Cicatrices del ayer

Cuando el ser humano comienza y termina en sí mismo, la existencia se convierte en un suicidio. El hombre no es un ser circular, sino una dimensión longitudinal que se va haciendo en el tiempo hasta la floración plena de la muerte. Su dimensión temporal no le permite anclarse bajo pena de convertir su final en un precipicio sin sentido.

Es verdad que hace ya tiempo que salimos de aquella dictadura infame. Pero las dictaduras siempre dejan cicatrices que se curan sólo con la voluntad creadora de futuro. De lo contrario se enquistan y el dolor queloidal es más hondo que la propia herida.

Hemos ido haciendo democracia. Pero cansa. Inventar cada día como novedad caliente y recién hecha, agota. A la costumbre se tiende, a la rutina, a dar por terminado lo que siempre está por terminar.

El 15-M fue un chorro de agua brotado para romper la costumbre de ser así. La democracia hay que inventarla cada día, rehacerla cada mañana con la originalidad de cada amanecer. Cuando escribo, el 15-M sigue ahí, exigiendo simplemente derechos legislados, pero olvidados por la inercia que mata la vigencia. Piden libertad en toda su amplitud, de palabra, de acción, de decisión. Piden que los bancos se desnuden de la usura que los disfraza de bondad. “Su banco amigo” Permitir que esta frase se repita una y otra vez en las pantallas es tergiversar la realidad y condenarnos a nosotros mismos a una amistad imposible. Piden listas abiertas para elegir a cada uno, con nombre y apellidos, a quien pedirle cuentas si no es consecuente, a quien pueda el ciudadano acercarse y hablarle del barrio, de la universidad, de la calle donde los niños no pueden jugar a la pelota. Piden y piden y piden porque les duele la democracia hecha costumbre, porque la costumbre prohibe la creatividad. Es una juventud que no admite el silencio porque el silencio impuesto es una cicatriz de aquella dictadura.

Y aparece Rouco Varela. La Iglesia. Otra cicatriz incrustada en el laicismo constitucional. Siempre interpretando la vida, dirigiéndola siempre, impugnando el misterio que es el hombre, hermética a la sorpresa, a lo inédito, a la luz repentina de la humanidad empeñada en realizarse a sí misma, sin muletas ni auxilios exteriores, como si Dios fuera un lujo del que hay en ocasiones que prescindir por dieta vital.

Viene Rouco con la clave que explica la esencia del 15-M: “Los reunidos tienen problemas con su alma” “Los problemas de los jóvenes tienen que ver con el trabajo, pero sobre todo con lo más profundo, con su alma, con su corazón”. “Ahí es donde están los problemas más serios” No es cuestión de soluciones políticas, económicas o jurídicas, termina Rouco.

¿Con qué ojos ha mirado la Iglesia el movimiento 15-M? La Iglesia enjuicia desde su superioridad lo que los acampados deben pedir. No le importa la transformación de la sociedad, sino la anestesia espiritual que priva de conciencia a todo aquel que se plantea un cambio del mundo. No es necesario exigir justicia, ni admitir a los pobres en nuestro mundo opulento, ni vale la pena luchar por la justicia. La juventud, dice la Jerarquía, tiene mal el corazón. A ese corazón hay que hospitalizarlo en el más allá. Bienaventurados los pobres, los que sufren por la justicia, porque de ellos es el cielo. Y mientras el cielo llega, hay que ejercitar el silencio.

Rouco no ha estado en la Puerta del Sol, ni en la Plaza de Catalunya. Por eso la policía no le rozó su capelo cardenalicio. No estuvo, pero pontifica. Todavía cree en su poder dominante. La Iglesia no es hoy una servidora del hombre, sino una unidad hipostática con el poder. Una cicatriz también de la dictadura.

Ayer no pudo ser. Hoy lo vamos construyendo. Mañana será 15-M

Rafael Fernando Navarro es filósofo

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