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Democracia y caramelo suizo

La integridad, la dignidad, la libertad, la soberanía del cuerpo o el libre desarrollo de la personalidad son principios que desbordan un recuento electoral

Arcoíris y aplausos en un bar alpino. Sonrisas y abrazos en las calles de un micro Estado.

Imágenes idílicas de telediario que esconden una paradoja.

Y es que Europa amaneció este lunes con más derechos, sí: el matrimonio igualitario en Suiza y la despenalización del aborto en San Marino. Pero las herramientas para conquistar esas libertades desmerecen, a mi juicio, el resultado. Envenenan el caramelo.

Habrá quien diga que da igual el medio, que lo importante es lo logrado. Y parte de razón tendrá quien piense eso, no digo que no. Las emociones contradictorias existen y las miradas políticas están cargadas de ángulos. Y ya que mucha gente se va a centrar en el brillo de la noticia, yo voy a hablar aquí sobre su punto ciego.

Voy a escribir que no me gusta que los Derechos Humanos se debatan en referéndum.

Los avances de las mujeres, del colectivo LGTBI, de las personas racializadas y un largo etcétera no pueden estar a merced de un domingo cualquiera. Son derechos históricamente arrebatados por el statu quo, pero también por el rodillo cómplice de lo cotidiano. Son derechos disputados por nosotras, las otras. Derechos que deben ser reconocidos, otorgados y ampliados desde los plenos poderes del Estado democrático.

Sé que cada país es un mundo y que la democracia es un abanico muy amplio de esquemas jurídicos y políticos. Conozco de primera mano la realpolitik y entiendo que las estrategias de cada movimiento social se adaptan a su entorno. Pero no todo vale.

Porque abrimos caminos que nos pueden llevar a dudosos desvíos: como cuando los suizos prohibieron con su voto la construcción de minaretes islámicos en 2009 (cuatro había, ¡cuatro!). Como cuando en Rumanía se intentó expulsar a las personas LGTBI del concepto “familia” por referéndum en 2018, con una abstención tan grande que la iniciativa, por suerte, se desestimó.

No me da la gana de que el presente y futuro de millones de personas dependa de la suerte, de la moda o del estado de ánimo.

Las democracias sólidas se construyen en torno a constituciones garantistas y separación de poderes. En torno a una prensa plural y un sistema de partidos políticos responsables. Y yo, que soy una mujer de partido (con todo y pese a todo), señalo esta práctica como lo que es: una dejación de funciones, una externalización de responsabilidades.

Una cobardía con consecuencias.

Cobardía como la que va a cometer Orbán en Hungría, que le ha visto las orejas al lobo cuando la presidenta Von der Leyen ha dicho “basta”. Otrora déspota orgulloso de su deriva, quiere depositar ahora en los hombros del pueblo húngaro el peso de su lgtbifobia institucional con otro dichoso referéndum. Deseo que la suerte le dé la espalda esta vez; pero desearía aún más que el imperio de la norma europea lo hubiera frenado a tiempo.

Porque el discurso de odio es un virus que se propaga con rapidez y que puede dejar secuelas a largo plazo. Porque los derechos duramente ganados pueden ser fácilmente robados.

Y porque la democracia no es aritmética, sino geométrica. La integridad, la dignidad, la libertad, la soberanía del cuerpo o el libre desarrollo de la personalidad son principios que desbordan un recuento electoral. Tienen formas y dimensiones que, en una democracia plena, se pueden expandir, pero nunca se deben debatir.

Que nadie me dé nunca una papeleta en la que decir SÍ o NO al destino de una vida ajena, un dolor lejano, una experiencia desconocida. Que nadie intente engañarnos vistiendo el despotismo troceado o la pereza política de participación popular.

Me alegraré por cada derecho nuevo en cada rincón del planeta. Pero no quiero más caramelos suizos.

Prefiero un bienmesabe democrático.

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