Con la Iglesia hemos topado

Acabar con el islamismo radical, en Europa o en cualquier pais del mundo, y muy especialmente en los llamados musulmanes, sólo se puede hacer desde una única postura: la laicidad.

Los hermanos Kouachi se equivocaron. Si lo que querían era vengar insultos al islam, en lugar de gastarse 5.000 euros en kaláshnikovs y ser denostados por medio mundo como “terroristas”, podrían haber echado currículum para el puesto de verdugo en Arabia Saudí o en Mauritania. Podrían ahora tranquilamente cobrar un sueldo mientras azotan hasta la sangre al bloguero Raif Badawi en Yidda, o preparen el pelotón para Mohamed Cheikh Ould Mkhaitir en Nouakchot. O podrían hacer de celadores para Karim Banna, condenado a tres años de cárcel en El Cairo.

Raif, Mohamed y Karim fueron condenados por insultos al islam prácticamente a la vez que los dirigentes de sus paises condenaron, con lágrimas de hipopótamo, los asesinatos de Charlie Hebdo. Es muy fácil decir que los pistoleros “no tienen nada que ver con el islam” pero ¿y los jueces saudíes, mauritanos, egipcios? ¿Tampoco?

No: ellos tampoco tienen nada que ver con el islam. No con el islam tradicional de los países de los que proceden los inmigrantes en Europa. Tienen que ver, y mucho, con una secta radical saudí que en las últimas décadas ha engullido el mal llamado mundo musulmán, de Nigeria a Indonesia, y que solemos llamar wahabismo. El mayor conflicto de esta vasta región es la guerra que libra el wahabismo contra el islam. El problema es que ambos usan el mismo nombre: islam.

el “islam” que vemos en Europa -no el de millones de ciudadanos o residentes que llamamos musulmanes, pero sí el que se exhibe mediante sus fetuas y sus velos- es ya el wahabí. Gracias al incesante bombardeo de mensajes sectarios y machistas desde las cadenas satélite de Arabia Saudí  y los países del Golfo –representados en la marcha de París, quién lo diría- y sus imanes de barrio pagados con los mismos petrodólares.

No sólo en Europa: todos los países que se definen islámicos prohibieron la reproducción de la última portada de Charlie Hebdo. Hasta la república (ex)laica de Turquía. Parece de conjura. Porque ¿quién, en su sano juico, consideraría “insultante” un dibujo que muestra a Mahoma afligido por un asesinato? Y no se crean que representar al profeta está “prohibido en el islam”. Nada en el Corán (salvo la prohibición general de representar a personas, hoy obsoleta) fundamenta esa idea, ni se sostiene históricamente (existen dibujos devotos de Mahoma), ni fue conocida fuera de Arabia Saudí hasta 2005: ese año, la revista egipcia Al Fagr publicó las caricaturas danesas sin que nadie se inmutase. Sólo meses después, los gobiernos wahabíes decretaron un conflicto internacional religioso. Por la cara.

Y Europa, intenté explicar la semana pasada, es cómplice de este proceso. Hasta ahí, el diagnóstico. La pregunta: ¿cuál es la terapia? En primer lugar, dejar de tomar antibióticos contra la fiebre.

Con los enemigos que tiene en Europa, el radicalismo islámico no necesita amigos. Nada mejor para azuzarlo que las declaraciones de la derecha que achacan al “islam” como tal una inherente, innata disposición a la violencia, frente a la “religión de la paz” que sería el cristianismo. Este discurso, que enaltece los “valores cristianos” de Europa para defenderlo contra todo individuo que surge de un país “islámico” es tan absurdo, tan contrario a la razón, que no hace falta ser musulmán para sentirse impulsado a rebatirlo; basta con no haber faltado a clase de Historia en el colegio.

Hay toda una escuela de expertos europeos en “islam”, que conoce de memoria los dos o tres versos del Corán que llaman a combatir al enemigo; ni que hubiesen estudiado con Al Baghdadi de profesor. Y derivan la conclusión de que todo musulmán lleva por dentro un yihadismo infuso. Si uno responde que, por la misma regla de tres, todo cristiano debería lapidar sin piedad a cualquier homosexual que vea -sí, el Antiguo Testamento es parte de las Escrituras Sagradas cristianas- no falta quien aduce Juan 8, 7, y si uno contesta con Mateo 5, 17, nos quedamos con una disputa teológica medieval que ni Tomás de Aquino. Edificante espectáculo.

No menos edificante es, desde luego, el debate con quienes intentan demostrar que los “valores europeos” de democracia, libertad de expresión, respeto a los derechos humanos, igualdad de sexos o separacion de política y religión se basan en el cristianismo. Como si ni la Inquisición ni el index librorum prohibitorum ni los Reyes Católicos hubiesen existido, las mujeres dijeran misa y cada cuatro años se colocasen urnas de votar en la Plaza de San Pedro.

Invocar el cristianismo como baluarte contra el islamismo radical (“el islam” en esta visión) lleva a un callejón sin salida. Es una cortina de humo con un triple efecto perverso. Uno, es falso. Islam y cristianismo (y judaísmo) se parecen como dos gotas de agua bendita. Dos, excluye a quien no es cristiano ni quiere defender la “superioridad” de una religión que en España ha hecho suficientes estragos en nuestra muy reciente historia, por lo que nunca podrá aglutinar un frente común al wahabismo. Tres, respalda el discurso islamista, ese que pide a todo musulmán mantenerse alejado de “los cristianos” y someterse únicamente a las leyes del Corán.

La otra corriente, la que trata de reformar el islam desde dentro, tratando de demostrar que en realidad, cada palabra que dijo el profeta Mahoma es compatible con las últimas normas de Bruselas, tuvo su atractivo en los años setenta, cuando aún parecía -en Túnez casi funcionó- que una lectura ilustrada del islam fuera posible. Una especie de pasarela suave desde las leyes tradicionales de los pueblos norteafricanos o levantinos, que nunca tuvieron que ver gran cosa con el Corán, hacia las de inspiración europea, no tan distintas, pasando de puntillas por una afirmación formal de que todo estaba acorde al Corán.

Fue un trágico error. Confirmado el islam como religión del Estado, los fundamentalistas tuvieron el punto de apoyo que necesitaban para hacer palanca y sacar la sociedad de sus goznes. Porque el islam verdadero, aprendimos, siempre es el del que puede forrar su megáfono con una capa más gruesa de petrodólares.

Acabar con el islamismo radical, en Europa o en cualquier pais del mundo, y muy especialmente en los llamados musulmanes, sólo se puede hacer desde una única postura: la laicidad.

Sólo la laicidad permite establecer el postulado básico universal: que todas las personas tienen los mismos derechos, iguales en un juicio. La religión enseña lo contrario: en el Juicio, quien tenga la fe será salvado. El resto, al infierno. No merece la vida eterna, y quién sabe si la de aquí.

Las leyes de Europa, zona razonablemente democrática, si se le compara con el resto del mundo (pregunten a un marroquí, un kurdo, un sirio, qué sistema legal prefiere, el español o el de su país) se fundamentan en ese sobreentendido laico: no se basan en enseñanzas divinas sino en acuerdos consensuados por una sociedad que en los últimos siglos ha aprendido a poner la razón por encima de la revelación.

No defender esta laicidad, no defenderla a ultranza frente a las pretensiones del wahabismo, es el delito de Europa. Las mismas leyes que costó tantos siglos, tanta sangre, tanta hoguera y tanta tinta consensuar ¿por qué se abandonaron a la primera ante un imam gritón de barrio que pedía no enseñar pelos de mujer o de Mahoma?

Porque Europa nunca se ha creído su propia laicidad. No pudo creérsela: sólo la tiene conquistada en la superficie. Por debajo sigue encadenada a siglos de poder eclesiástico: desde los colegios de monjas de España hasta los representantes obligatorios de las Iglesias -católica y protestante- en los consejos audiovisuales de Alemania o la obligatoriedad de la cruz en las aulas de Baviera, desde la jefatura eclesiástica de la Reina de Inglaterra hasta el préambulo de la Carta Magna irlandesa en nombre de la Santísima Trinidad, no hay prácticamente país europeo que no arrastre este vínculo.

La gran excepción parece Francia, laica por definición. No tanto: un 17% del alumnado estudia en colegios católicos, la misma proporción que en España. Y por mucho que la Iglesia española protestara contra la legalización del matrimonio homosexual en 2005, nunca articuló un movimiento popular tan enconado como el que revolvió Francia en 2013. El barniz laico apenas es algo más grueso que en nuestras latitudes.

Pero en la laicidad no hay compromiso: Europa ha aceptado, por consenso y razón, que nadie debe ser discriminado por razón de su fe. Este artículo, de obligado cumplimiento -si se vulnera, el Tribunal de Estrasburgo amparará al ciudadano- fuerza a entregarles a los musulmanes la misma cuota de poder, proporcional a su población, de la que disfrutan los cristianos. Si hay clases de religión católica en los colegios, debe haber lecturas coránicas. Si existen capellanes en el Ejército debe haber imames. Si se financian iglesias, deben subvencionarse mezquitas. Puede usted patalear pero es la ley.

Penitentes de la Cofradía del Perdón durante una procesión en Almería (Reuters).

Penitentes de la Cofradía del Perdón durante una procesión en Almería (Reuters).

Ante este dilema, a Europa sólo le quedan dos opciones: acabar de una vez con todo respaldo público a la Iglesia cristiana o abrirle las puertas al islam. No hay otra.

Es así como el Vaticano se ha convertido en el respaldo más firme de la islamización de Europa. Al luchar denostadamente por mantener su influencia en la cosa pública ha forzado a los Estados a dar el visto bueno a que su homólogo saudí adquiera la misma posición de fuerza. No sólo en el plano teórico: la postura del Papa Francisco respecto al atentado contra Charlie Hebdo – “¡Es normal! No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se le puede tomar el pelo a la fe. No se puede” – no se distingue un ápice de la de los dirigentes islamistas.

¿Pensó Europa que pudiera tener control sobre qué islam exactamente colocaría en sus colegios, sus centros sociales, sus barrios? ¿Que pudiera orientar las prédicas desde los púlpitos que erige? Entonces hizo sus cuentas sin ese poderoso caballero que es don petróleo. Ni siquiera lo intentó: quienes más ponen el grito en el cielo ante la “islamización de Occidente” siempre han dado por bueno los discursos de cualquier señor barbudo como faz verdadera del “islam”; nunca han preguntado por las verdaderas creencias de quienes llegaron a Francia desde el Magreb.

Otros quizás aplaudieran incluso esta “apertura” a la “multiculturalidad” para difuminar el papel preponderante de la curia en una sociedad que ya no se quiere cristiana. Pero para reducir el poder del clero, lo que no se debe hacer es duplicarlo.

Europa no tiene otra: si realmente quiere hacer frente a un fundamentalismo wahabí rampante que amenaza con destruir la sociedad, debe dar el paso hacia el laicismo. Si la Iglesia realmente quiere salvar los valores de democracia y libertad de conciencia que hoy se atribuye, debe retirar sus aspiraciones de poder mundano, debe defender, ella misma, la laicidad. Dicen que Jesús, el de María, sacrificó su vida para salvar la humanidad. ¿Podrá la Iglesia sacrificar los sueldos de los profesores de religión?

Y sí, hay una cosa que los pensadores cristianos pueden enseñarle a los islámicos: en el siglo XIX, fueron teólogos ilustrados quienes desmenuzaron el proceso de composición de la Biblia, quienes demostraron que este libro no es un documento histórico. Hoy no nos escandalizamos si afirmo que Jesucristo es una figura mitológica. Falta por reconocer que también lo es Mahoma, que también el Corán es una constructo humano. Quienes lo señalaron -Taha Hussein a principios del siglo XX- fueron rápidamente forzados a retractarse. Hoy, hasta los arabistas europeos hacen causa común con las dictaduras -religiosas o militares- que mantienen como valor supremo la calidad intocable de la leyenda dorada coránica. Esta revolución del islam desde dentro aún queda pendiente. Pero es imprescindible.

Los muertos de París fueron las últimas víctimas de esta claudicación de la Europa laica ante los poderes de aura divina. Las primeras son, desde hace décadas, los millones de musulmanes europeos que nuestros gobiernos han puesto bajo tutela de potencias geopolíticas y petrolíferas extranjeras. Es por su libertad que han muerto los dibujantes de Charlie Hebdo.

*llya U. Topper es fundador y editor de MSur

Un clérigo egipcio durante las protestas contra Mubarak, cerca de la plaza Tharir, en El Cairo (Reuters).

Un clérigo egipcio durante las protestas contra Mubarak, cerca de la plaza Tharir, en El Cairo (Reuters).

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