Entre el asombro y la suspicacia

Esta podría ser la frase más respetuosa del estado mental en que se encuentra la ciudadanía viendo lo que sucede en la calle. Una expresión menos educada diría que ese sería el enunciado más ajustado con la mala hostia que nos produce el conocimiento de ciertos hechos, protagonizados por representantes políticos y jueces de este país.

Este asombro -como derivado que es de sombra-, nos apabulla y nos oscurece, nos deja con el ánimo encogido y con un mal regusto en el cuerpo que seríamos capaces de cagarnos sin descanso en los causantes de este infortunio. ¿Desde cuándo en este país no nos asombramos para bien contemplando actos heroicos, honrados y responsables protagonizados por un representante público de nuestra especie?

De la palabra suspicacia -sospecha-, poco  diré que  no sepan. Se trata de esa fuerte tendencia que habita en el cerebro humano y que nos lleva a desconfiar y sospechar de los demás y a ver intenciones ocultas y perversas incluso en unos “buenos días, tenga usted”.

Si ya de por sí el ser humano es propenso de forma innata y cultural a cultivar la desconfianza hacia los demás, ¿qué grados de intensidad no alcanzará esta cuando su foco de atención es el político del otro bando? Bueno, es que ni siquiera hace falta que sea de la otra bancada. ¿Acaso no han visto la cara de perro con que se han mirado Casado, Cospedal y Santamaría en sus primarias electorales de chichinabo? Han superado con creces la miradas torva que Susanita Díaz le reglaba a Sánchez, cuando este la barrió del panorama directivo nacional del PSOE.

La suspicacia existente entre la clase política ha alcanzado tal grado de violencia que uno se maravilla al comprobar que estos políticos puedan mirarse a la cara cada vez que se ven en los pasillos del Congreso y no asesinarse por la espalda. ¡Qué manera de cultivar la hipocresía, la astucia y la duplicidad de sentimientos!

Pero seamos más precisos y pongamos algunos actos detrás de las palabras.

Nadie negará que causa un asombro que te deja obnubilado que el Tribunal Supremo multe con 4000 euros a Europa Laica y al Movimiento Hacia una Europa Laica (MHUEL) en concepto de pago de costas por el juico entablado por estas entidades contra el Ministerio del Interior, quien en su día otorgó la Medalla de Oro al Mérito Policial, con carácter honorífico, a favor de Nuestra Señora María Santísima del Amor.

Para alucinar. A quienes se esfuerzan por hacer cumplir la Constitución, en este caso la vertiente aconfesional que marca el artículo 16.3, el Tribunal Supremo, no solo acepta que se concedan medallas a seres extraterrestres sin DNI, es decir, sin personalidad jurídica, sin mérito alguno verificable y empírico, sino que a quienes cuestionan jurídicamente este irracionalismo y superstición de ojete y ombligo, los empapela con una pedregada de 4000 euros.

¿Cómo es posible que el ciudadano no se rebote, no considere que se la están dando por el tafanario al menor descuido y, sobre todo, que perciba en el ambiente un tufo repugnante, un olor a podrido de ciénaga que enturbia cualquier atisbo de esperanza y de mejora de la vida?

El magistrado de la Audiencia Provincial de Barcelona y miembro de la asociación Jueces para la Democracia, Santiago Vidal, también ha percibido esta fetidez y le ha asignado un origen concreto. Lo ha dicho bien claro: “Hay que tener en cuenta que una tercera parte del colectivo judicial son miembros del Opus Dei. Cuando tratamos casos de matrimonio homosexual, de divorcios, etc. ¿crees que eso no influye?”.

A lo que cabría añadir que los que no son del Opus, proceden del franquismo en un tanto por ciento considerable. Así que no extrañará que muchos asuntos judiciales relacionados con el ámbito religioso -denuncias contra el sentimiento religioso y blasfemias a lo Toledo-, sufran condenas desorbitadas, y, por el contrario, los incumplimientos escandalosos de la aconfesionalidad por parte de las autoridades y de las instituciones públicas -sea participando en procesiones religiosas y manteniendo la presencia de crucifijos e imágenes religiosas en lugares públicos, lo mismo que la de capellanes en hospitales y en el ejército-, no sufran siquiera una mera reconvención penal.

De la suspicacia cabe añadir que no existe político importante que no la practique ante las decisiones de sus contrincantes. A. Rivera ha calificado como cacicada y escándalo el nombramiento de José Félix Tezanos para dirigir el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), porque es miembro de la comisión ejecutiva del Partido Socialista. Teme el mochales que, a partir de ahora, las encuestas del Estado se cocinarán a favor del Gobierno. Malo sería que las guisara para el estómago insaciable del partido de Rivera.

Ni siquiera le ha dado un margen de confianza a Tezanos y esperar siquiera la próxima publicación de la encuesta realizada por el CIS para verificar in situ si Tezanos es un tonto útil como piensa Rivera que son todos los que no aplauden a Rivera.

En cualquier caso, y dado que tanto le preocupa la pureza ideológica de quienes dirigen el entramado institucional público de este país -pagado por los ciudadanos-, exija Rivera en el Congreso que se investigue cuál es el pensamiento político y religioso de tantos jueces, no para reformarles la mente ni abrírselas en canal al estilo Lombroso y descubrir que son devotos la Virgen de la Teta, sino, mucho más sencillo: para mandarlos al desierto del Kalahari a ordeñar alacranes.

Víctor Moreno

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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