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“El primer gran feminicidio de la historia”: así se demonizó a las mujeres por ‘brujas’

Cómo la sociedad sucumbió a la locura colectiva durante siglos y condenó, torturó y ejecutó a miles de personas por “brujería”.

Esta historia no va de aquelarres, pócimas o escobas, pero sí de locura, persecución, miedo y muerte. Entre los siglos XV y XVIII, unas 60.000 personas –la mayoría mujeres– murieron asesinadas acusadas de brujería en Europa. ¿Su delito? Nadie lo tiene, a día de hoy, claro. Ser mujer, pobre, viuda y “diferente” sumaba puntos para recibir esta acusación, pero casi cualquier cosa valía.

Según los datos que recoge la investigadora Adela Muñoz Páez en su libro Brujas (Debate), la caza de brujas se saldó en España con medio millar de víctimas mortales, cifra que superó las 25.000 en Alemania. Aunque la cantidad pueda no parecer exagerada, Muñoz Páez define el efecto de la persecución en ese momento como “aterrador, muchísimo mayor que el de los más sangrientos ataques terroristas de nuestra época”.

Si bien la caza de brujas alcanzó su momento álgido a principios de la Edad Moderna, esta ya “había empezado a prepararse muchos siglos antes, a lo largo de los cuales se fue asociando a las mujeres con los demonios, judíos y herejes”, sostiene la investigadora.

Los orígenes de este fenómeno en el siglo XV

Según la tesis doctoral de Pau CastellOrígenes y evolución de la cacería de brujas en Catalunya (siglos XV-XVI), la teoría de la brujería surgió por la creencia de una élite de teólogos de que se había formado una secta liderada por el diablo. A partir de ahí, en 1487 dos monjes inquisidores alemanes publicaron el Malleus Maleficarum [Martillo de las brujas en latín], que sentó las bases de esta persecución.

No obstante, antes incluso de publicarse este tratado, en Les Valls d’Àneu (Pirineo de Lleida), se firmó la primera ley civil contra brujería de toda Europa, en 1424. “Por primera vez, la brujería se considera un crimen civil y no ya religioso, con lo cual adquiere un peso social, político y económico muy importante”, explica Júlia Carreras, especialista en Etnología, Folclore y Etnobotánica y trabajadora del Ecomuseu de les Valls d’Àneu, para el cual colaboró en la elaboración de una exposición sobre brujería y caza de brujas en la zona.

Vuelo de las brujas de Vaud (Suiza). Miniatura en un manuscrito de Martin Le France, 1451. Es la primera mención que hay documentada sobre la creencia de que las brujas vuelan en escobas.
Vuelo de las brujas de Vaud (Suiza). Miniatura en un manuscrito de Martin Le France, 1451. Es la primera mención que hay documentada sobre la creencia de que las brujas vuelan en escobas.

“Los investigadores apuntan que las zonas de montaña, como los Pirineos y los Alpes, son las cunas de esta caza de brujas, porque ahí ya había antes una persecución contra grupos heréticos, y porque había unas creencias de base en personajes nocturnos anclados en el folclore”, señala Carreras.

Esto, unido al periodo turbulento por la transición de la Edad Media, con el feudalismo, a la Edad Moderna, pudo contribuir a la propagación del fenómeno de la caza.

Las ‘brujas’, “chivo expiatorio” ante cualquier penuria

Clàudia Pujol, directora de la revista Sàpiens, que ha llevado a cabo una exhaustiva investigación para mapear la caza de brujas en Cataluña, ahonda en este argumento. “En momentos de penuria, ya sean carencias alimentarias, crisis económicas, sociales o climáticas, la humanidad siempre ha necesitado buscar un culpable, un chivo expiatorio para sus desgracias, desde la muerte de un niño a una mala cosecha”, comienza Pujol. “En momentos de penuria, el pueblo pedía sangre. Es así de triste y así de real”, resume la experta.

El componente misógino también estuvo presente. “En una sociedad impregnada por la misoginia como era la Europa del siglo XVII, y en medio del malestar social, la cabeza de turco fueron las brujas”, señala. “Empezó a cuajar la idea de que las tempestades, la muerte, la destrucción tenían un origen maléfico, y que las culpables eran las brujas, que formaban parte de una secta liderada por el mismísimo diablo”, dice.

“Se instaló una psicosis colectiva y, para evitar revueltas sociales, las autoridades se esforzaron por encontrar a estas supuestas culpables”

A partir de ahí, “se instaló una psicosis colectiva y, para evitar revueltas sociales, las autoridades se esforzaron por encontrar a estas supuestas culpables de todos esos hechos que no tenían una explicación lógica”, relata Pujol. ¿Y quiénes fueron? Los miembros “más desprotegidos” de la sociedad: “Aquellas mujeres que no acababan de encajar con los estereotipos del momento”.

Esta psicosis colectiva también se entremezcló con la avidez económica. Conocedora del caso catalán, Júlia Carreras apunta que en algunas zonas las acusaciones de brujería se debían más a “disputas por propiedades” o tensiones sociales. “La ‘gracia’ de esta ley civil es que permitía acusar a cualquier persona sin pruebas de ningún tipo y, si se consideraba culpable, sus bienes pasaban a formar parte de los brazos de la corte”, explica.

Una locura, pero también “un negocio muy lucrativo”

“La cacería de brujas fue, también, un negocio muy importante y muy lucrativo”, coincide Clàudia Pujol, que cita casos de “hombres que convirtieron la caza de brujas en su auténtico modo de vida”. “Existieron los ‘cazadores de brujas’”, asegura Pujol. Se trataba de “predicadores itinerantes” que iban por los pueblos difundiendo la llegada de una supuesta secta maléfica y, al mismo tiempo, ofrecían sus servicios para eliminarla. El caso de Joan Malet es de los más documentados: “Cuando llegaba a una población, lo primero que hacía Malet era intentar localizar a mujeres viejas, pobres, que vivían solas; luego pedía examinarlas una a una por si tenían marcas –que sólo él veía–, las hacía desnudar, les frotaba el cuerpo con agua bendita o con cenizas”, explica Pujol.

Al localizar a ese “blanco fácil”, el ‘cazador’ preguntaba al pueblo: “¿Tenéis sospechas de que tal mujer pueda estar relacionada con la muerte de esta criatura?”. Si alguien se animaba a denunciar, “empezaba la rueda”: “Peritajes, torturas, posibles confesiones de las acusadas, y efecto dominó; la supuesta bruja no se ejecutaba hasta que no había delatado a más mujeres”, describe Pujol.

“Cuando llegaba a una población, lo primero que hacía Malet era intentar localizar a mujeres viejas, pobres, que vivían solas; las examinaba una a una en busca de marcas”

Después de una exhaustiva investigación para identificar más de 700 casos de mujeres acusadas de brujería en Cataluña, Clàudia Pujol perfila a la mayoría de las víctimas como “mujeres pobres, viudas, analfabetas, inmigrantes, diferentes, que eran el blanco más fácil de la sociedad”. “Fue como el primer gran feminicidio de nuestra historia”, sostiene Pujol.

Las ‘brujas’ no eran brujas

Júlia Carreras coincide con ella en que, posiblemente, “ninguna de las personas acusadas de brujería fueran brujas”. “Hay curanderas, hay parteras, hay adivinos y adivinas, hay hechiceros y hechiceras, hay alcahuetas –ahí tenemos a La Celestina–, gente que hace la señal de la cruz para curar mal de ojo, gente que hace imposición de manos –el reiki no dista mucho–, gente que repite oraciones”, enumera la experta. Pero no por eso entrarían en el estereotipo de ‘bruja’ que se creó en ese momento y ha pervivido hasta hoy.

Clàudia Pujol lo confirma: “No hemos encontrado en ningún proceso judicial a una mujer que se considerara a sí misma bruja”. “La mirada de la bruja la pusimos nosotros, la sociedad de entonces”, matiza.

'El sabat de las brujas', un grabado de David Teniers el Joven, siglo XVII.
‘El sabat de las brujas’, un grabado de David Teniers el Joven, siglo XVII.

Contra todo pronóstico: la Inquisición, ‘salvadora’

Otro de los mitos que más recientemente ha sido desmontado es el que señalaba a la Santa Inquisición como principal perseguidora de la presunta brujería. Descubrir no sólo que no fue así, sino que esta institución se encargó de frenar la barbarie, fue uno de los aspectos que más sorprendió a la investigadora Adela Muñoz Páez. Precisamente el hecho de que la Inquisición tuviera tanto poder en España –no tanto en la región de Cataluña– fue lo que permitió que la caza de brujas no se extendiera por el país tanto como en el norte de Europa.

“La Inquisición era una de las instituciones que mejor funcionaba en España, que supervisaba directamente y fiscalizaba las decisiones de los distintos tribunales locales”, explica Adela Muñoz. “Por su poder, por su penetración y por su control social, fue la institución que pudo parar esta locura”, asegura.

“Por su poder, por su penetración y por su control social, la Inquisición fue la que pudo parar esta locura”

La investigadora apunta que, en el siglo XVIII, con la llegada de la Ilustración, “hubo una lucha entre la razón –que se oponía a la caza de las brujas– y la superstición –que quería castigar a las supuestas culpables de los males de la sociedad–”. “Ganó la razón, y no porque convenciera, sino porque era lo que esgrimía una de las instituciones más poderosas de la España del momento”, sentencia.

Clàudia Pujol coincide con ella: “La Inquisición se preocupaba de lo que consideraba verdaderas herejías, como por ejemplo frenar el protestantismo, pero los casos de brujería los consideraba una superstición y los desestimaba o dejaba en manos de tribunales locales”.

Pujol cita las últimas investigaciones, que señalan que las persecuciones fueron menores “en los estados con un poder central fuerte y un sistema judicial centralizado”, mientras que en lugares como Cataluña, donde había “menos control estatal y más autonomía de las élites locales”, el fenómeno caló hondo.

“Es nuestra mirada la que crea a las brujas”

Siendo Cataluña una de las zonas del país donde más se persiguió a estas mujeres, es también en esta región donde más se está luchando por recuperar y honrar la memoria de las ‘brujas’. El pasado mes de enero, el Parlament aprobó una resolución para “reparar” la memoria de las mujeres condenadas por brujería, considerándolo una “persecución misógina”.

“Es un deber histórico poner en conocimiento del gran público toda esa historia”

Clàudia Pujol, una de las impulsoras de esta campaña propiciada desde la revista Sàpiens, no puede dejar de celebrar este gesto. “Creemos que es un deber histórico poner en conocimiento del gran público toda esa historia”, afirma. “La lucha feminista ha convertido a las brujas en su símbolo, pero, para mí, lo más importante es pensar que los mecanismos que hicieron posible esa barbarie persisten hoy en día”, dice. “Es nuestra mirada la que crea a las brujas, igual que sigue siendo nuestra mirada la que estereotipa, juzga y muchas veces criminaliza a aquella persona que es diferente”, lamenta Pujol.

Júlia Carreras tampoco comparte ese lema feminista que dice “somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”, y prefiere subvertirlo con un: “Somos nietos de los que humanizaron y demonizaron a las brujas”.

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