Una democracia que nació en la Colonia

En el primer Días de Acción de Gracias, los peregrinos celebraron por tres días con el pueblo Wampanoag. Foto: Archivo Bettmann

Los pueblos y las naciones necesitan de una épica, un relato que los ayude a sostenerse en el tiempo, para entender de dónde vienen, lo que son y, de ser posible, adónde ir. Estos relatos, si bien pudieran provenir de los hechos históricos, requieren de la ficción para tener sentido. Quizá en esto sí tenga razón Benjamín Carrión cuando, en su libro ‘El cuento de la Patria’, afirmó que “las patrias se nutren y mantienen más de la leyenda que de la historia”.

Este jueves, por ejemplo, los estadounidenses viajarán las distancias que sean necesarias para reunirse con sus seres queridos o sus amigos para comer el tradicional pavo por el Día de Acción de Gracias, que se celebra siempre el último jueves de noviembre. Es la fiesta estadounidense por excelencia, incluso más que el 4 de julio, Día de la Independencia, cuya parafernalia pirotécnica se agota prontamente.

El ‘Thanksgiving’ tiene la particularidad del encuentro íntimo alrededor de lo que se define como el nacimiento de un país autoafirmado como el del “mundo libre” y de la democracia, aunque los pueblos originarios -y no sin razón- lo consideren el inicio del sometimiento de sus antepasados y la construcción de una nación “blanca” que excluyó a los “nativos”.

El Día de Acción de Gracias recuerda la épica de los 120 peregrinos puritanos del Mayflower, que el 18 de diciembre de 1620 llegaron hasta el puerto que bautizaron como Plymouth, en lo que hoy es Massachusetts. Faltaba poco para que comenzara el crudo invierno, propio de la región que se denomina Nueva Inglaterra. El hambre, las nuevas enfermedades y la escasa experiencia de los peregrinos segaron la vida de la mitad de los viajantes. Durante varios meses permanecieron en el barco anclado hasta que pasara el frío.

El clima fue calmando su furia hacia la primavera, y el verano dio lugar a “una abundante cosecha y una buena caza de gallinetas y pavos salvajes”.
Decidieron festejar el Día de Acción de Gracias, una tradición británica que celebraba las cosechas y que data de los tiempos de la Reforma protestante, que quería, entre tantas cosas, reducir a 27 los 95 días festivos que tenía la Iglesia Católica, además de los domingos regulares. Los peregrinos del May­flower, que recibieron la ayuda del indio Squanto, quien los ayudó a conocer los secretos de la siembra del maíz, invitaron a los miembros de su pueblo, los wampanoag, a la celebración. Acudieron 90 hombres, encabezados por el jefe Massasoit, a quienes “atendimos y festejamos durante tres días”, se cita en el libro ‘Breve historia de Estados Unidos’. Muy probablemente no bebieron alcohol, porque ,“al ser puritanos, estaban en contra de la ociosidad, el juego, la bebida y el lujo”.

La religión fue, se sabe, la piedra angular de la colonización británica y de la española. Para ambas ‘migraciones’, mayormente los desposeídos en la “madre patria”, América fue la versión de la Tierra Prometida. Pero mientras los españoles creyeron que era el paraíso perdido, el pasado al que anhelaban volver, los ingleses la vieron como la tierra del futuro.

Es una diferencia no menor, porque mientras los españoles llegaron para extender el catolicismo, los británicos arribaron huyendo de la intolerancia religiosa.

“En un caso, el principio fundador fue la conversión de los nativos sometidos a una ortodoxia y a una iglesia; en el otro, la libertad religiosa. La idea de la evangelización no aparece entre los colonos ingleses y holandeses; la de libertad religiosa no figura entre las que movieron a los conquistadores españoles y portugueses”, escribió el mexicano Octavio Paz en su libro ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe’.

La conquista española era imperial: conquista y evangelización; la cruz, la corona y la espada, nos recuerda Paz; en cambio, la británica fue una empresa privada.

Los teólogos puritanos ingleses -escriben Samuel Eliot Morison, Henry Steel y William Leuchtenburg, en su ‘Breve historia de Estados Unidos’-se escandalizaban de la ociosidad como de un pecado, tenían horror del misticismo y de la vida monástica, y enseñaban que un buen hombre de negocios servía a Dios tan bien como pudiera hacerlo un buen clérigo, con tal que fuese honesto”.

Esta diferenciación nos lleva a otra aún mayor, que deriva de la conformación política de las colonias en su camino a convertirse en repúblicas. Mientras la metrópoli española se gobernaba desde un absolutismo real, en Inglaterra ya la Cámara de los Comunes tenía al menos tres siglos de existencia y servía para que el Rey no gobernara sobre sus súbditos sin al menos un respaldo de la representación popular.

Ese parlamentarismo se constituyó en el fundamento de las colonias. Comenzó en 1619 en Virginia y casi inmediatamente después en Maryland. En Massachusetts, con el May­flower, se dio en 1620.

En ese momento, la corona británica no tenía casi ascendencia alguna en América. Recién en 1624 intervino la Corona en la Compañía de Virginia, que financió los viajes a este territorio en el centro de la costa atlántica estadounidense. Al fracasar la empresa por la pésima administración de Edwin Sandys, líder opositor en la Cámara de los Comunes, y los conflictos entre los accionistas, la realeza británica decretó que Virginia sería su colonia y se aprovechó de la venta del tabaco, que crecía en el mercado mundial.

“Pero no por ello perdió las conquistas que había alcanzado en cuanto a régimen autónomo. La asamblea, las salas de justicia y otros organismos de gobierno local (…) siguieron vigentes. Solo que ahora el gobernador y el consejo eran nombrados por el Rey (… que) intervino en los asuntos interiores de la colonia menos de lo que había hecho la compañía (de Virginia), se afirma en ‘La breve historia de EE.UU’.

Maryland, por ejemplo, fue fundado por George Calvert (Lord Baltimore), que quiso crear un refugio para los católicos ingleses. Pero la mayoría de los que llegaron eran protestantes. Su hijo heredero, Cecilius, logró que la Asamblea aprobara la Ley de Tolerancia religiosa en 1649, aunque se derogó por la victoria protestante en la guerra civil local de 1654.

Y en Filadelfia, Pensilvania, se escribió la Carta de Gobierno en 1682; en 1699, la Carta de Privilegios sirvió como Constitución de la provincia hasta 1776, cuando comenzó el proceso independentista.

No fue el Mayflower el inicio de la colonización y ni siquiera el primer lugar donde se firmaría en una asamblea la carta política. Pero es el hecho que sirvió para la definición de EE.UU. y su verdadera tradición: el futuro. Como dijo William Bradford, líder del May­flower, “ahora la fe es la sustancia de las cosas esperanzadas, la evidencia de lo invisible. Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sarah… Todos ellos murieron en la fe confesando que eran extraños y peregrinos. Ellos merecían un mejor país, uno bendito, donde Dios no sea avergonzado de ser llamado Dios”.

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