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La blasfemia es la hostia

Cada vez con más asiduidad, vemos preocupantes atentados contra la libertad de expresión cuando se utiliza simbología religiosa para representar o criticar algo, o simplemente pasa pasar el rato sin intención de provocar a nadie. Hace unos días fue denunciado por el partido político con nombre de diccionario un cartel de la gira de la cantante indie Zahara, representada con indumentaria religiosa, un muñeco en brazos y una banda que pone “puta”, y que requiere conocer su trabajo para captar el mensaje. Aun así, la libre interpretación es, valga la redundancia, muy libre. A los censores, les ha quedado una lapidación muy fundamentalista.

También hace unos días y, siendo aún más preocupante, un niño de ocho años fue acusado de blasfemia en Pakistán por mear en la biblioteca de la escuela donde se conservan los textos religiosos del Islam. En este país, la blasfemia está castigada con pena de muerte. Volviendo a la España prepandémica, el artista Abel Azcona fue considerado por la iglesia católica como Satanás en la Tierra por escribir la palabra “pederastia” con hostias consagradas, un caso que lleva años bailando entre tribunales por las denuncias de delito de profanación y contra los sentimientos religiosos, y todo por su denuncia contra el terrorífico historial de abusos contra niños que acumula la institución católica.

¿Los sentimientos ateos quién los protege? Las religiones son ficciones que a lo largo de la Historia se han ido copiando unas a otras, y si quieres las crees y muy bien, y si no, pues también, pero es evidente que quienes preferimos abrazar a la realidad palpable, a lo empírico, salimos perdiendo en esta rueda de lo absurdo que nos lleva a la Edad Media, a las hogueras, a las plazas de los pueblos y al castigo, con lo bien que estaríamos cristianos y ateos en nuestras casas, y los dioses en sus sitios. Que cada cual crea en lo que quiera, y quienes no quieran, por favor, déjenlos tranquilos.

Lo cierto es que este halo de misticismo con amigos imaginarios, ideas peculiares y prohibiciones, despiertan mucho morbo. Sin ir más lejos, en el portal Pornhub existen 852 videos porno amateurs y profesionales bajo la búsqueda “nun”, lo que viene siendo “monja” en castellano. No hace falta explicar que se trata de grabaciones sexuales con sus participantes vestidos de monjas y curas teniendo sexo en lugares sagrados y masturbaciones con crucifijos. La simbología religiosa ofrece un gran abanico de ideas para pasarlo bien sin necesariamente estar buscando ofender a ningún cristiano, que bastante tendrán ellos ya con lo suyo. Lo pecaminoso excita, y esta es una clara evidencia. Porque si te ofendes con una chica vestida con el hábito y penetrándose con el crucifijo, ¡ay, Manolo!, eso es porque antes lo has buscado.

Yo, como mucha gente en nuestro país, he sido víctima de este sistema de adoctrinamiento infantil, y me he “vengado” de lo inculcado dándole un uso personal más entretenido y lascivo. He seguido el itinerario del bautizo, la pérdida de tiempo escolar en clases de religión y extraescolar en sesiones de catequesis, y el broche final realizando la Primera Comunión. Unos días antes de experimentar la extraña sensación de la hostia en mi boca, para mí una galleta peculiar (apenas rozaba los ocho años de edad), para la iglesia “el cuerpo de Cristo”, me obligaron a acudir a la iglesia a ver al cura y arrodillarme en una especie de mueble de madera muy tallado y bastante particular, que cuando estudié arte supe que se llamaba confesionario. Yo no sabía qué hacía allí, recuerdo una sensación humillante e impropia para mi edad y falta de madurez. No dije más que “Hola”, y un señor en penumbra me preguntó qué tal me portaba. No recuerdo más. Supongo que era el equivalente a un psicotécnico que validara, por aquellos años, estar limpia de pecado. Considero que esta vivencia infame a tan temprana edad estará en deuda conmigo toda la vida. Lo que me ha aportado es un deseo de revertir el orden y esas historias sin sentido inculcadas por algo morboso y excitante. Me siento libre de montarme mi propia película como otros se inventaron otras antes, y de tomarme la justicia divina con mis dedos. A día de hoy, los confesionarios, artísticamente, son uno de mis muebles predilectos, y un dildo negro de silicona con forma de crucifijo, uno de mis cachivaches íntimos favoritos.

Gracias por tanto a la herencia del nacionalcatolicismo.

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