El mito de la transición

Llopis aprovecha el acontecimiento para dar un repaso del papel de la Iglesia durante la guerra civil. Recuerda que no fue neutral porque participó efectivamente en la preparación del complot.

El libro de 381 páginas puede leerse en el archivo adjunto.

"El 27 de agosto, en la sala de Congregaciones del palacio apostólico del Vaticano, la Santa Sede y el general Franco firmaban un Concordato, que comenzaba de la siguiente manera: “En nombre de la Santísima Trinidad: La Santa Sede Apostólica y el Estado español, animados del deseo de asegurar una fecunda colaboración para el mayor bien de la vida religiosa y civil de la nación española, han determinado estipular un Concordato que, resumiendo los convenios anteriores y completándolos, constituya la norma que ha de regular las recíprocas relaciones de las altas partes contratantes, en conformidad con la Ley de Dios y la tradición católica de la nación española”467.

La primera reacción socialista consistió en valorar que no se había hecho otra cosa que formalizar un estado de cosas que ya existía de hecho y aún de derecho en acuerdos limitados que fueron  convenidos y firmados en años anteriores. Su importancia no residía en la trascendencia de las concesiones que se hacían ambas partes, sino en el hecho de que la Santa Sede se decidió a poner una
terminación positiva a unas negociaciones cuya prolongación parecía implicar una desconfianza en la firmeza del régimen. Además podía admitirse la posibilidad de que el Vaticano hubiese apreciado en la situación de Franco un refuerzo que provenía del apoyo norteamericano. La iglesia, pensaban, más que dar fortaleza a Franco, sacaría partido de la fuerza que Franco tuviera, pero para abandonarlo cuando no le convenga compartir el fracaso. Se dejaría abierta la puerta de su realismo468.

Para Miguel Peydro la firma del Concordato era innecesaria puesto que su contenido regía desde hacía años en virtud de los tratados parciales, pero con ella la Santa Sede daba la absolución internacional al  régimen y lo respaldaba.

Era un triunfo de Franco, por cuanto le servía para afianzar su régimen, que no favorecía al Vaticano469. Llopis lo calificó de “Concordato de guerra civil”470. Se pregunta por qué tardaron más de catorce años en firmarlo, en formalizar un matrimonio que ya existía de hecho, porque la identificación entre la Santa Sede y el régimen francofalangista nunca había sido desmentida, antes al contrario, se había afirmado constantemente. Llopis aprovecha el acontecimiento para dar un repaso del papel de la Iglesia durante la guerra civil. Recuerda que no fue neutral porque participó efectivamente en la preparación del complot. Fue un beligerante fascista más. El primero de julio de 1937, por iniciativa del Cardenal primado, Monseñor Gomá, todos los obispos españoles, menos tres, lanzaron la famosa carta colectiva en auxilio de la rebelión. Era la carta en la que concedían el nombre de “Cruzada” a la traición y calificaron la guerra fratricida de “plebiscito armado” Los obispos se convirtieron en propagandistas de la Cruzada. Después de la guerra la Iglesia siguió identificada con el régimen. Sus más altos jerarcas se convirtieron en frenéticos propagandistas del mismo. Al Obispo de Madrid, Monseñor Ejio y Garay, se le llamó el obispo falangista por su compenetración con Falange, como se le llamó obispo azul por la cantidad de bendiciones que concedió a la División Azul.

El obispo de Orense, Monseñor Blanco Nájera, se distinguió por el contenido político y el tono violentamente agresivo de sus pastorales. El 14 de septiembre de 1945 replicaba a los acuerdos de Potsdam. El 23 de diciembre se revolvió contra lo que él llamó provocación de las Naciones Unidas contra la intervención extranjera en los asuntos españoles. El 2 de septiembre, el Cardenal Primado reafirmaba la posición adoptada por la Iglesia en 1937. El año 1953, el obispo de Valencia, Monseñor Olaechea pidió a sus feligreses que mantuvieran vivo el espíritu del 19 de julio. La Iglesia era, para Llopis, uno de los grandes sostenes del Régimen, a cambio de lo cual ha ganado la batalla de la enseñanza. El panorama, concluye Llopis, era aterrador, ya que no se podía enseñar nada fuera del dogma:
“Se le estremecen a uno las carnes y se le encoge el corazón pensando en lo que estos bárbaros quieren hacer de España y del pueblo español”.

Prieto, en sintonía con Llopis, opinó que el Concordato casi se reducía a confirmar y codificar acuerdos vigentes, con escasas novedades, una de ellas la de que los sacerdotes elevarían diariamente preces por el Jefe del Estado.

Fundamentalmente, constituyó una abdicación de la soberanía del Estado en proporciones acaso jamás conocidas en ninguna parte. A cambio, el Vaticano quiso dar su sagrado espaldarazo al régimen franquista, espaldarazo que significaba un bofetón para los católicos monárquicos, porque no había que olvidar que el régimen era un reino sin rey, cuya normalidad, con arreglo a sus propias leyes, se alcanzaría cuando tuviese un monarca. Roma, mediante su espaldarazo al reyezuelo, convertía lo provisional en definitivo, alejando las posibilidades de transformación o evolución."

(Fragmento del libro, páginas 214-216)

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