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¿Y si el filtro burbuja somos nosotras?

Desde hace algún tiempo me pregunto, con preocupación, si la polarización política está haciendo de los medios una especie de burbujas informativas en las que hemos optado por el terreno seguro de lo conocido.

Hay un nombre propio, uno de mujer, que ya es un clásico entre las que hacemos Contexto. Ustedes podrán pensar que me refiero a Hannah Arendt: la filósofa alemana, junto a su homólogo italiano Antonio Gramsci, es la referencia más citada por los autores de la revista (¿creerán que si no mencionan a alguno de ellos no les publicamos?). Pero no, hablo de otro nombre al que recurrimos cuando andamos escasas de lectoras: “Mueve Fenton en Twitter”, comenta alguien con guasa. Ella, Natalie Fenton, es activista y profesora de Comunicación en Goldsmiths, University of London, y el penúltimo día de 2015 –nuestro primer año de vida– la conocimos gracias a una entrevista que firmó Joan Pedro-Carañana. Aquella interesante charla terminó convirtiéndose en unos de los textos más leídos en la historia de la revista, y también en una guía para entender cómo ya entonces los algoritmos determinaban nuestra vida digital. Les animo a que la lean o la relean, aunque para lo que aquí nos atañe sirva este fragmento:  

“Lejos de aumentar la participación política de todos, Internet crea guetos políticos de los que ya están bien informados; afianza las desigualdades que existen offline. Esto me sucedió durante las elecciones del Reino Unido, donde me dejé seducir por esta idea de que en la tuitesfera y en Facebook todo se sentía bien, había un montón de buenos debates, se sentía cómo la izquierda iba ganando terreno. Pero, por supuesto, todo lo que estaba haciendo era hablar con mis amigos. Había una comunidad muy cerrada –aunque bastante grande– que me creó la ilusión de que algo muy diferente estaba pasando ahí fuera. Al final, la elección general trajo otros cinco años de un Gobierno socialmente conservador y económicamente neoliberal. Este es el verdadero problema de los nuevos medios, son muy seductores. Es agradable y reconfortante expresarnos dentro de nuestras propias comunidades. Pero son comunidades cerradas y se están cerrando cada vez más”.

Creo que no hemos conseguido entender qué ha pasado, por qué una parte tan enorme de los ciudadanos de Madrid terminó votando a Ayuso

Fenton hablaba fundamentalmente de los filtros burbuja, de cómo los grandes sitios de internet crean entornos afines que pueden alterar nuestra percepción de la realidad.  Un año y medio después, publicamos un amplio análisis tras la llegada a España de The Filter Bubble. What The Internet Is Hiding From You (Penguin). Su autor, Eli Pariser (Maine, Estados Unidos, 1980), había investigado “cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos”, y los firmantes del artículo –yo misma, y mi compañero José Luis Marín– lo interpretamos en paralelo al mundo feliz que Aldous Huxley recreó en 1932: una sociedad sometida por la ciencia a la satisfacción plena. (¿Recuerdan el soma? “Medio gramo para una de asueto, un gramo para fin de semana, dos gramos para viajar al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la Luna”). 

Ayuso arrasó en las elecciones a la Comunidad de Madrid. Ganó en Getafe, Móstoles, Leganés, Parla, Coslada, Alcalá de Henares y Fuenlabrada, históricos feudos socialistas, y consiguió un hito: fue la primera vez en unas autonómicas que el PP obtuvo más votos en Puente de Vallecas que ningún otro partido. Lo hizo, además, con una participación récord. Hasta ese momento, sólo Alberto Ruiz-Gallardón, en 1995, había logrado superar el umbral del 70% de movilización. 

Que la presidenta de la masacre en las residencias de mayores, los menús de comida basura para los niños más vulnerables, los contratos millonarios a dedo, o el desprecio por lo público ganaría las elecciones estaba descontado desde que anunció el adelanto electoral en marzo. Pero que lo hiciera por esa diferencia abrumadora con una participación tan alta no era una opción. O no queríamos que lo fuera. 

En los minutos previos a que se conociesen los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre de 2016, los seguidores de Hillary Clinton seguían mostrando un convencimiento acérrimo en la victoria de su candidata. Lo deseaban, sí, pero además su filtro burbuja digital se encargó de que esa fuese la realidad que veían en sus redes hasta el último instante. Finalmente, Donald Trump ganó las elecciones, y los medios se fueron llenando de análisis sobre noticias falsas y complejos entramados de hackeo que, según contaban, habían favorecido la victoria del peor presidente de la historia.  Responsabilizar a los bots rusos era más fácil que entender cómo casi 63 millones de personas se habían decantado por un candidato así. Nosotras intentamos explicarlo con estas trece entrevistas en vídeo

Corremos el riesgo de mirar siempre al mismo sitio y de que los trumpistas sigan ganando elecciones al otro lado de nuestras convicciones

Podemos culpar a Facebook, Twitter o a Google de orientar gran parte de los contenidos que recibimos cada día, incluso de limitar nuestra capacidad crítica a costa de evitarnos lo que no nos gusta. Y no sin razón. Para que se hagan una idea de hasta dónde llega el control de la información, la empresa propietaria del gran buscador de internet ha logrado que dos de cada tres personas obtengan lo que buscan en su página de resultados, sin necesidad de ir a ningún otro sitio. Zero click lo llaman. Pero hay una parte de esos entornos seguros, en los que nuestras preferencias, fobias y filias se ven reforzadas, que son responsabilidad personal. Y aquí es donde quería llegar, porque desde hace algún tiempo me pregunto, con preocupación, si la polarización política está haciendo de los medios una especie de burbujas informativas en las que le damos vueltas a los mismos asuntos con voces similares, si hemos optado por el terreno seguro de lo conocido. 

Reconozco que esta desazón me acompaña con más intensidad desde esa victoria tan extraordinaria de la discípula más aventajada de Trump. Creo que no hemos conseguido entender qué ha pasado, por qué una parte tan enorme de los ciudadanos de Madrid terminó votando a Ayuso. A pesar de todo. Y he leído decenas de análisis, los de CTXT y muchos de fuera, y apenas tengo retazos para componer una imagen nítida. Podemos culpar a Pablo Iglesias de todas las pestes del mundo (lo bueno de irse es que hasta Anson te defiende en prime time), como a los robots de Putin, pero ojalá fuese tan fácil. Ojalá esto no tratase de miedo, pobreza, pertenencia, racismo o xenofobia. Ojalá esto fuese un hecho aislado, un efecto secundario de 26 años de gobierno del PP, y no una ola totalitaria que va ganando poco a poco terreno a la democracia. Les diré que uno de los textos más clarificadores sobre el voto en Madrid es, a mi juicio, el que escribió Cristina Martín Gómez, una vecina de Usera. Sus realidades me parecieron las más reales.  

Compartimos una serie de certezas que pueden ser válidas para contar el mundo, pero no suficientes. Vivimos en esferas mucho más pequeñas de lo que creemos. Y necesitamos mirar más allá, y que mire mucha más gente para que consigamos ver mejor. Y después luchar. CTXT no puede convertirse en una burbuja. Y por eso les pido ayuda, porque corremos el riesgo de mirar siempre al mismo sitio y de que los trumpistas del mundo sigan ganando elecciones al otro lado de nuestras convicciones. 

No quiero decirles que debamos aparcar certezas, sino analizarlas, valorarlas y sumar las que sean necesarias

Con esto no quiero decirles que debamos aparcar certezas, sino analizarlas, valorarlas y sumar las que sean necesarias. Yo tengo algunas, como que nuestros padres no vivieron mejor que nosotras. De ellas, de las madres, ya ni hablamos.  Y sí, claro, siento nostalgia de la plazoleta de tierra en la que jugaba de niña, porque tenía padres, la vida era casi nueva, todo era más sencillo, y yo no arrastraba las mochilas de los años. Pero después recuerdo que para ir al ambulatorio necesitaba cruzar media ciudad, porque en mi barrio de trabajadores de Astilleros no había médicos; y que hasta los 9 años fui a un colegio alejado de casa porque en mi barrio, llenito de niños, tampoco había una escuela.

En el capítulo XVI de Un mundo feliz hay un diálogo entre John el salvajey Mustafá Mond, interventor mundial de Europa Occidental. En esa conversación, el primero pregunta: “¿Por qué, en lugar de esto, no les permite leer Otelo?”. A lo que el segundo responde: “Ya se lo he dicho: es antiguo. Además, no lo entenderían”.

Yo me he empeñado en abrir mi foco. Hasta he empezado a leer a Juan Manuel de Prada. Por si acaso. Lo han puesto de moda.

Cuídense mucho, sean felices y ayuden a que CTXT mire y escuche cada vez mejor. Aquí les dejo el correo de la redacción (textos@ctxt.es). Cuenten sus mundos. Y gracias, siempre, por estar al otro lado.

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