El periplo de la razón. El racionalismo musulmán en la Edad Media

La continuidad del pensamiento racional no puede entenderse sin los siglos en que fue conservado y desarrollado entre los musulmanes de Siria, Irak, Persia o al-Ándalus.

Una buena parte de la historiografía europea ha considerado que el pensamiento racional era un fenómeno esencialmente suyo. Con un giro mental cuyo etnocentrismo es ocioso subrayar, los europeos han desdeñado sistemáticamente las creaciones intelectuales de los otros pueblos, asiáticos, africanos o americanos. Algunos sabios guardianes del espíritu filosófico en las universidades alemanas, llegaron incluso a insinuar que el pensamiento creador es un don repartido entre griegos y germanos1. La belleza de la dicción en los autores de esa escuela historicista, su enorme erudición en el manejo de los datos y la profundidad conceptual de sus estudios, no nos pueden ocultar el sentido de las ideas, que buscan definir una esencia de la filosofía buceando en las cualidades espirituales de un pueblo inspirado por la genialidad. El mito de la superioridad indoeuropea subyace a esa comprensión de la historia, pero es evidente que sus intereses no caminan en pos de la razón.

Esa forma de explicar la historia está extendida en el pensamiento europeo desde sus mismas raíces medievales y viene acompañada por la construcción de una ortodoxia en las ideas, que nos llega asociada a un imperialismo gestado ya en aquella época y que todavía sobrevive en nuestras manías culturales. La lucha de la Iglesia Católica para controlar la cultura europea durante los siglos finales del feudalismo, se manifestó en la represión de aquellas corrientes de pensamiento que habían nacido del contacto con la civilización islámica desarrollada al sur del Mediterráneo. Previamente habían sido destruidos los restos de un pensamiento no católico en la Europa medieval, mediante el exterminio de otras religiones: expulsiones de judíos en los principales países europeos, liquidación de los herejes albigenses y cátaros, destrucción de la cultura musulmana andalusí. Y si bien la Iglesia Católica fue incapaz de detener ese desarrollo del pensamiento que culminó en el Renacimiento, sí consiguió que los europeos olvidáramos la verdadera cuna de nuestros saberes y tendencias racionalistas. Por eso, aunque la intolerancia religiosa terminaría naufragando en la modernidad gracias a la reforma protestante y la revolución burguesa, una forma debilitada de esa misma intolerancia continuó existiendo en el pensamiento europeo bajo la forma de etnocentrismo cultural, acompañando al expansionismo colonial y presente en ciertas corrientes ilustradas que se apoyaron en la idea de Progreso. 

Cierto que el orgullo ilustrado tiene motivos poderosos en el espectacular desarrollo científico de occidente. Pero eso no puede ser excusa para querer vivir de una mentira, cuyas consecuencias siempre serán nefastas. La labor dogmática de erradicar la memoria de los que quedaron marginados por su oposición a la ortodoxia, se extiende también a la desconsideración de aquellos pensadores que por no haber sido cristianos y europeos, no merecen que se les tenga en cuenta en las historias oficiales de la filosofía ‘occidental’. Incluso los mejores herederos actuales de aquellas corrientes filosóficas –que como veremos es el materialismo dialéctico-, ignoran la verdadera dimensión de la tragedia, pues los muñidores del mito del Renacimiento ya se encargaron de ocultar el verdadero proceso histórico. 

No es que el Renacimiento no haya sido valioso, muy valioso. Pero se entiende a menudo que el esplendor cultural de los siglos XV y XVI aparece como una vuelta a las fuentes del saber tras siglos de oscuridad medieval; lo que no es sino otra variante del mismo prejuicio etnocéntrico, que ha producido una auténtica insensibilidad hacia la verdad histórica.2 Gracias al redescubrimiento de la sabiduría griega por los europeos del siglo XV, la Razón habría sido rescatada del olvido para volver a brillar con todo esplendor ante la humanidad redimida de su ignorancia. Nada más lejos de la verdad; la continuidad del pensamiento racional no puede entenderse sin los siglos en que fue conservado y desarrollado entre los musulmanes de Siria, Irak, Persia o al-Ándalus, para ser luego traspasado a los europeos de la Baja Edad Media que prepararon el Renacimiento. No puede darse una explicación satisfactoria de la Escolástica cristiana sin la lectura de los sabios musulmanes y judíos de la Edad Media; tampoco puede comprenderse la revolución científica del siglo XVI, sin las aportaciones de la ciencia islámica entre los siglos VII y XII de nuestra era. 

Los hechos sucedieron de modo muy contrario a como se explican tantas veces en las cátedras de la Universidad europea. Una bendita superstición occidental ha hecho descender el pensamiento moderno de un reencuentro de Europa consigo misma tras los oscuros siglos medievales, el descubrimiento del pensamiento clásico griego tras casi dos milenios de olvido. Por eso el nombre de Renacimiento, que damos a esa época histórica que comienza la modernidad, nos oculta el periplo asiático y africano de la racionalidad. Esto es ya en sí mismo un prejuicio. A deshacer esa superstición está destinado este ensayo.

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(1)  No resisto la tentación de transcribir el siguiente párrafo que Jaeger pone al comienzo de su Paideia como justificación de su trabajo: Precisamente, en un momento histórico en que por razón misma de su carácter postrimero, la vida humana se ha recluido en la rigidez de una costra, en que el complicado mecanismo de la cultura deviene hostil a las cualidades heroicas del hombre, es preciso, por una necesidad histórica profunda, volver la mirada anhelante a las fuentes donde brota el impulso creador de nuestro pueblo, penetrar en las capas profundas del ser histórico en que el espíritu del pueblo griego, estrechamente vinculado al nuestro, dio forma a la vida palpitante que se conserva hasta nuestros días y eternizó el instante creador de su irrupción. Jaeger, W., Paideia: los ideales de la cultura griega, México, F.C.E., 1957.

(2) Samir Amin en Primaveras árabes, recientemente publicado (El Viejo Topo, 2011), ha vuelto a insistir en el carácter eurocéntrico de la historia universal que predomina en las academias y centros de estudio de las potencias hegemónicas. El Renacimiento, nos dice, es una expresión engañosa, pues el siglo XV europeo no representa una vuelta al pasado, sino el origen del nuevo modo de producción capitalista. Antes de éste se desarrolla el Estado tributario en Asia y África, caracterizado por el racionalismo metafísico que evoluciona en tres etapas: helenismo, cristianismo e Islam. En cambio, el esclavismo y el feudalismo no constituyen propiamente modos de producción, sino que son variantes periféricas europeos del Estado tributario. 

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