Urgente necesidad del diálogo entre civilizaciones

El autor reproduce el "Llamamiento espiritual de Ginebra" y plantea que ante la violencia con raíces religiosas es urgente el diálogo de "civilizaciones" musulamna y occidental. Se confunde una vez más civilización y religión. El verdadero diálogo debe partir de una base común como aporta la laicidad, mediante el respeto a la libertad de conciencia -incluida la religiosa-, y la separación de estas creencias de la organización política de las sociedades y los Estados.

Llamamiento Espiritual de Ginebra

"Para que las religiones o convicciones personales, a las cuales somos fieles, tengan en común el respeto a la integridad de la humanidad.

Para que las religiones o convicciones personales, a las cuales somos fieles, tengan en común el rechazo al odio y a la violencia.

Para que las religiones o convicciones personales, a las cuales somos fieles, tengan en común la esperanza de un mundo mejor y más justo.

En representación de las comunidades religiosas y de la sociedad civil, nosotros hacemos un llamamiento a los líderes del mundo, cualquiera que sea su esfera de influencia, para adherirse estrictamente a estos tres principios:

 

Es texto que antecede estas líneas fue firmado en Ginebra, el 24 de octubre de 1999, Día de las Naciones Unidas. Su iniciador fue el deán de la catedral de Saint Pierre de Ginebra, el pastor protestante William McComish. Está hoy plenamente de actualidad, debido a las graves tensiones entre el mundo árabe y los países occidentales, originadas por las publicaciones de las caricaturas de Mahoma.

La ciudad de Ginebra tiene una larga tradición de diálogo interreligioso, y se destaca por su vocación política y humanitaria. Fue sede de la Sociedad de Naciones, y hoy de la ONUG (Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra), la administración más importante de las Naciones Unidas después de la sede de Nueva York. Allí tienen también su sede muchas instituciones humanitarias.

En la catedral de Saint Pierre de Ginebra se había celebrado, justo unos meses antes del 24 de octubre de 1999, un oficio que había reunido no sólo a protestantes, católicos y ortodoxos, sino también a budistas, musulmanes y judíos. Un ejemplo que deberían seguir otras muchas ciudades en el mundo, donde conviven varias confesiones religiosas, para que, en lugar de encender la mecha de la intolerancia y el fundamentalismo, se llevaran a cabo acciones como éstas del Llamamiento de Ginebra. ¿No sería bueno para la humanidad que las diversas confesiones religiosas, tanto del mundo árabe como del mundo occidental, mostraran ese Dios de amor y de paz, en quien dicen que creen, y no el dios del odio y de la guerra?

Es verdaderamente «caricaturesco» hablar de libertad de expresión y de otros derechos, cuando no se respeta uno de los más elementales de la persona humana, como es el derecho a su individualidad y a sus creencias más profundas (por muy erróneas que parezcan a otras personas). Igualmente es un fanatismo la reacción violenta y desmedida de todos esos grupos -muy numerosos, por cierto- en los países árabes.

El Llamamiento Espiritual de Ginebra, que se dirige a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, ha sido firmado por miles de personas de diversos países y de diversas creencias. Ha sido enviado a diferentes líderes políticos y hombres de negocios, para que sirva de puente de unión entre culturas y civilizaciones diferentes y termine con los muros de separación y de enfrentamiento. Sólo ha encontrado una oposición: la de los fanáticos y fundamentalistas de todo tipo.

Este Llamamiento debería ser respetado por encima de cualquier otra creencia, como norma elemental de convivencia entre todos los seres humanos, en un momento histórico en que el diálogo y la paz (tanto externa como interna) ofrecen una dura resistencia, debido a los restos de intransigencia y de intolerancia que caracterizan aún a muchos seres humanos, y en especial (por su enorme responsabilidad) a ciertos líderes políticos. Pero la humanidad no debe olvidar que existe, en toda la naturaleza y en toda conciencia (aunque no se manifieste aún con total evidencia), una tendencia a la unión y la síntesis, que constituye la esencia de la vida misma en nuestro planeta, pues el hombre necesita, por una necesidad instintiva y de supervivencia, mantener una relación cada vez más estrecha con los seres que le rodean y con su entorno.

Por tanto, musulmanes y católicos, budistas y judíos, Oriente y Occidente, los pueblos del Norte y del Sur, deberían aprender esa lección (o quizás, esa ley inexorable) de la naturaleza, de que la evolución y el progreso deben guiarnos hacia la unidad y la síntesis y no hacia la división y la separación. Las fuerzas y las leyes de la naturaleza respetan, sin duda, nuestro libre albedrío (por eso nos encontramos donde nosotros mismos hemos decidido), pero nos advierten sobre las consecuencias si nos «salimos de madre» (entendido en todas sus acepciones), abusando de nuestros poderes y de nuestros dones, que no poseen los otros reinos de la naturaleza. Si el hombre desea continuar viviendo en el planeta, debe rechazar toda tendencia a las reacciones separatistas, y esforzarse por llegar a ser uno con las formas de vida que le rodean, y en primer lugar con sus semejantes. De ahí la inmensa responsabilidad que pesa sobre todos nuestros pensamientos y todas nuestras acciones. ¿Comienza la humanidad a percibir esta nueva realidad de nuestras vidas en el planeta Tierra? Esperemos que sí. Por eso es necesario apoyar y llevar a cabo -por encima de todo protagonismo político- la «Alianza de las Civilizaciones» que propuso el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, el 21 de septiembre de 2004 ante la 59 Asamblea General de la ONU, y que cada vez está siendo apoyada por más líderes políticos. Es preciso tomar conciencia de la urgente necesidad de unirse la civilización musulmana y la occidental, antes de que los fanatismos y la intolerancia sean irreversibles.

  1. Rechazar una invocación a un poder religioso o espiritual que justifique la violencia de donde quiera que sea.
  2. Rechazar una invocación a un poder religioso o espiritual que justifique la discriminación y la exclusión.
  3. Rechazar la explotación o dominación de otras personas a través de medios de fuerza, capacidad intelectual o persuasión espiritual, riqueza o estatus social. Inmerso en la tradición de Ginebra, de acogida, refugio y compasión, nuestro llamamiento está abierto a todos cuyas creencias estén de acuerdo con estos tres principios".
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