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Confesionalismo y tragedias

Cuando el dolor arrecia y la vulnerabilidad humana se convierte en tragedia y duelo, la racionalidad se repliega ante la emocionalidad, y cualquier signo, sincero o falso, de solidaridad o de empatía se percibe como un bálsamo a agradecer, porque se necesita, aunque sea ajeno a nuestras creencias e ideas. Pero el dolor no es justificación para que nadie vulnere nuestro derecho inalienable, estipulado en la Carta Magna de los Derechos Humanos, de libertad de pensamiento y de conciencia.

La pérdida de un ser querido es uno de los tránsitos más duro de la vida, en el que el dolor personal e individual se comparte a nivel colectivo en una serie de ritos sociales, como homenaje a la persona fallecida, que pretenden colectivizar ese dolor y compartirle con el mundo. Digo ritos sociales porque, en esencia y antropológicamente, es lo que son, aunque se transmuten casi siempre en rituales religiosos, por imposición explícita o implícita de la religión imperante en cada sociedad en cuestión.

El pasado domingo se celebró en la catedral de Santiago de Compostela el funeral por las personas fallecidas, setenta y nueve en total, en el trágico accidente del tren Alvia. El funeral fue, como cabía esperar, católico, y oficiado por el arzobispo de Santiago, con la presencia de los príncipes de Asturias, como representantes de la casa real, y el presidente del gobierno y algunos de sus ministros, como representantes oficiales del poder que representan. Francamente, tanto protocolo y tanto boato me parecen más una hipocresía y un imperativo del “deber” que un signo de dolor o solidaridad; y hace tiempo que este tipo de “presencias” obligadas y apretones de manos ante fotógrafos y cámaras de televisión me parecen más una pose que justifica, ante la galería, determinados obsoletos privilegios que una actitud relacionada con la empatía o el deseo sincero de ayudar.

Sí fue, por el contrario, producto de una sincera solidaridad la ayuda desinteresada de los vecinos de las zonas colindantes al accidente, que corrieron a aportar su ayuda real y su socorro efectivo a las víctimas del accidente, llevando mantas, curando heridas y sacando a personas de los vagones. Pero esto no forma parte del protocolo, y estos maravillosos gallegos, probablemente muchos de ellos parados o víctimas de los abusos del poder que presidía el acto, no han salido en portadas ni se han dedicado, a posteriori, a repartir besos a los familiares destrozados por la tragedia, repito, ante focos y cámaras de televisión. Así son las cosas y, mientras consideremos que existen familias o castas superiores por mandato divino, así seguirán siendo de manera indefinida.

Hay algo, sin embargo, que desde que empecé a hacer uso de mis neuronas siempre me ha indignado y me sigue indignando: el confesionalismo impuesto en ritos de un dolor colectivo que no milita o no debería hacerlo en ninguna confesión. Estadísticamente casi el treinta por cien de los fallecidos en el accidente no son católicos; de ellos alrededor del diez por ciento eran ateos y un veinte por ciento agnósticos (palabra que suele designar a ateos que no se deciden a declararlo abiertamente). Pues bien, me pregunto a santo de qué se impone a todos los fallecidos y a todos los familiares un ritual concreto de una confesión que no comparten todos. Me parece terrible que unos momentos tan descarnados se tengan que vivir por algunos según los moldes confesionales que otros les imponen sin posibilidad de elección.

Vivimos en un país supuestamente democrático y, por tanto, supuestamente aconfesional. ¿Quién o quiénes estipulan que se vulnere sistemáticamente la libertad de conciencia de los ciudadanos ante desastres colectivos? ¿Quién decide que se desentienda la libertad personal de las víctimas de una tragedia para no dejarles vivir el duelo de acuerdo a las creencias libres y personales de cada uno de los fallecidos y sus familiares? ¿En aras de qué se permite que se celebren rituales confesionales sin dejar libre elección en la cuestión de creencias personales e íntimas en las que ningún poder debería tener nada que ver?

Ver este tipo de actos y parafernalias, la verdad, me hace percibir un país que no se ha alejado todavía de los espectros totalitarios del pasado, sino que sigue siendo, con evidencia, confesional. Gobierno, monarquía e Iglesia presidieron un acto de tragedia y de dolor íntimo y desgarrado que no les correspondía, imprimiendo, una vez más, un sello de confesionalidad excluyente, en medio del dolor humano, que, a estas alturas, les queda demasiado angosto. Sólo faltaba el palio para presenciar unas imágenes propias de la dictadura. Porque resulta intolerable, absurdo y ridículo constatar que a estas alturas, como dice Edouard Punset, una sociedad globalizada por la cultura y la tecnología del siglo XXI conviva con instituciones obsoletas y tiránicas propias del siglo XVI.

Coral Bravo es Doctora en Filología

Autoridades funeral oficial Santiago 2013

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