Un rosario de abusos

EL rosario de abusos a menores por parte del clero ha dejado caer una de sus cuentas en Euskadi. Ahora el cordón está suelto y muchos temen que se deslicen más. Expectantes, reconocidos teólogos y religiosos condenan enérgicamente estos hechos y ponen sobre la mesa de debate la revisión del celibato.

"La noticia de esta semana es sólo una ola del tsunami de abusos que creo está por llegar a Euskadi". Con estas catastrofistas palabras, José Ignacio Calleja, profesor de Moral Social Cristiana en la Facultad de Teología de Gasteiz, vaticina que la Iglesia católica seguirá destapando nuevos episodios de abusos sexuales cometidos por sus integrantes a niños. Los casos de pederastia en el ámbito religioso que han alcanzado ya a Euskadi son para él, sólo la punta del iceberg. "Es un oleaje que no ha alcanzado todavía su destino. Después de todo lo que ha trascendido, suponíamos que iba a llegar". "La Iglesia va a tener que entrar a saco a investigar la trayectoria de todos los implicados y a explicar por qué se ha consentido o se ha callado y por qué se ha castigado de forma tan queda. Yo entiendo que hay que facilitar al máximo las investigaciones, ser transparente y, por supuesto, asumir responsabilidades", afirma rotundo.

A su juicio, lo peor es la existencia de una amplia trastienda de consentidores. "Hay que ser justo, pero severo y la verdad es que mucha gente ha llegado muy arriba ocultando eso", asegura. Considera que va a costar mucho reponerse de un escándalo que el Vaticano ha cifrado en 3.000 casos sobre 400.000 eclesiásticos en todo el mundo. "Con estos datos no se pueden hacer interpretaciones blandas o alambicadas del asunto", sentencia. Sin embargo, este sacerdote que imparte catequesis en Gasteiz confirma que "de cerca no he detectado nunca ningún comportamiento inmoral en la Iglesia vasca". "En mi entorno no he constatado esa doble moral ni esas conductas, otra cosa es la homosexualidad, que es algo personal que cada uno vive como quiere. Es más, lo que he detectado es que los padres nos entregan a sus hijos con confianza".

Aboga por una intervención rigurosa ya que, a su juicio, muchos de los que han hecho carrera eclesial han tapado o mirado hacia otro lado. Señala así directamente al primado irlandés, el cardenal Sean Brady, que se ha negado a dimitir a pesar de ser sacerdote y maestro en Kilmore cuando, en 1975, sus superiores le encargaron que entrevistara a un niño y a una niña, víctimas de los abusos del padre Brendan Smyth. Calleja alude también al escándalo que ha salpicado al hermano de Benedicto XVI, Georg Ratzinger, en la época en la que dirigía el coro de la catedral de Ratisbona. En este sentido, resalta la tibieza en abordar el escándalo por parte de la jerarquía y pone sobre la mesa el hecho de que en el Derecho Canónico este delito prescriba a los diez años.

Tampoco le vale otro socorrido argumento como el del celibato. "Eso es simplificar la cuestión, lo que es necesario es discutir cómo se aborda la sexualidad de las personas consagradas a la Iglesia porque cuando la sexualidad es algo prohibido, se presta a que salga lo peor del ser humano. Si a la inmoralidad del pedófilo unimos el celibato esto no facilita encarar el problema". Aunque Calleja plantea otra espinosa cuestión. "Puede ocurrir que muchas personas encuentren en la Iglesia un refugio para encubrir su problema porque la situación de poder y confianza les facilita la relación con los pequeños".

Las condenas son unánimes y Rafael Aguirre, catedrático de Teología de la Universidad de Deusto, no duda en calificarlo como "una aberración que no se puede encubrir", por lo que asegura que con estos asuntos es necesaria "tolerancia cero". A su juicio, "el Vaticano ha llevado a cabo una política desgraciada con esa práctica de traslado de parroquias. Todos nos preguntábamos si habría aquí casos tras conocer las denuncias de Estados Unidos, Irlanda o Alemania", reconoce. "Para mí habría que analizar el tema desde un punto de vista psicológico, al tiempo que convendría analizar hasta qué punto el celibato puede favorecer los abusos".

El teólogo José María Castillo, a quien Ratzinger retiró el plácet de la jerarquía como catedrático de Teología en Granada por sus opiniones, abunda en la misma idea. Asegura que "la única religión que queda en el mundo exigiendo a sus ministros la obligación de renunciar al matrimonio es la católica. Además, también es la única religión que se ve en la penosa situación de soportar tantas denuncias de curas que cometen abusos. No puede ser mera coincidencia", concluía.

Julio Pérez Pinillos, un cura obrero de Vallecas, que admite conocer casos de curas heterosexuales que mantienen relaciones consentidas con adultos, considera que "tenemos una jerarquía endogámica sin contacto con sus bases y la sociedad no entiende qué intereses hay para no sacar a la luz casos que todo el mundo conoce".

Pérez Pinillos -que está casado- afirma que "el celibato cierra el camino normal de vivir la sexualidad y la Biblia no apoya el celibato impuesto", subraya. De la misma opinión es Emi Robles, presidenta de la Fundación Proconcil, quien incide en que ya no se sostiene el argumento de que ministerio sacerdotal y celibato van unidos. "Si se revisase eso, combatiríamos la escasez de sacerdotes y conseguiríamos disminuir los abusos a menores".

Excusas y Silencio Las excusas de quienes mantienen los labios sellados han sido variadas. Primero no querían pronunciarse porque los casos de pederastia salpicaban lejos, en Irlanda o Alemania, y ahora que se ha destapado uno en Euskadi tampoco parecen tener nada que decir. Mientras el Obispado de Bilbao guarda silencio e insta a los medios a llamar a la Congregación San Viator, a la que pertenece el presunto pedófilo, la Conferencia Episcopal se limita a remitirse a las declaraciones del Papa, quien el pasado febrero condenó duramente la pederastia en el clero, afirmando que "los que escandalizan a los pequeños merecen que les cuelguen una piedra de molino al cuello y los tiren al mar".

Más apegados a los feligreses de a pie, otros miembros de la Iglesia vasca, como el rector del santuario de Begoña, Jesús Garitaonandia, no dudan en rechazar sin paliativos "estas barbaridades". Entre dolido e indignado -"estos casos me afectan mucho porque soy cristiano"-, este cura asegura que es incapaz de leer "la letra pequeña" de estas noticias. "Me dan hasta náuseas porque no se trata sólo de la debilidad que hayan podido tener, que ya es muy condenable, sino que además se están regodeando en el mal, tomando vídeos. Me parece de los más deshonroso y deshumanizante", censura.

La reprobación del agresor deja paso a la solidaridad. "A las personas que han sido abusadas, que pueden ser niños, adolescentes o jovencitos, les queda un lastre, una carga para el día de mañana psicológica y moralmente, que es algo terrible. Eso no se arregla con pagarles tanto dinero, eso tiene unas consecuencias gravísimas, con lo cual me deja una pena horrorosa", confiesa Garitaonandia. Sin temor a decir lo que piensa, este popular sacerdote no rehuye explicar por qué a veces las altas instancias optan por el silencio. "Por una parte, puede ser que os tengan miedo a los periodistas, que a veces tergiversáis nuestras palabras, y por otra, no quieren mojarse", comenta.

En algunas ocasiones la omisión se antoja encubrimiento. De hecho, han trascendido casos en los que, al parecer, los superiores jerárquicos optaban por trasladar de destino a los presuntos pederastas en vez de denunciarlos. "Puede que en algún tiempo algún obispo, con la mejor voluntad, haya creído que echándole una mano y poniéndolo en otro cargo, sin tratar con niños, la cosa se iba a arreglar, pero como esta inclinación sigue, eso ya no se puede borrar, porque estos son delitos no sólo religiosos y morales, sino de tipo civil", subraya el rector de Begoña, quien considera que "hoy en día difícilmente se puede actuar tapando, por todas las consecuencias gravísimas que recaen en esos jovencitos y en las familias que han sufrido".

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