Doce pruebas de la inexistencia de dios

Sébastien Faure (Saint-Étienne, Loira, 6 de enero de 1858 – Royan, Charente Marítimo, 14 de julio de 1942), escritor y filósofo anarquista francés.

Texto completo en el archivo adjunto.

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Hay dos maneras de estudiar y de intentar resolver el problema de la inexistencia de Dios.

La primera consiste en eliminar la hipótesis de Dios del campo de las conjeturas plausibles o necesarias para una explicación clara y precisa por la exposición de un sistema positivo del universo, de sus orígenes, de sus desarrollos sucesivos, de sus fines.

Esta exposición haría inútil la idea de Dios y destruirá por adelantado todo el edificio metafísico sobre el cual los filósofos espiritualistas y los teólogos lo hacen descansar.

Eso supuesto, en el estado actual de los conocimientos humanos, si uno se ciñe, como corresponde, a lo que es demostrado o demostrable, verificado o verificable, esta explicación falla, este sistema positivo del universo falla. Existen ciertamente hipótesis ingeniosas y que no chocan de ninguna manera con la razón; existen sistemas más o menos verosímiles, que se apoyan sobre una cantidad de constataciones y calan en la multiplicidad de observaciones con las cuales han edificado un carácter de probabilidad que impresiona. Así se puede atrevidamente sostener que estos sistemas y esas suposiciones soportan ventajosamente ser confrontados con las afirmaciones de los deístas; sin embargo, en verdad, no hay sobre este punto sino tesis que no poseen aún el valor de la certidumbre científica y cada uno, siendo libre, en fin de cuentas, para conceder la preferencia a tal sistema o a tal otro que le es opuesto, la solución del problema así planteada, aparece en el presente al
menos, bajo la obligada reserva.

Los adeptos de todas las religiones toman tan seguramente la ventaje que les confiere el estudio del problema así planteado, que todos pretenden constantemente a conducirlo a la precipitada posición; y si, aún sobre este terreno, el único sobre el cual pueden hacer todavía buen papel, no salen más que de paso__ tanto monta__ con los honores de las batallas, le es posible, sin embargo, perpetuar la duda en el espíritu de sus correligionarios; y para ellos este es el punto principal.

En este cuerpo a cuerpo en el que las dos tesis opuestas se agarran y se esfuerzan en derribarse, lo deístas reciben rudos golpes, pero ellos dan también; bien o mal se defienden y el resultado de este duelo aparece inseguro a los ojos de la multitud. Los creyentes, aun cuando han sido colocados en posición de vencidos, pueden gritar victoria.

No se recatan de hacerlo con esa impudicia que es la marca de los periódicos de su devoción, y esta comedia consigue mantener bajo el cayado del pastor a la inmensa mayoría del rebaño.

Es todo lo que desean esos “ malos pastores “.

Sin embargo, camaradas, hay una segunda manera de estudiar y de intentar resolver el problema de la inexistencia de Dios.

Esta consiste en examinar la existencia de Dios que las religiones proponen a nuestra adoración. Se encuentra un hombre sensato y reflexivo, que pueda admitir que existe este Dios del cual se nos ha dicho, como si no estuviera rodeado de ningún misterio, como si no se ignorara nada de él, como si se hubiese penetrado en su pensamiento, como si se hubiesen recibido todas sus confidencias: “El ha hecho esto, él hace aquello y aún eso y lo otro. El ha dicho esto, él ha dicho aquello y aun eso. El ha obrado y ha hablado con tal fin y por tal razón. Él quiere tal cosa, pero prohíbe tal otra; recompensará tales acciones y castigará aquellas otras. El ha hecho esto, quiere eso porque es infinitamente sabio, infinitamente poderoso, infinitamente bueno.

En buena hora. He ahí un Dios que se da a conocer. Deja el imperio de lo inaccesible, disipa las nubes que le rodean, desciende de las cimas, conversa con los mortales, les confía su pensamiento, les revela su voluntad y la misión a algunos privilegiados de esparcir su doctrina, de propagarle para decirlo de una vez, de representarle aquí abajo con plenos poderes, de atar y desatar en el cielo y sobre la tierra.

Este Dios no es el Dios Fuerza, Inteligencia, Voluntad, Energía que como todo los que es Energía, Voluntad, Inteligencia, Fuerza, puede ser sucesivamente, según las circunstancias y por, consiguiente
indiferentemente bueno o malo, útil o perjudicial, justo o inicuo, misericordioso o cruel, este Dios es el dios en el que todo es perfección y cuya existencia no es ni puede ser compatible, puesto que es perfectamente justo, sabio, poderoso, bueno, misericordioso, más que con un estado de cosas del cual sería el autor por el cual se afirmaría su infinita Justicia, su infinita Sabiduría, su infinita Potencia, su infinita Bondad, y su infinita Misericordia.

Este Dios, le reconocéis; es el que se enseña, con el catecismo, a los niños, es el Dios vivo y personal, aquel al cual se levantan templos, aquél a quien se dirigen los ruegos, aquel en cuyo honor se cumplen sacrificios y a quien pretenden representar sobre la tierra los curas, todas las castas sacerdotales.

No es éste “ Desconocido “, ésta Fuerza enigmática, ésta Potencia impenetrable, esta inteligencia incomprensible, esta Energía inconocible, este principio misterioso: Hipótesis a la cual, dentro de la impotencia en que nos encontramos de explicar el “como” y el “ porque “ de dios especulativo de los mate físicos, es el dios que sus representantes nos han profusamente descrito, luminosamente detallado.

Es, lo repito, el dios de la religión, y puesto que estamos en Francia, el dios de esta religión que, desde hace 15 siglos, domina nuestra historia: la religión cristiana.

Es este dios que yo niego y es este solamente que yo quiero discutir y el que interesa estudiar, si queremos sacar de esta conferencia un provecho positivo, un resultado práctico.
Ese dios ¿ cuál es?

Puesto que sus representantes aquí abajo han tenido la amabilidad de pintárnoslo con gran lujo de detalles, aprovechemos esa gracia de sus fundados poderes; examinémosle de cerca; pasémosle la lupa: para discutirlo bien es necesario conocerlo bien.

Este Dios, es aquel que con gesto poderoso y fecundo, ha hecho todas las cosas de la nada; el que ha llamado a la nada a ser; el que, por su sola voluntad; ha cambiado la inercia por el movimiento; a la muerte universal por la vida universal: él es el creador.

Este Dios, es el que, realizado ese gesto de creación, lejos de entrar en su secular inactividad y de permanecer indiferente a la cosa creada se ocupa de su obra, se interesa en ella, interviene cuando lo juzga a propósito, la dirige; la administra, la gobierna: él es el gobernador o providencia.

Este Dios, es aquel que, Tribunal Supremo, hace comparecer a cada uno de nosotros después de su muerte, le juzga según los actos de su vida, establece la balanza de sus buenas y de sus malas acciones y pronuncia, en último extremo, sin apelación, la sentencia que hará de él, por todos los siglos venideros, el más feliz o el más desgraciado de los seres: él es justiciero o magistrado.

Se deduce de ello que éste Dios posee todos los atributos y que no los posee solamente en grado excepcional, los posee todos en grado infinito.

Así, no es solamente justo; él es la Justicia infinita; no es solamente bueno: es él la Bondad infinita; no es misericordioso: es él la Misericordia infinita; no es solamente poderoso: es él la Potencia infinita: no es solamente sabio: él es la Sabiduría infinita.

Una vez más aún: éste es el Dios que yo niego y del cual por doce pruebas diferentes ( en rigor con una sola bastaría), voy a demostrar la imposibilidad.

Texto completo en el archivo adjunto

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