Túnez: intentos fundamentalistas por impedir la democracia

Predicadores de Arabia Saudita y de Qatar llegaron a Túnez para reclutar jóvenes. El salafismo religioso se transformó a poco andar en fundamentalismo miliciano que desembocó en grupos armados

El tiroteo y la muerte de visitantes del muy famoso Museo del Bardo en la ciudad de Túnez fue un intento de acabar con el más sólido enemigo del terrorismo islámico: la posibilidad del éxito de la democracia laica en un país árabe.

El miércoles 18 de marzo, dos asaltantes, armados con fusiles Kalachnikov, tomaron por blanco a un grupo de visitantes en el estacionamiento del Museo del Bardo. El ataque terrorista terminó cuando ambos asaltantes murieron baleados por las fuerzas de seguridad.

Previamente, asesinaron a 20 turistas extranjeros y a un policía tunecino, e hirieron a otros 43 visitantes. Posteriormente, el grupo terrorista Estado Islámico (EI) reconoció la autoría del ataque.

Los dos asesinos eran de nacionalidad tunecina. Uno de ellos proveniente de Kasserine, una ciudad muy cercana a la frontera con Argelia, cabeza de la gobernación de igual nombre donde se registran frecuentes enfrentamientos entre fuerzas de seguridad y djihadistas, cuyas bases se encuentran en las alturas del muy próximo Monte Chaambi.

El ataque al Bardo tampoco resulta un acto aislado desde el registro de actividades terroristas en Túnez. El 18 de febrero, cuatro guardias nacionales fueron asesinados, precisamente en Kasserine. Tiempo atrás, 14 militares resultaron muertos como consecuencia de un ataque en el Monte Chaambi. También el asesinato político estuvo a la orden del día.

Pero el presente atentado presenta características particulares. Primero, porque los terroristas golpearon en pleno centro de la capital y no en una región periférica. Pero, además fue al Bardo, el centro de la cultura y de la historia tunecinas, algo que se debe vincular con la destrucción de los vestigios históricos por parte de EI en Irak.

En tercer lugar, porque el Bardo está yuxtapuesto al Parlamento, el emblema institucional. Cuarto porque es un ataque al sector turístico que va a incidir gravemente sobre la economía del país.

No obstante, sin duda alguna, el principal blanco es la transición democrática que Túnez experimenta. Se trata del único país árabe que emergió del proceso denominado “primavera árabe” con un sistema democrático en funcionamiento que hasta se da el lujo de contar con un gobierno laico integrado –a título partidario- por algunos elementos islámicos moderados.

Hablar de la actual Túnez, es hablar de una isla democrática en medio de un contorno que no lo es. Es por tanto, un anti modelo para el terrorismo y, sobre todo, para quienes lo financian.

De un lado de esa isla, la frontera argelina donde se refugian, casi sin ser molestados, los grupos armados que entran en Túnez, golpean y vuelven a salir. Son grupos que casi no actúan en la propia Argelia y sí lo hacen en territorio del vecino sureño, Mali, o del vecino oriental, Túnez.

Del otro lado, Libia, en plena guerra civil de la que huyeron cientos de miles de personas, de las cuales 400 mil viven ahora en Túnez.

Claro que, por “contrario sensu” el golpe terrorista del Bardo profundizó el sentimiento de unión nacional y de defensa de la democracia conquistada. La muy firme condena del partido Ennhada, segundo a nivel nacional, islámico moderado, al igual que las manifestaciones populares, así lo demostraron.

No hubo medias tintas como ocurre en otros países árabes frente al djihadismo. En Túnez, el repudio fue total.

Desde enero del 2013, Ennhada forma parte del gobierno nacional que dirige el partido laico Nidaa Tounes del presidente recientemente electo Beji Caib Essebsi. Y la condena durísima a Estado Islámico –más que condena, anatema- de Rached Ghannouchi, el jefe partidario de Ennhada, suelda un frente interno hasta no hace mucho bastante dividido.

A tal punto que el resultado final del ataque al Bardo se asemeja mucho más a una derrota política del fundamentalismo que a una iniciativa para amedrentar a la sociedad y fragilizar el proceso democrático.

Los ataques islamistas no cesaron después de lo ocurrido en el Bardo, el último precisamente fue, hace pocos días, en Kasserine con la emboscada fundamentalista a una patrulla militar y la muerte de varios soldados.

También continuó la respuesta gubernamental. Un total de 46 fundamentalistas fueron detenidos por su presunta vinculación con el atentado del Bardo. Integraban dos células de Okba ibn Nafaa, un grupo extremista vinculado con Al Qaeda.

No obstante el reconocimiento de la autoría del atentado por parte de Estado Islámico, las autoridades tunecinas insisten que las investigaciones demuestran el suministro de los apoyos logísticos por parte de Okba ibn Nafaa.

Sindican además como jefe de ese grupo al argelino Lokmane Abu Sakhr quien fue abatido por fuerzas de seguridad el pasado 03 de abril de 2015.

La discusión que flota actualmente en el aire tunecino consiste en hasta donde puede avanzar la necesaria respuesta a las cuestiones de seguridad que afectan el país, sin malograr la democracia cuya etapa transitoria acaba de finalizar.

No se trata de una cuestión menor. Frente a un enemigo sanguinario dispuesto a todo, la tentación de una represión sin límites es grande. Sin embargo, nadie parece partidario, al menos de momento, de abandonar o ceder los beneficios de la libertad.

No hay estado de sitio, ni toque de queda, ni suspensión de las garantías constitucionales, ni siquiera censura, aunque acaba de ser liberado un “bloguista” tras cumplir la mitad de una condena judicial de cárcel de seis meses por afrenta a las Fuerzas Armadas.

En los cuatro años de primavera árabe, desde enero del 2011, cuando el dictador Zine Ben Ali debió huir del país, Túnez experimentó un avance inesperado en materia institucional.

Durante ese lapso, el país sancionó una Constitución, votó en tres elecciones completamente libres y transparentes, formó una Corte Constitucional y un Consejo de la Magistratura, terminó con la censura, vio surgir una sociedad civil participativa y hasta se dio el lujo, tras la elección presidencial que ganaron los laicos, de formar un gobierno con los liberales de Nidaa Tounes asociados a los islamistas moderados de Ennhada.

Pero Túnez tiene un Talón de Aquiles. Son los más de 3 mil combatientes de nacionalidad tunecina que forman parte de Estado Islámico o de otras agrupaciones terroristas. Hoy, la mayor parte de ellos se encuentra combatiendo en Siria ¿Qué ocurrirá el día que retornen triunfantes o sobrevivientes?

Es que Túnez lidera la lista de países exportadores de combatientes bastante por delante de Arabia Saudita que es quién le sigue. Para las autoridades tunecinas, quinientos de esos 3 mil ya retornaron.

¿Por qué el salafismo –versión rigorista del Islam- se impuso en gran parte de la juventud tunecina? Seguramente, por causas variadas. Una de ellas fue la represión de la etapa Ben Ali seguida por la pérdida del control de las mezquitas por parte del Estado cuando comenzó la primavera árabe.

Predicadores de Arabia Saudita y de Qatar llegaron a Túnez para reclutar jóvenes. El salafismo religioso se transformó a poco andar en fundamentalismo miliciano que desembocó en grupos armados, por lo general autónomos, que luego se “afilian” a Al Qaeda o a Estado Islámico.

Entre esos grupos autónomos figura la brigada Okba ibn Nafaa vinculada a Ansar al Sharia, fundado en 2011, el grupo fundamentalista tunecino cercano a Al Qaeda.

Pero, sus orígenes hay que rastrearlos en su fundador Abu Iyad, un veterano de Afganistán que combatió junto a los Talibán y que allá formó el Grupo de Combate Tunecino encargado, dos días antes de los atentados contra las Torres Gemelas, de asesinar al León del Panshir, el líder de la Alianza del Norte anti talibán, Ahmed Masud.

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