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Trigo sin paja

El laicismo en todos los órdenes debe prevalecer sin discusión en las escuelas públicas

En 1533, el médico y teólogo español Miguel Servat, quien descubrió la circulación de la sangre, fue uno de los hombres más sabios de su tiempo.

Negó los dogmas católico-romanos. Calvino, su antiguo amigo, le negó su apoyo, y para vengarse de sus ataques filosóficos, lo acusó como hereje y lo hizo condenar a ser quemado vivo, suplicio que sufrió Servet el 27 de octubre de 1533 en una plaza de Ginebra.

Vivió huyendo y cambiando su nombre. Sostuvo públicamente que no creía en la Santísima Trinidad, ni en el bautismo recibido antes de la edad de la razón, y había cometido la insolencia de comprobar que la sangre no está quieta y circula por el cuerpo y se purifica en los pulmones.

Por eso lo llaman, ahora, el Copérnico de la fisiología. Servet había escrito: “En este mundo no hay verdad alguna, sino sombras que pasan”.

Y su sombra pasó. Siglos después, la verdad de su descubrimiento volvió. Era tozuda como él lo fue.

En la contabilidad política de México, los resultados democráticos arrojan pérdidas. Durante los 187 años de vida independiente (1821-2008), sólo en tres periodos el país ha intentado vivir en la democracia: en la República Restaurada (1867-1876); el Gobierno de Madero (1911-1913), y el Gobierno del presidente Fox (2000-2006).

Dieciséis años de libertad son casi nada comparados con los restantes. Esta vasta experiencia histórica tiene un agravante: no sólo no sabemos bien cómo funciona la democracia, sino que sabemos muy bien cómo hacer que no funcione.

La presencia de una cruz o un crucifijo en una escuela pública es tan abusiva para quienes no son cristianos, que sería la imposición del velo islámico en una clase donde haya niñas cristianas y budistas además de musulmanas, o la hipah en un seminario mormón.

El laicismo en todos los órdenes debe prevalecer sin discusión en las escuelas públicas.

Es difícil explicar cómo muchas inteligencias lúcidas de personas que poseen una refinada cultura, pueden coexistir con formas extremas de inhumanidad, de ceguera política y de desvarío ético.

Pablo Neruda, amén de gran poeta, fue un político de vida pública apasionante en su país. En una de sus páginas autobiográficas, al hablar de sus oponentes ideológicos, dijo: “…políticos que viven pisando a los de abajo y lamiendo a los de arriba”.

La tradicional diplomacia mexicana, por lo general, ha sido una coladera donde cae de todo: invernadero de personajes incómodos y basurero de políticos.

Si los más altos valores de la conciencia son para mucha gente simples figuraciones, es preferible estar inmersos en ese mundo figurativo, que palpar y compartir las dichas de la piara.

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