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A vueltas con lo del César y lo de Dios

Escribir sobre sentimientos y creencias exige mucho cuidado por variadas razones, en particular para no perturbar la tranquilidad de tantas y tantos a los que estos temas erizan o yerguen -cual serpiente cobriza presta a clavar ponzoñoso veneno-, por tener, unas veces, excesiva seguridad en las convicciones o por tener, en otras, excesiva inseguridad.

 

Con reserva del derecho a no declarar sobre mi religión, puedo decir que no creo ser masón, ni ateo, ni politeísta, ni cristiano ortodoxo o protestante, ni judío, ni del profeta Mahoma, ni hinduista, ni sintoísta, ni de Buda, ni de Confucio. Sólo queda, de importancia, ser de uno de estos dos ismos: el de los agnósticos y el de los católicos. Al final, el lector, muy curioso, lo podrá saber si fuere de su interés y aguantase.

Al estar la política española tan confusa, lo que de ella se deriva, que es mucho, está muy enredado. No es raro, pues, que no sepamos cuál es la linde entre el Estado y la religión; siendo el barullo, entre laicismo, laicidad, secularidad, confesionalidad y aconfesionalidad, inmenso. Incluso lo que entendemos por laico originariamente significó otra cosa, muy contraria: del verbo griego griego «laos», que designó al pueblo de creyentes en oposición a las élites clericales.

Delimitar esos términos es en sí, aquí y en todas partes, muy difícil. Sorprende saber que la reina de Inglaterra es «Supreme Governor» de los anglicanos; que en el preámbulo de la Constitución griega se diga que la «Santa Trinidad es consustancial e indivisible»; que en Suecia, desde hace poco (año 2000), la Iglesia luterana dejó de ser la Iglesia del Estado. No es sorprendente el caso de Italia, pues los italianos, como artistas que son, creen en todo y en nada al mismo tiempo; mayoritariamente les interesa el rito y lo teatral.

En España, como siempre, la Historia complica aún más lo que ya es por sí difícil, lo cual debe exigir un particular esfuerzo de adaptación a todos, particularmente a los de la Iglesia y a los políticos. Partiendo -para abreviar- de la Moderna, resulta que con los Austrias, hasta las monjas mandaron (sor María de Agreda exhortaba al cazador Felipe IV sobre la gobernación de la España imperial); con los Borbones la Inquisición continuó. El profesor Miguel Artola en «Los orígenes de la España contemporánea» recoge las respuestas tremendas del estamento eclesiástico a la consulta hecha al país por la Comisión de Cortes de 1809. Con Franco se vociferaba «por el Imperio hacia Dios» y una ley proclamó que «era timbre de honor de la Nación española el acatamiento a la ley de Dios», señalando qué la católica era la sola religión verdadera.
Es de justicia reconocer que la religión católica es la «única», monoteísta y revelada, que predica el «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Evangelio de San Mateo), que contrasta con la religión judía y el Islam que fusionan lo político y religioso (la ley judía, la Thora, y la ley musulmana, la Charia, no distinguen entre lo profano y lo religioso). La pregunta inmediata entonces es: ¿cómo históricamente ha resultado a esa Iglesia tan imposible y difícil practicar la máxima evangélica de separar lo del César y lo de Dios ? Contradictorio es que esa misma Iglesia católica, a diferencia de la religión judía y el Islam, sea también la «única» en estar organizada con una estructura jurídica de naturaleza estatal: el Estado de la Ciudad del Vaticano, con sus guardias, sus códigos, sus nuncios y banderas.

Las respuestas a la anterior pregunta son múltiples. Pudiera ser -es lo más sencillo- por la dificultad que tenemos los humanos para estar ubicados en el sitio que nos corresponde. Pudiera ser por cuestión de herencia: Iglesia católica heredera del Imperio Romano de Occidente. Pudiera ser por razones psicológicas (es interesante a estos efectos el estudio sobre «Psicología del poder» del judío-alemán Manès Sperber). Los humanos afanes y voluntades de poder así como sus patologías acechan y perturban a todos, incluidos los de la clerecía; éstos, muy desasistidos, por su régimen de vida, vocación y dedicación exclusiva a Dios, a veces tan silencioso, tan intangible y tan escondido (Deus absconditus), les tienta la angustia, perdiendo hasta el «oremus», siendo el poder un alivio o cataplasma. La burocracia con sus papeles, órdenes y códigos es ruidosa, se toca y se ve (ser y estar en Curia eclesiástica siempre fue de humano privilegio). El pecado de lujuria es de obispo muy minoritario; de la avaricia más que los obispos pecan quiénes les cortejan con zalamerías; y Satán sabe cazar a los mitrados con pactos de poder, disfrazados, eso sí, de exigencias apostólicas (el pecado del poder no está, extrañamente, en la lista judeocristiana de los pecados capitales).

Otra respuesta a la interrogante planteada está en que la Iglesia no sólo tiene una concepción sobre el «mas allá» u otro mundo («Mi reino no es de este mundo»), sino que en el «mas acá» es eso: «ecclesia», o sea, asamblea y comunidad de creyentes con una fe y con unos valores propios que entran muchas veces en conflicto con otros diferentes de la comunidad civil, lo que es manifiesto en esta época de secularización. Mas aún: esa comunidad de creyentes, por razón de la naturaleza del mensaje que proclama, tiene una fuerza que es naturalmente expansiva y en la que los conceptos de evangelización, misión, proselitismo y propaganda son fundamentales. No es anécdota que la Iglesia católica sea precisamente la primera institución en haber tenido desde hace siglos un departamento de propaganda (Propaganda Fide); tampoco es anécdota que en la actualidad española, los que ahora más se mueven con lo de «católicos y vida pública» sean de una asociación que se denomina «de Propagandistas».

Esa naturaleza expansiva del catolicismo entra muchas veces en conflicto no sólo con el Estado, sino también con otras iglesias. Un ejemplo: a primeros de septiembre del año 2000, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces cardenal Ratzinger, hizo público un documento sobre la «Unidad y universalidad salvadora de Jesucristo y de la Iglesia» que el mismo Ratzinger resumió: «Salvezza solo nella Chiesa cattólica»; y el que fue secretario de ese dicasterio vaticano, monseñor Bertone, simpático del fútbol y actual secretario de Estado, mandó a todos los fieles «un asentimiento definitivo e irrevocable por ser propuesta de infalible magisterio». Los de otras religiones e iglesias y los ecuménicos de la nuestra, que tanto escribieron y rezaron por la causa, se consternaron. Cierto que el Vaticano II fue el Concilio del Ecumenismo y cierto que ese Concilio, para evitar el relativismo y a petición expresa de Pablo VI, dijo que la Iglesia católica era la única religión verdadera. Tanta certeza demuestra el bizantinismo y galimatías con el que la Iglesia trata estas cuestiones. Ante la única salvación posible lo demás, de verdad, es accesorio, Estado incluido.

Del reciente e interesante documento de la Conferencia Episcopal española «Orientaciones morales ante la situación actual española», quedémonos, por ahora, en los parágrafos 62, 63 y 64 sobre el «Respeto y protección de la libertad religiosa». En el 62 se afirma por una parte la aconfesionalidad sancionada por la Constitución de 1978 y por otra la laicidad de las instituciones civiles, lo cual queda muy confuso; el resto del parágrafo teoriza, a mi juicio, correctamente sobre el Estado laico; y tan correctamente que recuerda al «Informe de la Comisión de Reflexión sobre la aplicación del principio de laicidad en la República», remitido al presidente de la República francesa el 11 de diciembre de 2003, que reitera el principio constitucional francés de laicidad con sus exigencias: la neutralidad del Estado, la igualdad y las libertades de conciencia y culto.

El parágrafo 63 comienza: «Ésta es la figura recogida y descrita por la Constitución española en su artículo 16».¿Qué figura, la del Estado aconfesional o la del laico? ¿Otro galimatías? Los señores obispos me han finalmente convencido de aquello que siempre consideré: la Constitución española de 1978 sanciona el Estado laico, resultando forzadas las exigencias que en ese mismo parágrafo se demandan al Estado -la última de dineros-. No seamos optimistas: el problema, más que en saber cómo denominamos al Estado, está en fijar los contornos precisos de actuación del Estado laico ante problemas concretos. Ahora quiero dejar prueba de mi respeto y admiración por tantos católicos, ciudadanos sacerdotes o seglares, correligionarios míos, que, por fidelidad al Mensaje evangélico realizan labores insuperables en beneficio final de toda la sociedad, la civil y la política.

Incidentalmente y con respeto de fiel, termino lamentando que en un texto eclesiástico importante se emplee el etcétera (parágrafo 63), que es, con frecuencia y en el mejor de los casos, recurso de vagancia expresiva. Con menos respeto, por el contrario, lamento que, escribiendo en el parágrafo 64 sobre «prácticas tan inhumanas», se incluya como primera a la promiscuidad, unida por una «y» nada menos que con los abusos sexuales.

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