Islam. Teocracia o democracia

Cuando un periodista de un reconocido periódico internacional me preguntó mi opinión sobre la construcción de la Mezquita del Albaicín, en Granada, le contesté que me parecía bien y me satisfacía que no hubiera habido rechazo.

Le dije también que me preocupaba que si alguna comunidad cristiana quisiera construir una iglesia en El Cairo o Teherán no creía que consiguiera permiso alguno.

Recordé que hace dos años, en la inauguración de una conferencia en Ammán sobre la ciudad de Petra, un ulema subió al estrado y durante quince minutos nos recitó versículos del Corán. Me pregunté cuál habría sido la reacción de los asistentes musulmanes a la inauguración de la Exposición de los Omeyas, el año 2001, en Medina Azahara, si se me hubiera ocurrido, como organizador, que el obispo de Córdoba se dirigiera al público leyendo algún pasaje de los Evangelios. Hay que decir, por otra parte, que a dicho obispo no le hizo ninguna gracia la exposición que consideraba como un avance de la nueva Reconquista.

En la actualidad, Occidente deviene multicultural y el mundo islámico monocultural. El islamismo radical, por múltiples razones, se está convirtiendo en la ideología dominante. Puede afirmarse que quienes propugnan una sociedad democrática y liberal son una minoría entre la población musulmana, ampliamente solidaria con Bin Laden y, con frecuencia, violentamente antiamericana y antioccidental.

Sobre las causas de esta situación proliferan entre nosotros todo tipo de argumentos, que podemos resumir en tres grandes tesis.

La primera es la de quienes entienden que es un conflicto político y poco tiene que ver con la religión. En el fondo, la culpa sería de Occidente. Sin duda, nuestra responsabilidad es enorme y carecemos de credibilidad cuando propugnamos sistemas democráticos que respeten las libertades y los derechos humanos, que solemos conculcar en Oriente Medio. Pero la razón última del fundamentalismo islamista se encuentra en el deterioro del nivel de vida de los habitantes de estos países y en el fracaso de su modernización política y económica. Los defensores de esta tesis suelen olvidar esta realidad. En su afán de imputar a Occidente, la mayor parte de las culpas niegan incluso los postulados racionalistas que nos hicieron progresar. Nunca se ha producido en la historia avance social alguno cuando se han impuesto las teocracias del signo que sean. No deja de ser sorprendente que propugnen medidas que potencien pretendidas identidades culturales y religiosas por discriminatorias que sean. En tan sólo unos años, hay quienes han pasado de considerar la religión como opio del pueblo a afirmar -léase el profesor Bernabé López- «que hay que garantizar la enseñanza religiosa islámica en nuestros colegios públicos y que el no hacerlo contribuye a colmar el vaso que puede desembocar en tensiones de convivencia». Pero lo malo no es que a alguien se le ocurra tal genialidad, sino que el actual ministro de Justicia anuncie que vamos a financiar con dinero público la enseñanza de religiones de «notorio arraigo». Como diría Javier Reverte, no queda más remedio, ante lo incomprensible, que rebelarse en nombre del espíritu y volver a Grecia: mejor nos iría financiando los estudios clásicos.

La segunda considera que el terrorismo islamista encuentra su base -Al Qaeda- en el Corán y en la religión islámica. Ha dado lugar a todo tipo de controversias, desde elaboradas disquisiciones respecto al significado semántico del vocablo Al Qaeda, criatura moderna, según el profesor Miguel Barceló, aunque le conceda alguna relación con el wahhabismo, hasta múltiples exégesis de los versículos del Corán. Aunque Al Qaeda es un fenómeno actual, ya Domingo Badía, el gran viajero español que visitó La Meca en los años 1812-14, y el primer europeo que hizo referencia al wahhabismo, decía clarividentemente que podría ofrecer algún día interés por su posible irradiación en los Estados que la rodean, y añadía que era una doctrina basada en una interpretación rigorista de los textos religiosos, que «no podía ser aceptada por ninguna nación civilizada».

El problema no radica en las interpretaciones que podemos derivar de los textos sagrados del Islam, que las hay para todos los gustos, sino en su evolución histórica. No se produjo una clara separación de los ámbitos temporal y espiritual ni división entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, necesaria para asegurar las libertades y controlar el despotismo de los gobernantes. Tampoco se consolidó una burguesía comercial que impusiera sus valores y estableciera las bases para la creación de la riqueza. No hay una institución jerarquizada que pueda definir la ortodoxia. Lo que ha configurado durante siglos la evolución política del mundo musulmán ha sido la sharía, ese complejo mundo de prescripciones religiosas que se derivan del Corán y de la vida y hechos del Profeta, elaboradas decenas de años después y muchas de las cuales son incompatibles con los derechos humanos. El integrismo que reivindica el retorno a un Estado islámico ideal que resolverá todos los problemas no es una criatura tan moderna.

La tercera, de signo contrario a la primera, que lidera el profesor Serafín Fanjul, propugna la recuperación del «Santiago y cierra España» y en alguna medida debió impulsar a Aznar a olvidar nuestra historia y geografía, y sentirse un nuevo Cid Campeador en las Azores, compartiendo hospitalidad y actitudes con el primer ministro portugués, renovado Geraldo Sempavor, el equivalente lusitano del Cid, aunque ambos estadistas debían desconocer que los dos legendarios personajes lucharon como mercenarios al servicio, el primero, de los reyes de taifas, y el segundo, de los almohades. Este fundamentalismo imperialista ha terminado por ser tan grave, en sus consecuencias, como el islamista.

El islamismo radical hunde sus raíces en la frustración del mundo musulmán ante las agresiones de algunos países occidentales y en la represión del pueblo palestino por el Gobierno sionista de Ariel Sharon. Pero también en la pobreza, el analfabetismo, la explosión demográfica y el nepotismo de algunos gobiernos árabe-musulmanes. En los años 50, El Cairo rondaba los tres millones de habitantes y en la actualidad supera los 15 millones, cifras que podemos extrapolar a la mayoría de estos países con un descontrolado crecimiento demográfico. En la década de los 80, aproximadamente el 35% de las compras de armamento en el mundo se realizaron en Oriente Medio. Al final se frustraron todas las esperanzas. Se pueden aplicar a sus gobernantes las reflexiones que hacían los economistas españoles del siglo XVI cuando acusaban a nuestros dirigentes de haber confundido el tesoro con la riqueza: «Con poder estar los más ricos en el mundo por el mucho oro y plata que ha entrado y entra de las Indias, estamos los más pobres, porque sólo sirven de puente para pasarlos a los otros reinos, nuestros enemigos y de la Santa Fe Católica».

En el memorándum que el presidente Clinton dirigió al mundo árabe el 12 de enero del 2001, llegó a decir que comprendía que los árabes estuvieran frustrados con los Estados Unidos de América, pero que no entendía por qué Corea del Sur tenía el mismo nivel de renta per capita el año 1950 que algunos países árabes, como Egipto, y ahora Corea del Sur es un país desarrollado, y Egipto no.

Para que progrese el mundo musulmán y mejore la situación internacional hay que acabar con la ocupación norteamericana en Irak e imponer la paz en el conflicto palestino-israelí. Occidente debe cooperar y construir y no imperar y destruir, pero el mundo árabe deberá resolver el dilema entre teocracia y democracia y el planteado por el ex presidente Clinton.

Jerónimo Páez López es abogado, director del Legado Andalusí.

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