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Cuatro horas de catarsis: el día que las víctimas ‘okuparon’ la Conferencia Episcopal

El cardenal Omella escuchó las historias de una quincena de víctimas, entre ellas la de Diego por boca de su madre, porque Diego fue acosado con 11 años y se suicidó.

“El cardenal salió tocado. Aunque no era la primera vez que se veía con víctimas, algunos de los testimonios le han dejado sin habla. Esto puede marcar un antes y un después”. Fueron cuatro horas, pero sirvieron para acercar décadas de incomprensión, silencio y encubrimiento y para que, por fin, las víctimas de la pederastia clerical fueran escuchadas, con luz y taquígrafos, en la Casa de la Iglesia, como se conoce a la sede de la Conferencia Episcopal Española (CEE), según cuentan a elDiario.es fuentes del entorno del presidente de los obispos.

Juan José Omella se reunió este miércoles con una quincena de víctimas de la pederastia clerical, integrados en la Asociación Infancia Robada. Fue a petición propia, pese a las desinformaciones lanzadas desde algunas terminales mediáticas cercanas a un sector eclesiástico que se resiste a cualquier cambio, según ha podido confirmar este diario. “Esta es vuestra casa”, les dijo a los supervivientes antes y después de una emocionante cita, en la que según algunas personas presentes hubo muchas lágrimas, algún grito, silencios incómodos y la sensación de que, por fin, algo puede empezar a cambiar en el seno de la Iglesia. Si es que Omella (y, por extensión, el Papa Francisco) logran doblar el pulso a una institución que, pese a todo, sigue tratando de salvar los muebles antes de recoger a las víctimas.

Algunas ya no tendrán oportunidad de ser recogidas, pero sí reparadas. Es el caso de Diego, el hijo de Carmen, quien sufrió acoso continuado cuando tenía 11 años y que acabó suicidándose. El testimonio de la madre, en ocasiones con un grito ahogado, arrojó toneladas de culpabilidad en el rostro de Omella, según ha podido reconstruir elDiario.es a partir de testimonios de testigos directos. “Tengo a mi hijo enterrado. Mi hijo es sagrado. No quiero dinero, quiero cárcel. Estoy ofreciendo el dinero que tengo porque quiero justicia, y que mi hijo, allí donde esté, tenga la cabeza bien alta por sus padres”, desveló Carmen ante la mirada atónita del cardenal de Barcelona, quien durante toda la tarde estuvo tomando notas, y se comprometió a hacer llegar las exigencias de las víctimas al Papa y a la Asamblea Plenaria de la CEE, que se reúne a finales de abril.

Porque Omella vino dispuesto, más que a hablar, a escuchar. Y también a admitir reproches. Es su papel. “Nos vio llorar, nos vio enfadadas, frustradas… y no supo qué responder”, afirma Teresa, víctima de abusos en los trinitarios de Salamanca cuando tenía 14 años. No obstante, asegura, “tenemos esperanza, necesitamos tenerla, porque la mayoría de los abusados éramos católicos. Algunos todavía lo son. Y quieren, queremos, que la Iglesia sea un lugar seguro”.

El encuentro del miércoles fue un pequeño primer paso, muy relevante para las víctimas, pero también para el presidente de la Conferencia Episcopal, que hizo todo lo posible, pese a las dificultades, para que la sede de la CEE se abriera a los supervivientes. Aunque ello supusiera aceptar algunas demandas previas, como que no asistieran al encuentro representante alguno de la firma Cremades & Calvo Sotelo, a quienes la práctica totalidad de las asociaciones de víctimas no ven como interlocutor válido para una investigación independiente; tampoco lo hizo el portavoz Luis Argüello, acusado por algunas víctimas de falta de empatía en sus ruedas de prensa. Omella también se comprometió a que hubiera una rueda de prensa posterior, y que se produjera en la casa de los obispos, lo que le provocó serios quebraderos de cabeza en la reunión de la Comisión Ejecutiva de la CEE, que tuvo lugar esa misma mañana.

División en el Ejecutivo episcopal

Y es que el Ejecutivo episcopal muestra bien a las claras la profunda división sobre cómo afrontar el drama de los abusos en la Iglesia española entre los que sí están dispuestos a actuar, con todas las consecuencias (incluyendo la reparación, también económica, a las víctimas), como el propio Omella y, especialmente, Carlos Osoro y los que abogan por ir con pies de plomo, y se niegan, incluso, a participar en la comisión del Defensor del Pueblo, como los arzobispos de Oviedo y Sevilla, también presentes en la comisión. De ahí se entiende el secreto de Omella a la hora de planificar la reunión con las víctimas, que era conocida (y avalada) por Roma, según ha podido saber elDiario.es. Y de ahí las confusiones entre parte del personal de la calle de Añastro (sede de la CEE), que horas antes, incluso, afirmaban que no habría rueda de prensa y que los periodistas no podrían entrar al edificio. Finalmente, una treintena de profesionales aguantó estoicamente durante cuatro horas y, como estaba pactado, hubo rueda de prensa.

Algunas víctimas, al principio, se negaron incluso a estrechar la mano de Omella, quien bajó a recibirlas y las acompañó cuando terminó el encuentro. Durante la preparación del mismo, el presidente de la CEE se comprometió a estar “el tiempo que hiciera falta” con los supervivientes, para que “nadie se quedara sin decir lo que quisiera”. Y lo cumplió. Lo que no pudo hacer fue comprometerse a satisfacer las exigencias de Infancia Robada, pues realmente el presidente del Episcopado (salvo en tiempos de Rouco Varela) sólo es un obispo más. Y cada obispo, en su diócesis, solo responde ante el Papa. Pese a ello, Omella sí se comprometió a llevar a Roma, y a hacer suyas, las peticiones de los supervivientes. Al tiempo, también asumió la tarea de generar otros canales de interlocución con las víctimas que no quisieran pasar por el filtro del bufete Cremades. Queda por ver cómo lo harán.

Javier y Ángel, también presentes en la reunión, coinciden en ver “una cercanía” en el presidente de la CEE. “Escuchó relatos muy duros, muchas lágrimas, mucho sufrimiento e indignación por parte de esa parte de Iglesia negacionista, y su trato fue exquisito, otra cosa es lo que pueda hacer. Nos sentimos bastante reconfortados: Omella escuchó, tomó notas y vio el dolor de las víctimas”. Y es que “después de los abusos, no nos han escuchado, nos han ignorado, y ver que un obispo lo hace es un paso alentador. Puede ser un antes y un después”. Omella “ha tenido el valor para encontrarse con las víctimas sin filtros”, añade Ángel. “Me lo creo, necesito creerlo. Ser escuchado, atendido… salimos contentos”.

Algo similar subraya Juan Cuatrecasas, para quien la reunión “supuso un espacio de encuentro con sus piedras en el camino”. “Ahora esperamos que Omella no falte a su palabra, que no nos decepcione, que demuestre que el depósito de confianza que, pese a todo, hemos depositado en él, sirva para algo”. Para que la Iglesia española se comprometa, al fin, con la verdad, la justicia y la reparación. Para que nunca más haya madres como Carmen que tengan que llorar a sus Diegos en silencio.

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