Un periodista descubre en «Santidad y poder» la lucha entre la curia y los papas

Santidad y poder es la historia de un joven que quiere ser periodista y acaba convirtiéndose, ahora que tiene 73 años, en la voz tal vez más lúcida e independiente del Gobierno de la Iglesia católica.

No es una novela, sino una autobiografía que, página tras página se transforma en la historia de la (falta de) libertad de expresión en el Vaticano y de la lucha a veces encarnizada, cruel y despiadada entre los papas y el poder de la curia. Giancarlo Zizola cuenta su historia, concreta y vivida, del poder del Vaticano, misterioso y evidente, que no es lo mismo que el poder de los papas. Retrata, con fuentes solventes y anécdotas testimoniales, las vísceras de un poder, del poder de una monarquía absoluta, cuyo aparato quiere controlar, aunque no siempre lo consigue, la mente y la conciencia de más de 1.000 millones de personas en el mundo. Y de cómo ese mecanismo resulta útil o molesto al poder de los estados.
Como cronista veterano que es, el autor no ha escrito un panfleto anticlerical, sino que describe lo que ha visto. Y lo hace a su manera, que para algunos será, quizá, un tanto retórica y poco adecuada al lenguaje de la información moderna. A pesar de ello, las 600 páginas del texto se convierten en una lección de periodismo para quienes intenten transformarse en auténticos vaticanistas, sin transformarse en esa especie de "informadores-sí-señor" que pulula por la sala de prensa del Vaticano. O para quienes en las redacciones de los diarios arremeten contra la prohibición papal de usar condones sin conocer las luchas intestinas de cada decisión papal.
Santidad y poder, reza el título, que bien podría ser El poder de la curia contra la Iglesia. Pero eso el profesor Giancarlo Zizola no puede escribirlo porque es un católico convencido, por más que reivindique su libertad de expresión frente a un Vaticano que a lo largo de su carrera profesional ha intentado silenciarlo y marginarlo.Tal vez con la complicidad de los políticos, de los editores o incluso de periodistas-espías, ya sea del Vaticano o a sueldo de sus gobiernos. No importa si estaban lejos, como la agencia franquista Pyresa, que consideraba al Vaticano como intocable y que, en un alarde de ser más papista que el Papa, le escribió: "Quien relata hechos desagradables o reivindica que los valores van por delante de las instituciones, es un cómplice".
Zizola, único vaticanista presente en los funerales del abad Aureli Escarré, dice lo que puede decir con libertad pero sin cargarse a la institución: "Este autorretrato es también la historia de una oposición contra los imperativos de la información oficial y quiere contribuir a despertar en una opinión pública adormecida el fenómeno sutil de la intolerancia a la información independiente".

El tándem Ratzinger-Wojtyla
Zizola habló para distintos diarios y revistas del Vaticano de los últimos cinco papas, a quienes conoció. Algunos, como Pablo VI, le utilizaron, con estratagemas dignas de las intrigas de un imperio, para desbaratar los planes de la curia contra la celebración del concilio Vaticano II, en primer lugar, la línea a seguir después y sus conclusiones finales. Otros, como el tándem Ratzinger-Wojtyla y después Ratzinger solo, intentaron restaurar un catolicismo previo al concilio. "Criticar las instituciones de la Iglesia y las políticas no es heroísmo o anarquismo, sino una función normal", escribe.
"Un grupo de cardenales lo ve todo negro y bloquea cualquier evolución" (de la iglesia), le explica un día una eminencia de la curia. "Después de la ofensiva de Juan Pablo II contra la Teología de la Liberación, el Papa trae a Roma a los obispos más conservadores", constata. "Ratzinger transforma la teología en poder", cita.
"Un golpe". Así califica lo que sucedió en el Vaticano en los últimos días de vida de Karol Wojtyla. En las páginas aflora continuamente que la figura y la forma de ejercer de los papas no puede seguir así. "O ejercen solo durante un tiempo o se reforma el régimen de monarquía absoluta", escribe.
Giancarlo Zizola se da cuenta de que es mayor y de que la sociedad tiene una memoria corta. Por eso pide que "hay que darse prisa en restablecer los contornos de algunos hechos antes de que sea tarde". Sin perder de vista que "la información estorba siempre a la autoridad", como dijo un cardenal.

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