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El otro lado

COMENTARIO: La niña, una menor, afirma tomar esa decisión porque Alá así se lo pide. La dignidad de la persona humana, no es cuestión de diversidad cultural, de respeto a la diferencia. Los esclavos también aceptaban su diferencia. Hay en esta web suficientes artículos y material para que cada cual pueda tener su posición, pero creíamos que no podía dejarse pasar la dignidad de la mujer por una simple cuestión de respeto a la diferencia. La libertad de conciencia es cosa de cada persona, pero la neutralidad del Estado y su obligación de cada ciudadana alcance su plena personalidad le obliga a proteger a los menores de estos y otros adoctrinamientos. Empezando por eliminar la religión de la escuela o la simbología católica, por supuesto.


Desde mi ventana de Bolonia veo Marruecos. Y me inquieta pensar en los ojos oscuros que me imaginan desde el otro lado del mar. Sueñan con llegar a cruzar el Estrecho para asomarse a nuestras costumbres que suponen mejores que las suyas. O no. 14 kilómetros de distancia y más sueños rotos que días en el calendario.

Recuerdo la mirada de esa niña de quince años que vive en el barrio Reina Regente de Melilla y que ha dejado de estudiar. Es la primera menor, española e hija de padres españoles, que ha decidido priorizar el burka ante cualquier otra realidad. Y se siente feliz, orgullosa de llevarlo. Sin burka no quiere vivir. Tiene cuatro hermanos y una madre de 42 años que se ocupa de ellos. Son musulmanes. Su padre los abandonó. Y hasta hace unas semanas iba en vaqueros al instituto público del barrio, pero un día tomó la decisión de cubrirse la cara, el cuerpo, hasta los brazos y empezó a sentir el rechazo del mundo alrededor. Porque lo habitual es tapar el cabello con un hiyab, o que algunas mujeres lleven el niqab, la prenda que les cubre el rostro y deja entrar el aire por la rejilla. Pero ella quiere luchar, dar ejemplo, está convencida de que es la única posibilidad, el único camino recto. No hay un hombre detrás. Sólo hay libros, oraciones, alguna compañía y el deseo de que las cosas cambien y permitan que la diversidad sea real. Por ahora no puede estudiar, no la dejan entrar al instituto. Está prohibido llevar burka, provocar confusión, cuestionar el orden establecido y legalmente coordinado, y por supuesto hacer proselitismo.

Me pongo en su lugar y me asombra quien a los quince años es capaz de asumir una meta, un objetivo claro, una misión, quien tiene fuerza para enfrentarse al mundo por convicción, quien puede argumentarlo y definirlo. Aunque no estés de acuerdo, aunque te espante la mismísima opción, al menos reconocer que es un milagro saber quién eres, lo que quieres, y, sobre todo, lo que no quieres. Me la imagino a oscuras. Observando el mundo desde allí dentro. Como ellos me suponen a mi al otro lado de océano. Diferente. Ni mejor ni peor. Luchando por sacar adelante una forma de vida. La suya. O la mía. Y no sé hasta qué punto prohibir la diferencia es la manera de equilibrar disgustos y emociones, de mejorar la convivencia. Ella no va a mirar las cosas desde otro lado. No va a dejar de ser quien es, ni de buscarse donde se reconoce. Eso sí, lo hará sin formación y como consecuencia sin libertad para la mínima elección. Será una ciudadana española, musulmana, contra su voluntad prácticamente analfabeta, y seguirá vistiendo, sin hacer daño a nadie, como la mujer del Profeta.

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