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Un pin parental necesario

Los niños no tienen culpa de las miserias de sus padres, pero al igual que un alumno sin vacunar es un peligro para el resto, lo es también un alumno que contagie machismo, homofobia o racismo en la escuela.

La hija de una amiga anunció con cinco años que colgaba las botas. Ya no jugaría más al fútbol en los recreos del colegio, explicó con solemnidad un día al llegar a casa despidiéndose a lo palco del Bernabéu. El fútbol es de niños, les explicaba la chiquilla a sus padres confusos que, sentados en primera fila de la rueda de prensa, observaban cómo en una sola mañana se había derrumbado el trabajo de años de educación en igualdad, el trabajo de años construyendo un entorno libre de machismo en casa. Al parecer, un compañero de clase le había abierto los ojos con un argumento de peso: las niñas que juegan al balón son marimachos. Se ve que en casa del crío se lee la revista Science.

Viktor Orbán ha aprobado en Hungría la misma ley que Vox pretende para España, la que impide que a los niños se les hable de homosexualidad en las escuelas. Pin parental, lo llaman los de Abascal por aquí sin disimular las referencias claras a un mando a distancia con el que programar al crío desde la comodidad del sofá. Como el resto de la extrema derecha europea, los ultras españoles andan preocupados con la idea de que alguien pueda adoctrinar en tolerancia, respeto o igualdad a sus hijos sin su consentimiento. Esta preocupación ultraderechista ha ocupado el debate público en los últimos tiempos y muchos hemos entrado al trapo de discutirla sin caer en la cuenta de que igual eso del pin parental no es un asunto tan disparatado si se aplica en la dirección opuesta: ¿y si necesitamos con urgencia un pin que impida que los prejuicios que traen de casa los hijos de Vox salpiquen al resto de la escuela?

No hay un solo niño sin corromper al que le preocupe la sexualidad, la raza o los gustos de otro. Los niños carecen de prejuicios. La homofobia, el racismo o el machismo son maletas tóxicas que se cargan en casa y se difunden en la escuela por contagio. Cuando Zapatero aprobó allá por 2005 la ley de matrimonio homosexual, un sector de la sociedad española se levantó alarmada y muy preocupada por las consecuencias que esa ley pudiera tener en los niños con dos padres o dos madres. Sufrirán la burla del resto de compañeros, decían, y aportaban la solución: para evitar este sufrimiento infantil innecesario, lo suyo era impedir que las parejas homosexuales pudieran adoptar. Nunca, en todo aquel proceso, pusieron sobre la mesa la que hubiera sido la solución óptima: no llenar de mierda las cabezas de sus propios hijos para que así no molestaran con su homofobia a nadie en las aulas.

Quizá haya que ver la apuesta de la extrema derecha y subirla. Los niños no tienen culpa de las miserias de sus padres, pero al igual que un alumno sin vacunar es un peligro para el resto, lo es también un alumno que contagie machismo, homofobia o racismo en la escuela. Quizá haya llegado el momento de aparcar ese buenismo que –a veces con razón– la ultraderecha señala en quienes respetan los Derechos Humanos. Si usted no quiere que su hijo desaprenda en el colegio el machismo, racismo u homofobia aprendido en casa, deberá entender que su hijo no puede mezclarse con el resto de niños en una escuela cuyo fin es educar desde el respeto. Seguro que usted, que se opone a que, sin su consentimiento, sus hijos sean educados en ciertos valores éticos básicos con los que no comulga, entenderá que hay una gran mayoría de padres que se oponen a que, sin su consentimiento, sus hijos sean infectados por la minoría de la tara ultra. Quizá en Vox tengan razón y un pin parental sea más que necesario.

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