Un misionero se enfrenta a 36 años de prisión acusado de abusar sexualmente de dos menores de edad

La ausencia de una de las víctimas, que tendrá que comparecer como testigo, obliga a aplazar la vista hasta el día 28

La Sección Primera de la Audiencia de Granada ha acogido este martes el juicio contra un misionero de Granada acusado de someter a abusos sexuales a dos niños menores de edad, “aprovechándose de su relación de confianza y de su credibilidad social y fama pública como religioso caritativo”, hechos por los que la Fiscalía reclama para él un total de 36 años de prisión.

El inculpado, de iniciales A.J.R.O., suspendido de sus funciones por el Arzobispado de Granada, ejerció de profesor de Religión en tres institutos públicos de enseñanza secundaria de la provincia y puso en marcha en 1987 una asociación benéfica para ayudar a niños de la calle de Brasil sin medios económicos.

El fiscal le atribuye dos delitos contra la libertad e indemnidad sexuales, en condiciones especialmente agravatorias por las edades de las víctimas y su situación de vulnerabilidad, y por cada uno de ellos se enfrenta a 18 años de cárcel. Además, por vía de responsabilidad civil, le pide el una indemnización de 76.000 euros a cada uno de los perjudicados, que actualmente tienen 20 y 36 años.

El primero de los casos se remonta a 1990, cuando el procesado, colaborador permanente y habitual del templo y comunidad parroquial de una localidad granadina, conoció a un menor, nacido en 1978, residente también en el pueblo, y le ofreció unirse al coro parroquial dirigido por él.

El joven, que aún no tenía cumplidos los doce años, aceptó y poco después también accedió a integrarse en una rondalla juvenil, también bajo la dirección del procesado. En ese mismo invierno de 1990 y 1991, según el Ministerio Público, el imputado encargó al menor la compra de repuestos para instrumentos de cuerda con la instrucción de que una vez hecho habría de entregarlos en su domicilio.

Una vez en su casa, el acusado supuestamente le hizo pasar al despacho, donde “entre una virtuosa oratoria sobre temas sexuales” y “llevado de instintos lúbrico” le hizo tocamientos sin que el menor “refiriese a nadie con posterioridad lo sucedido entre sentimientos contradictorios de culpa, vergüenza y temor reverencial a partes iguales entre su agresor y sus propios padres biológicos”.

Así, “animado por este silencio”, según el fiscal, éste continuó provocando encuentros sucesivos con su víctima en los que prosiguió con sus tocamientos cuando se encontraban en su casa a solas. La situación permaneció idéntica con posterioridad, hasta que en octubre de 1992, el joven tenía que trasladarse para estudiar bachillerato a Granada.

Sabiéndolo el procesado, él se ofreció a llevarlo y regresarlo diariamente “con la aquiescencia de sus padres y gracias a su credibilidad social generalizada y notabilísima fama pública como religioso muy caritativo”, que “aprovechó” para exigir de su víctima relaciones sexuales, que continuaron hasta que en 1995 el joven se decidió a negarse, amenazándole con denunciarlo, pero no llegó a hacerlo hasta el 23 de julio de 2012.

El segundo caso tuvo lugar durante 2002, cuando el denunciado, en su condición de religioso y misionero y durante su estancia entonces en zonas deprimidas del Matto Grosso en Brasil, tomó para sí y para su ayuda a la educación y formación personal, a otro menor, nacido en 23 de abril de 1994, y por tanto de ocho años.

Ya desde entonces, “y valiéndose de su ascendente como educador personal del joven”, llevado de “tan torpes como deleznables instintos” el procesado impuso a su pupilo tocamientos lúbricos (desde el año 2002) y hasta los tres años siguientes al menos, casi a diario.

A finales de 2005 o inicios de 2006, vinieron juntos a España, donde la víctima fue matriculada en un instituto de secundaria de Granada, en el que el misionero impartía clases. Los dos vivían en un domicilio de una localidad del cinturón granadino y, al cabo de un tiempo, el religioso se decidió a exigir entonces relaciones sexuales plenas a las que la víctima, “incapaz de mostrar su negativa ante el temor a perder el arraigo adquirido”, accedió.

Los presuntos abusos sexuales se produjeron entonces entre los años 2006 y 2011 hasta que el menor logró su emancipación, aunque aún entonces, “la mezcla de sentimientos de temor y vergüenza, más un sentimiento reverencial de agradecimiento interior hacia su agresor”, le impidió denunciar lo sucedido hasta mayo de 2012.

El procesado lo niega

El inculpado ha negado haber abusado de los dos jóvenes, y, con respecto al primero, ha indicado que era “uno más” de los que participaban en la comunidad en la que él ayudaba por entonces como diácono, y ha señalado que nunca se quedó a solas con él en su domicilio, donde convivía con más chicos brasileños a los que solía acoger para ayudarles.

Ha afirmado que no era normal que llevara en su coche a los jóvenes que tenían que trasladarse a Granada, y ha incidido en que normalmente solían marcharse en autobús. Además, ha apuntado que él no tenía una relación especial con la familia del menor granadino, y que sólo les llevaba lotería para que la vendieran para obtener dinero para fines sociales, lo que dejó de hacer porque no lograban ese objetivo.

Del otro menor ha explicado que fue su padre el que le pidió que se hiciera cargo de él, cuando el acusado se encontraba trabajando de misionero en una zona del Amazonas, y se lo trajera a España. Una vez aquí, el menor convivió con el inculpado en una casa junto a otros menores, pero en un periodo de unos dos años se volvió “violento”, amenazaba “de muerte a sus compañeros” y no se atenía a las normas de disciplina impuestas por la comunidad, según ha incidido el procesado.

Por ello, decidió que el joven debía volver a Brasil, lo que le causó “un shock” al chico, que siguió, según ha afirmado, escribiéndole por email para pedirle dinero y que le trajera de vuelta a España. El misionero ha indicado que desde 1990 a 2012 ha estado trabajando de la misma forma en Brasil, desde donde consiguió sacar de la calle a un total de 37 niños “recuperables”, sin que ninguno de ellos, salvo el que le denunció, tuviera que regresar a su país por mal comportamiento.

Tras su comparecencia, ha declarado como testigo el primero de los jóvenes que ha indicado que los episodios de abusos comenzaron cuando él tenía 12 años, en 1990, cuando, un día, estando con el acusado en su despacho, éste le hizo algunas preguntas de índole sexual. Ese primer capítulo dio paso a una serie de tocamientos y abusos sexuales que se produjeron, según el testigo, tanto en el domicilio del misionero, como en otros lugares, aprovechando sus ratos a solas, incluso en las colonias a las que se fue en verano el menor. Además, “tuvo la poca vergüenza” de acercarse mucho a su familia y acudía en muchas ocasiones a comer a su casa, donde, incluso llegó a tocarle por debajo de la mesa.

El joven se fue a vivir sin embargo unos años más tarde a Granada, y él confiaba en que el procesado ya no iría a visitarlo, pero no sucedió así, con lo que llegó a amenazarle con contar lo que ocurría si seguía yendo a su casa. Desde entonces, según ha explicado, no ha vuelto a tener contacto con el profesor de Religión, al que ha acusado de manipularlo “psicológicamente” siendo un niño, lo que le obligó a mantener tratamiento psicológico.

A continuación, ha sido llamado a comparecer como testigo el otro de los jóvenes, que no se ha presentado al encontrarse en Brasil. El fiscal ha pedido entonces que se agotasen todos los trámites para localizarlo, dada la trascendencia del delito que se le atribuye al inculpado, y el tribunal, que ha presidido el magistrado Jesús Flores, ha accedido entonces a aplazar la vista para intentar dar con él y citarlo oficialmente, concretamente para el próximo 28 de noviembre.

Audiencia Granada TSJA

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