Francia y la religión

Si la religión es, como sabemos, un sentimiento interior, una elucidación interna, una emoción profunda, la decisión de la República Francesa de limitar la ostentación de sus expresiones externas en colegios, hospitales, ministerios, juzgados y demás lugares públicos, para nada atenta contra la libertad, ni mucho menos contra la religión, sino que, antes al contrario, garantiza y resguarda, al situarla en sus límites naturales e inviolables, la suprema libertad de creer.

 Francia no quiere que lo que la hizo grande, su capacidad de acoger y asimilar la diversidad humana en todos sus aspectos, la empequeñezca en estos tiempos en que las diferencias (políticas, de raza, de credo) son tan a menudo blandidas como estacas, lo cual no tiene ninguna razón de ser cuando los diferentes están obligados a convivir en el mismo solar. Ese solar es Francia, y Francia, la nación de las luces, de la revolución que estableció los Derechos Humanos, la ciudadanía y la modernidad, ha realizado ahora el gesto que su responsabilidad histórica demanda: judíos, musulmanes y cristianos, todos juntos, todos con los mismos derechos, pero ninguno exhibiendo en el ágora de la escuela o de la justicia aquellos símbolos que aluden precisamente a lo único que no se puede compartir, las creencias heredadas de la tradición remota. La ley contra los excesos de ostentación simbólica no es una ley contra la religión, sino a favor de los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad que componen el nervio, la sangre y el alma de la nación vecina. A nadie prohíbe esa ley llevar su Cristo personal, su estrella de David o su mano de Fátima, sino que establece que unos y otros símbolos no se apabullen en el área diáfana de la convivencia, ni que, por supuesto, apabullen a quienes no profesan veneración a símbolos religiosos ningunos. La religión va por dentro, y la política, que ha de servir a todos, por fuera.

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