante decir que para el laicismo, la cruz posee altos significados simbólicos, entes que son válidos para todas las personas, sean cuales fueren  las convicciones  de conciencia que ellas tengan;  y que, por eso, todos los seres humanos podrían ver interpretadas sus  convicciones de vida en ellos, por diferentes que estas pudieran ser.   Lo que impide que esta universalidad laica sea alcanzada radica en el hecho de que la tradición cultural que la cruz representa, la Iglesia  la ha convertido en  un símbolo de tradición religiosa propio y de predominante utilización pública. Y con esta significación la ha aposentado en los cerros próximos de numerosas ciudades de Chile, amén de otros tantos lugares que no se mencionan en este aporte.

Lo único importante de  desear es que, en una nueva constitución política, quede claramente preceptuado , sin eufemismos, que Chile es un país con definida  separación de la Iglesia y el Estado, y que al amparo de esta definición, en lo que al tema tratado toca,  las cruces y otros símbolos religiosos que en el futuro  se proponga instalar en los cerros de las ciudades y, por extensión, en cualquier lugar público no destinado al culto, sean remitidas a los lugares apropiados: donde se reúnen los respectivos creyentes, con absoluta  legitimidad y el respeto tolerante de los otros. Pues de esto tratan no pocos aspectos del laicismo.

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