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Al ADN le llaman Trinidad

La Fe, decía el catecismo de mi niñez, es creer lo que no se ve. En contrapartida, la ciencia era el resultado empírico, constatable de la realidad palpable. De ahí que Fe y Ciencia no tenían por qué coincidir en una cosmovisión de la existencia.

Al margen de esta disyuntiva evidente para teólogos y científicos, la Iglesia siempre ha pretendido explicar que la ciencia no puede oponerse a la Fe. En consecuencia, a la Jerarquía le basta con anatematizar todo lo que contradiga esa Fe para lograr una no contradicción entre lo empírico y lo dogmático. La ciencia parte de hipótesis que deben llegar racionalmente a conclusiones mientras que la Fe parte de la revelación divina para ser acogida como indiscutible por el ser humano.

No obstante el planteamiento anterior, el magisterio de la Iglesia ha pretendido siempre hacer coincidir ambas visiones, científica y religiosa. La ciencia es cuestionable. No así las creencias que emanan directamente de Dios y son trasmitida a los fieles mediante la infalibilidad pontificia. La ciencia no puede contradecir a la fe. Ella ilumina el campo de la investigación evitando el choque frontal y obligando a desechar como falso todo aquello que no se pliegue a la revelación divina.

La secularización desarrollada por Harvey Cox significó un paso importante hacia la secularización de la cosmovisión, del hombre y de su mundo. El ser humano existe por sí mismo y es dueño de su propia historia. Debe ir desvelándose a sí mismo desde la propia oscuridad del misterio que es hasta alcanzar la luz de su propia existencia y del mundo en el que hace su historia. Un número muy significativo de teólogos católicos son seguidores de esta visión de Harvey Cox, pese a que nunca han estado bien vistos por la Iglesia de Roma.
El cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Salud, lo que podría calificarse como el Ministro de Sanidad del Vaticano, asegura que en el ADN “podemos encontrar la Santísima Trinidad”, porque se trata de un ácido basado en la “complementariedad mutua” El “ministro de Sanidad” de la Santa Sede agregó que la vida “es un movimiento orgánico de complementariedad mutua”, en la que el ADN significa “capacidad primordial para ser y actuar, un movimiento que sirve para complementar, una necesidad, no una supremacía del más fuerte”.

Esta unión hipostática entre revelación divina y devenir científico autoriza a que cualquier miembro de la jerarquía católica posea el don de opinar de forma exclusiva y excluyente sobre los temas más dispares, desde el escote-palabra-de-honor hasta el ADN como templo donde habita la Santísima Trinidad. Construye así un cuerpo dogmático que engendra una legislación canónica capaz de englobar toda la vida del creyente. Quien se deje encorsetar por ambas cosas firmará una adhesión inquebrantable a la autoridad piramidal que va desde el Papa hasta el último clérigo. Fuera no hay salvación. Fuera tampoco hay ciencia. A Dios no le interesa la tarea investigadora. Se siente a gusto en el tibio calor del ADN.

Rafael Fernando Nabarro es filósofo

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