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Los obispos que odian a los gays

Parafraseando a Carlos Monsiváis, a los obispos de la Iglesia Católica mexicana les está sucediendo algo que nunca previeron: o no entienden lo que está pasando o ya pasó lo que habían entendido. Hace dos décadas era inimaginable en un país de fuerte tradición católica que existiera una discusión como la que se dio en estos días en la Suprema Corte de Justicia de la Nación para avalar la constitucionalidad de las parejas del mismo sexo, de sus derechos similares a los del contrato matrimonial y de la posibilidad de adoptar hijos.

          Ante la contundente derrota jurídica –ayer nueve de los 11 ministros respaldaron la constitucionalidad de la adopción por parte de matrimonios lésbicos o gays–, la reacción de los obispos fue furibunda. No defienden sus creencias, sino exhiben sus prejuicios. No muestran caridad alguna, sino una homofobia cerril. No argumentan, simplemente acusan sin prueba alguna. No tratan de convencer, sino de intimidar con un infierno que sólo existe en su mala conciencia.

          Las palabras del cardenal Juan Sandoval Iñiguez lo retratan de cuerpo entero: “Los ministros de la Corte fueron maiceados por Marcelo Ebrard para avalar la adopción de menores por parte de matrimonios del mismo sexo”. Es decir, para él debatir sobre la constitucionalidad de los derechos de parejas gays o lésbicas no es una discusión jurídica, sino un acto de corrupción, que le ha valido un emplazamiento por parte de las autoridades del Distrito Federal y una censura de los ministros de la Suprema Corte.

          “No sé si a alguno de ustedes les gustaría que lo adoptaran un par de lesbianas o un par de maricones. Creo que no”, abundó con tono apocalíptico. ¿Acaso ignora el señor Sandoval que la mayoría de las personas con orientación homosexual, lésbica, bisexual o transgénero se formaron en hogares heterosexuales? ¿Será que su examigo Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo se dedicó a abusar menores y a tener prácticas homosexuales o bisexuales porque fue adoptado por un par “de maricones” como le gusta decir con toda la carga de discriminación? Aquí no hay argumentos; simplemente la exhibición de una gran ignorancia que se encubre en una pobreza de lenguaje extrema.

           Pero la imaginación de don Sandoval Iñiguez es ilimitada: “No es natural, claro que no. Imagínate a la pobre criatura que esté allí: ¿a quién le dice papá y a quién le dice mamá? Cuando los vea en sus prácticas, pues él también se va a pervertir, va a seguir ese camino”. Supone el cardenal de Jalisco que todos los niños son vouyeristas. ¿Qué habrá sucedido con las personas gays o lesbianas? ¿Será que se escondían en un clóset y no entendieron cuáles son las “prácticas naturales”?

          Para hacerle segunda, el vocero de la Arquidiócesis de México, Hugo Valdemar fue un poco más astuto. Su homofobia se disfrazó con una comparación al crimen organizado, como si ambos formaran parte de peligrosos cárteles de la inmoralidad.

          “El (Marcelo Ebrard) y su gobierno han creado leyes destructivas de la familia, que hacen un daño peor que el narcotráfico. Marcelo Ebrard y su partido, el PRD, se han empeñado en destruirnos”, afirmó Valdemar.

           El vocero del cardenal Norberto Rivera, quien por ahora ha guardado silencio público, hizo la siguiente reflexión frente al debate de los ministros:

“La Suprema Corte está para hacer justicia y tal parece que no cumplió con su labor, porque debió haber prevalecido el bien superior del niño, que tiene derecho a tener un padre y una madre, y no el supuesto derecho de estas parejas de poder adoptar”.

           Justamente fue la preocupación por el bienestar de los infantes lo que motivó a varios ministros a tener una posición muy distinta a los prejuicios de quienes, por cierto, administran orfanatos y nadie los ha acusado de “antinaturales”.

          La ministra Margarita Luna Ramos lo dijo con contundencia: “El problema de la adopción no es un problema de género, sino de personas idóneas para la integración de los menores”. Incluso, la ministra advirtió sobre los posibles fenómenos de discriminación en las escuelas, pero fue más optimista que apocalíptica:

          “Puede haber cierto rechazo para alguno de los niños, no lo podemos dejar de reconocer, pero estos son fenómenos de transición que tienen que darse dentro de nuestra sociedad y son precisamente producto de su misma evolución, y toda evolución tiene un comienzo que se da por lo regular a través de una ley que reconozca una realidad”.

           Esta es la realidad que no quieren admitir los jerarcas católicos: sectores crecientes de la sociedad han cambiado de una manera contraria al dogmatismo de El Vaticano en materia sexual. Cada vez hay mayor aceptación y apoyo a aquellas familias formadas sólo por la madre o por el padre, y existen parejas del mismo sexo que funcionan igual o mejor que los modelos heterosexuales. Su preocupación no es la orientación sexual, sino el reconocimiento de sus derechos civiles.

           Al día siguiente de la votación de la Suprema Corte, la Conferencia del Episcopado Mexicano emitió un comunicado para respaldar a Sandoval Iñiguez y al vocero de Norberto Rivera. Para el organismo que aglutina a los más de 100 obispos mexicanos, existe “intolerancia” ante las opiniones de los ministros católicos.

          Los obispos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Avala la CEM las afirmaciones de Sandoval? ¿Realmente creen que expandir los derechos civiles en el Distrito Federal es más peligroso que el narcotráfico? ¿Cuántas fosas comunes morales se requieren para mandar al infierno a quienes no piensan como ellos?

          La jerarquía está enferma de odio. Y ese es el principal problema frente a un debate jurídico y moral como el que se ha generado. Nadie discute el derecho de los creyentes católicos a estar en contra de las parejas del mismo sexo y su posibilidad de adopción. Lo que se discute es que ellos no tienen ni la autoridad civil ni la credibilidad social para imponer sus criterios y su uniformidad moral a todos hombres y mujeres que viven de forma diversa, por minoritarios que sean.

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