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Donde se dan la mano el niqab y la ropa sexi

Casablanca es como un gran almacén, donde cabe de todo. Es, sin duda, una ciudad de contrastes. En ella conviven desde mujeres tradicionales que interiorizan su supuesto papel pasivo en la sociedad, con las que se mueven pidiendo a gritos más espacio en el ámbito público. Unas y otras tienen cabida en esta sociedad que, comparada con la de otras ciudades dormidas, está siempre activa, enérgica y se distingue tanto por su aspecto de gran megalópolis como por su caótica circulación. Es la sede de la bolsa, de grandes instituciones multinacionales y de grandes empresas marroquís. No es una ciudad turística salvo por la mezquita de Hassán II.
Casablanca es donde se parte el bacalao, la capital económica. Y eso es fácil de comprobar en las principales avenidas en que se levantan torres de oficina, importantes superficies comerciales, desde las tiendas de marcas a las de mayor lujo hasta las más accesibles al bolsillo del ciudadano medio marroquí.
Las mujeres del hijab –algunas no llegan ni a la edad menstrual– muy conservadoras, envueltas en chilabas, veladas, enseñando solo cara y manos, exigen al sistema frenar las importaciones impuras de Occidente: alcohol, ropa sexi, películas extranjeras con escenas de sexo… Y este es el cuento de nunca acabar.
Otras andan luciendo el largo cabello, pantalones estrechos, y camisas ajustadas aunque pudorosas. Éstas son las musulmanes pecadoras que reclaman, al contrario de sus buenas hermanas, más poder femenino, menos sexismo en el trabajo, en las cafeterías, en los anuncios publicitarios… En fin, más libertad. Estas se cruzan con los barbudos –quienes consideran que llevan una especie de velo natural que oculta una parte de su rostro– y, lo más importante, no hay miradas despreciativas en ninguno de los sentidos. Estos son hombres devotos, que salen a la calle con camisas de manga larga por fuera de los pantalones, preferentemente anchos… A veces sujetan el brazo de sus mujeres a las que les cuesta caminar bajo el niqab, el atuendo negro hasta los pies que solo deja descubierto los ojos. Son las menos, aunque están mucho más presentes que hace una década.
Las del velo integral también encuentran su espacio público en esta ciudad en la que las artes urbanas y tradiciones se entrelazan, se mezclan: el cine, la música popular, el rap, la danza y el arte contemporáneo… Solo hay que ver la panorámica cerca de la playa, frente al paseo marítimo, hay dos direcciones; si vas a la derecha, encuentras una mezquita alzada a pie de la carretera lindando con una bella y enorme biblioteca islámica.
Aquí salta a la vista el predominante color negro de las mujeres del niqab y hijab. Si, por el contrario, te desmarcas por la izquierda, aglomeraciones de bares, restaurantes, discotecas. Aquí, explosión de colores, coquetería en público y modernidad. Si se sigue por aquí, una imponente periferia chabolista se alza.
En pocos segundos cruzas una inmensa frontera. Un edificio muy sofisticado rodeado de una piscina, y justo al lado, una casucha fabricada con adobe. En fin, la ciudad de los contrastes.

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