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¿El hiyab discrimina?

El caso de Najwa Malha ha reabierto el debate sobre el hiyab. Oímos incluso voces que reclaman la prohibición total del velo, con el argumento de que «es discriminatorio para las mujeres». Resulta curioso como la extrema derecha se apropia de los valores progresistas para lograr sus objetivos, siempre con el ideario de la defensa de la identidad nacional como bandera. Y en esta lucha han encontrado un aliado inesperado: lo que desde el feminismo global se califica como feminismo eurocéntrico o colonial favorece la mirada paternalista y represora hacia las minorías.
Desde la Junta Islámica Catalana hemos criticado la imposición del hiyab allí donde suceda. Hemos defendido la libertad individual de las mujeres. En el caso de la escolarización, defendemos el artículo 18 de la Carta Universal de los Derechos del Hombre, el artículo 10 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y los artículos 13 y 14 de la Convención sobre los Derechos del Niño. Y llamamos a respetar el artículo quinto de la Declaración Universal de la Unesco sobre la diversidad cultural: «Toda persona tiene derecho a una educación y una formación de calidad que respete plenamente su identidad cultural». Y nos preguntamos: ¿puede el reglamento de un centro escolar estar en contra de todas estas normas internacionales?
Pero, más allá de la cuestión de derecho, nos proponemos contestar a la pregunta sobre si el hiyab es o no discriminatorio. De entrada, desafío a todos aquellos que insisten en que el hiyab es un símbolo machista, a citar una sola fuente de referencia para los musulmanes (esto es: el Corán y los dichos del profeta) en la cual se establezca el hiyab como signo de sumisión de la mujer al hombre. Ya les adelanto que no lo encontrarán.
En su libro El harén político, la feminista marroquí Fátima Mernissi ha analizado las circunstancias de la revelación del versículo coránico que muchas musulmanas interpretan como una obligación de cubrirse la cabeza con un velo. En la comunidad de Medina las mujeres que salían de sus casas por las noches eran objeto de acoso sexual, y en ese momento se reveló el versículo en cuestión (Corán 59:33) como un signo de protección. En palabras de Mernissi, «el hiyab es una respuesta a la agresión sexual».
Posteriormente, en los códigos de familia elaborados a partir del siglo IX se estableció la obligatoriedad del hiyab, como una prenda que indica la modestia y sumisión de la mujer. Sin embargo, de esta deriva histórica no se puede inferir que el uso del hiyab sea necesariamente discriminatorio. En la actualidad, si nos remitimos a las prácticas culturales, nos vemos abocados a la pluralidad. Existen mujeres que usan hiyab por creer que se trata de un requisito de su religión, o por afirmar la tradición, o como signo de su espiritualidad, o por imposición de sus familias, o como signo de su pertenencia a una comunidad, o simplemente por coquetería. O por otra cosa, o por todo al mismo tiempo.

Con la llegada de la colonización, en determinados contextos el hiyab pasó a tener un significado político. Ante las prohibiciones realizadas por tiranos como el sah de Irán, hubo una reacción prohiyab. Actualmente, las teocracias iraní y saudí imponen códigos de vestimenta que coartan la libertad y el derecho de las mujeres. Por si fuera poco, existe una tendencia llamada hiyab fashion, arraigada entre la alta burguesía de Oriente Próximo, con sus desfiles de modelos, con toda la parafernalia que envuelve a un producto de consumo.
La conclusión es evidente: el uso del hiyab no es necesariamente una práctica discriminatoria. Lástima que numerosos políticos y creadores de opinión prefieran aferrarse a sus prejuicios. Una postura que va contra las libertades individuales, favorece el avance de la extrema derecha y refuerza a aquellos sectores dentro de las comunidades islámicas que aconsejan a los musulmanes no mezclarse con una sociedad que los rechaza. Este es en el fondo del discurso contra el hiyab: el linchamiento de las minorías como estrategia política. ¡Una fiesta para Le Pen!

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